La Arquitecta De Las Cenizas

Capítulo 46: El último latido del acero

​El estruendo de la explosión fue un eco sordo que apenas logré procesar. El mundo se convirtió en una estela de escombros y humo denso. Me arrastré por el mármol, sintiendo cómo el calor de la deflagración me quemaba la piel, pero mi único pensamiento era una coordenada fija: el pasillo lateral donde había lanzado a mi hijo.

​Lo vi allí, a unos metros, protegido por un mueble de roble que había amortiguado el impacto de los cristales. Estaba vivo. Al escuchar mis pasos, se giró. Sus ojos, llenos de un terror puro, se clavaron en mí, pero su llanto fue un bálsamo que calmó, por un segundo, el fuego que recorría mi cuerpo. Tenía una herida profunda en el costado, el metal de un marco me había atravesado. La sangre manchaba mi vestido de gala, convirtiendo la seda en un sudario carmesí.

​—¡Mamá! —gritó, intentando acercarse.

​—¡No! —logré exclamar, con la voz rota por el esfuerzo—. Quédate ahí, mi amor. Escúchame bien.

​Elias, herido pero aún en pie, apareció entre el polvo. Sus ojos buscaron los míos y entendió la orden sin necesidad de palabras. Lo señalé a él y luego a mi hijo. Ese era el trato silencioso: su vida a cambio de la libertad del niño.

​—Sácalo de aquí —ordené, con un hilo de voz—. El helicóptero de emergencia está en el helipuerto norte. No mires atrás.

​—Valeria, no puedes... —comenzó Elias, pero lo interrumpí con una mirada que no admitía réplicas.

​—¡Hazlo! —rugí, usando mis últimas reservas de energía.

​Cuando se lo llevó, cuando vi cómo mi hijo se alejaba de la mansión en ruinas, sentí una paz sobrenatural. Elena no había muerto en la explosión. La vi emerger de los escombros, con el rostro ensangrentado y el vestido hecho jirones, arrastrándose con un arma en la mano. Su mirada era la de un animal acorralado.

​Me puse en pie, obligando a mi cuerpo a ignorar las señales de fallo de mis órganos. Caminé hacia ella, dejando un rastro de sangre tras de mí. Cada paso era una victoria. Mis nudillos, destrozados, se cerraron sobre la última carga de mi pistola.

​—Se acabó, Elena —dije, sintiendo que la vida se me escapaba por la herida abierta en el costado.

​Ella se rió, un sonido gutural y agónico.

—Crees que ganas porque él se va... pero el mundo nunca olvidará el Proyecto Vesper. Yo soy el sistema.

​—El sistema muere conmigo —respondí.

​Apreté el botón del detonador remoto que llevaba en el bolsillo. No era para la mansión; era para la granja de servidores central, la única copia física de todos los datos que habían esclavizado a tantas personas. En la distancia, vi una columna de fuego elevarse hacia el cielo nocturno. El Proyecto Vesper se estaba convirtiendo en humo.

​Elena intentó levantar el arma, pero mi bala llegó antes. El impacto en su pecho la lanzó contra el vacío de la terraza. No esperé a verla caer. Me dejé caer sobre el suelo, sobre el mármol que tantas veces vi manchado por el dolor de otros.

​El cielo sobre mí era un lienzo de estrellas frías. Escuché el motor del helicóptero alejándose. Mi pequeño estaba a salvo. El aire era libre de su veneno. Mis manos, esa parte de mí que fue rota por Mateo, por fin se relajaban. La oscuridad, la misma oscuridad que antes me aterraba, ahora se sentía como un abrazo cálido.

​Cerré los ojos, visualizando el rostro de mi hijo bajo el sol, en un lugar donde nadie conociera los secretos de nuestra sangre. Había cumplido. Había cerrado el ciclo de dolor. Mi último pensamiento no fue para el odio, sino para la luz que él representaba. Y mientras el frío me envolvía, supe que el futuro le pertenecía a él, y que el pasado finalmente se enterraba conmigo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.