Pienso que mis padres estarían decepcionados de mí si estuvieran vivos. Ellos me advirtieron que mi ex no era bueno para mí y que solo me causaría problemas, y terminaron teniendo razón. Me dejó embarazada y desapareció sin importarle nada.
No me arrepiento de haber tenido a Rosie. Ella es lo mejor que me ha pasado y no cambiaría tenerla por nada, pero a veces me permito pensar en la vida que imaginaba antes de convertirme en madre a los veinticinco años. Extraño a la mujer que era antes de que todo cambiara de golpe, antes de tener que renunciar a muchas cosas para adaptarme a una realidad que no había elegido.
Ahora, a mis treinta años, estoy a punto de perder la floristería de mis padres si no logro pagar las deudas. El negocio que ellos abrieron cuando yo apenas era un bebé sobrevivió durante años gracias a su esfuerzo, a su dedicación y a cada cliente que entraba por esa puerta. La crisis de la pandemia fue el golpe que nadie vio venir.
Durante la pandemia perdí a mis padres y les prometí que continuaría su legado, que cuidaría de la tienda que tanto amaban. Tres años después, sigo intentando cumplir esa promesa, pero cada día se vuelve más difícil. A veces camino por el local cuando está cerrado y veo los detalles que dejaron atrás, como el viejo mostrador que mi padre reparó tantas veces, los arreglos florales que mi madre enseñó a preparar y los pequeños recuerdos que siguen ahí aunque ellos ya no estén.
Podría buscar un trabajo, uno donde paguen bien y así pagar las deudas. Rosie va a la escuela y la señora Paterson, mi vecina, está encantada de cuidarla cuando necesito tiempo extra.
¿En qué podría trabajar? Mis padres siempre decían que era inteligente, aunque a veces me cuesta creerlo. Si realmente lo fuera, ¿cómo terminé intentando salvar un negocio que parece hundirse conmigo? Estudié administración para ayudar a mis padres a manejar la tienda y hacerme cargo cuando ellos se jubilaran, pero no sé si alguien verá eso como experiencia o solo pensará que trabajé en un negocio familiar al borde de la quiebra.
Aunque quizá debería intentarlo. No pierdo nada enviando currículums. Si hay una cualidad que valoro en las personas y que presumo tener es mantener una actitud positiva, incluso cuando las cosas no salen según lo planeado.
Abro la computadora y justo cuando voy a empezar a buscar ofertas de empleo entra una llamada. Miro el teléfono para decidir si puedo ignorarla y seguir concentrada, pero al ver el nombre de mi mejor amiga sé que no puedo hacerlo.
Sienna.
—Hola, amiga bella.
Un sollozo llega desde el otro lado y mi postura cambia de inmediato. Cierro la computadora y me incorporo de la silla.
—¿Qué pasó?
—Tenías razón, Nia. Él es un imbécil infiel que está comprometido con otra persona. Solo jugó conmigo.
Aprieto los labios. Siento enojo por ella y conmigo misma por no haber podido evitarlo.
—¿Hablas del patán con quien llevabas saliendo meses y no quisiste presentarme?
—El mismo que dijiste que seguramente ocultaba algo porque era extraño que no quisiera conocer a nadie de mi círculo y me mantuviera en secreto.
Niego con la cabeza mientras camino hacia la habitación donde dejé las llaves.
—Te dije que no se puede confiar en alguien que oculta a su pareja, y menos cuando tiene tantas excusas. No derrames lágrimas por él.
—Es que en serio me enamoré. Era tan atento conmigo.
Su voz se quiebra y me detengo un segundo antes de responder. Sé que Sienna tiene un corazón enorme y que justamente por eso siempre quiere creer lo mejor de todos.
—¿Cómo lo descubriste?
—Lo estoy viendo ahora mismo eligiendo un anillo de compromiso. Pensé que podía ser yo la elegida, pero apareció una mujer guapa a su lado, lo llamó cariño y dijo que no podía decidirse por el anillo—vuelve a llorar y cierro los ojos, intentando no decir algo que empeore las cosas—. Quiero matarlo.
—¿Y qué esperas? ¿Una invitación?
—Soy cobarde, Nia.
Ruedo los ojos mientras tomo las llaves de mi motoneta.
—Voy para allá. Mientras llego, piensa en positivo. Al menos no quedaste embarazada de él.
—Eso es algo, aunque una hija como Rosie vale la pena.
Sonrío al escucharla.
—Obvio que mi hija es la mejor. Ahora dime dónde estás.
Cuelgo, me coloco el casco y subo a la motoneta. Mientras avanzo hacia el centro comercial pienso en Sienna y en todo lo que ha hecho por mí. Después de perder a mis padres y enfrentar sola una niña pequeña, ella estuvo presente en cada momento difícil. Fue quien llevó comida cuando yo no tenía ganas de cocinar, quien se quedó conmigo cuando no podía dormir y quien me recordó que todavía tenía personas que me querían.
Tiene un corazón enorme, es amable y confía demasiado en los demás. El problema es que elige hombres terribles. Si no están casados, se intimidan con su carrera, y si no, están a punto de comprometerse con otra persona.
Llego al centro comercial en tiempo récord. Una de las pocas ventajas de moverme en motoneta es poder evitar el tráfico. Me quito el casco, acomodo mi cabello y entro buscando a mi amiga.