La Arquitecta De Las Cenizas

Capítulo 45: El veneno en el cáliz

​La mansión de Elena era un mausoleo de lujo absoluto, donde cada cuadro y cada mueble susurraba violencia refinada. Mi hijo estaba bajo custodia en el ala este, vigilado por sensores de movimiento y hombres que no tenían rostro. Yo, por mi parte, me convertí en la sombra de mi tía. Jugaba el papel de la heredera fría, la mujer que había dejado atrás el llanto para abrazar la ambición.

​Pero por dentro, era una herida abierta. Cada vez que pasaba frente a la habitación de mi pequeño, el amor de madre me desgarraba más que cualquier tortura de Mateo. Ese amor era mi única brújula, una fuerza nuclear que me impedía desplomarme mientras mis nudillos, siempre en carne viva, me recordaban el precio de mi pasado.

​—Tienes el control de los activos en Europa, Valeria —me dijo Elena una noche, mientras observábamos el horizonte desde la terraza—. Ahora, firma aquí. Autoriza la transferencia de los fondos del Proyecto Vesper a los nuevos servidores.

​Era la trampa final. Si firmaba, el sistema quedaría blindado bajo su nombre y ella sería intocable. Me acerqué al escritorio, con mis dedos entumecidos y rígidos sobre el bolígrafo. Miré a Elias, que permanecía en la puerta. Sus ojos buscaron los míos y, por primera vez, vi una grieta en su lealtad. Le había susurrado verdades al oído durante días, recordándole cómo Elena descartaba a sus hombres como basura.

​—Elias —dije, sin levantar la vista del papel—. ¿Recuerdas lo que le pasó al hombre que protegía a Mateo cuando dejó de ser útil?

​Elena se tensó. El aire en la sala se volvió eléctrico. Firmé el papel con una rapidez artificial.

​—Hecho —dije.

​En cuanto la tinta se secó, un zumbido seco inundó la mansión. No era un ataque exterior. Había manipulado los códigos de seguridad para que el sistema reconociera la firma de Elena como la de una intrusora, bloqueando todas las salidas.

​—Has cometido un error —siseó Elena, sacando un arma.

​—No —respondí, dándome la vuelta. Mi mano derecha, la que aún conservaba fuerza, sacó la pistola que tenía oculta bajo el vestido—. El error fue creer que tu sobrina no tendría el corazón para destruir lo que tú construiste con los huesos de mis padres.

​La acción fue instantánea. Elias, en un giro sorprendente, se interpuso entre Elena y yo, recibiendo el disparo que iba dirigido a mi pecho. El estruendo fue ensordecedor. Elena, confundida por la traición, buscó refugio detrás de una columna, pero ya no había salida. La mansión estaba bajo el control total de mi comando de seguridad, el que logré infiltrar usando la confianza que ella misma me dio.

​Corrí hacia el ala este. La puerta del cuarto de mi hijo estaba custodiada por dos hombres. No hubo palabras, solo el sonido de mi arma descargándose contra ellos. Mi hijo corrió hacia mí, sus manos pequeñas agarrando mi cintura. El amor que sentí en ese abrazo fue lo que me mantuvo en pie. Lo levanté, sintiendo cómo su peso, sus latidos, eran el único futuro que importaba.

​—Mamá, ¿nos vamos? —preguntó él, con los ojos llenos de una esperanza que me rompió el corazón.

​—Sí, mi amor —le dije, besando su frente—. Vamos a estar en paz.

​Pero el camino hacia la salida estaba bloqueado por Elena, quien había logrado escapar por un pasadizo secreto. Se alzaba frente a nosotros con una granada en la mano. Su mirada era de puro odio, una mezcla de derrota y locura.

​—Si no soy yo, no será nadie —gritó, activando la anilla.

​Me giré, protegiendo a mi hijo con mi cuerpo, arrojándolo hacia el pasillo lateral que conducía a la salida de emergencia. Vi el arco de la granada en el aire, una trayectoria lenta, casi poética. El tiempo se detuvo. Mi mente solo podía visualizar el futuro de mi hijo: un mundo sin miedo, un mundo sin el Proyecto Vesper.

​Mi amor de madre superó el instinto de autopreservación. Me lancé hacia adelante, no para huir, sino para arrebatarle el arma de la mano y lanzarla lejos, hacia el vacío del gran salón principal, justo antes de que el mundo se volviera blanco.




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