Alzo la mirada al escuchar la campanilla de la puerta y el arreglo floral que tengo entre las manos deja de existir por un instante. Mis dedos permanecen inmóviles alrededor de los tallos mientras reconozco al hombre que acaba de entrar. Los ojos se me abren más de la cuenta y un impulso absurdo me empuja a buscar una salida.
Maldición.
No puedo desaparecer, no sin que Rosie haga preguntas. A ella no se le escapa nada.
¿Qué hace aquí?
Él recorre el local con la mirada. No le toma mucho tiempo porque el espacio es pequeño, aunque suficiente para que el aroma de las flores frescas reciba a cualquiera que entre. Después fija la atención en mí y avanza con esa seguridad que ya recuerdo.
—Buenos días.
Dejo el ramo sobre el mostrador y cruzo los brazos.
—¿Qué quieres? No me interesa tu dinero.
Una ceja se arquea con calma. Sigue tan impecable y tan intimidante como el día de la joyería, con el traje perfectamente ajustado y esa expresión que parece incapaz de alterarse. Lástima para él que yo no suelo impresionarme con hombres de esa clase.
—¿Así tratas a todas las personas?
—Solo a las que no me caen bien.
La comisura de sus labios se eleva apenas.
—Fuiste tú quien me abofeteó.
—Y me disculpé por eso. Si todavía no logras superarlo, quizá deberías hablarlo con un psicólogo. Mi especialidad son las flores.
Sus ojos se mantienen sobre mí un segundo más.
—Y la administración.
—También.
—Precisamente por eso estoy aquí. Quiero ofrecerte un trabajo.
Parpadeo, convencida de haber escuchado mal.
—¿Qué?
—Cuando te llamé no era para ofrecerte dinero, sino un puesto.
La desconfianza vuelve a instalarse en mi cabeza. Apoyo una mano sobre el mostrador sin apartar la vista de él.
—¿Quién te dijo que necesito trabajo?
—Tu currículum.
El aire abandona mis pulmones con lentitud.
—¿Cómo lo tienes?
Asiente con un leve movimiento.
—Si lo subiste a un portal de empleo, es normal que diferentes empresas lo vean. Me sorprendió saber que eres la misma que me abofeteó.
Niego con la cabeza, incapaz de creer semejante coincidencia. Nunca he confiado demasiado en las casualidades y aquella empieza a parecerme demasiado conveniente.
—¿Trabajas en recursos humanos?
Él guarda silencio unos segundos antes de hablar.
—¿De verdad no sabes quién soy?
Lo observo con más atención. El rostro me resulta familiar, aunque sigo sin ubicarlo.
—Logan... algo. Nunca recuerdo los apellidos. Al menos que seas super famoso o el presidente de la nación, dudo que te reconozca. Ni siquiera reconociera a mis ex.
Una risa breve escapa de su garganta.
—Logan Clarke.
Chasqueo los dedos.
—Claro. Algo relacionado con tecnología.
Él inclina apenas la cabeza.
—Entre otras cosas.
—¿Y por qué quieres contratarme a mí? No sabía que hacían visitas personalmente.
Se toma un instante antes de responder, estudiándome con una tranquilidad que empieza a ponerme nerviosa.
—Mi asistente necesita reducir su carga de trabajo durante un tiempo. Su esposa está embarazada y quiero darle esa posibilidad. Busco a alguien que pueda apoyarme mientras tanto—hace una pausa—. Leí tu currículum. Tienes experiencia y, después de conocerte, confirmé que no te dejas intimidar con facilidad. También eres capaz de reconocer cuando te equivocas. Y, algo importante, no te sientes atraída hacia a mí.
Lo miro unos segundos sin saber qué responder.
¿Acaba de convertir una bofetada en un punto a favor?
—No te emociones tanto. No me derrito rápidamente por un cumplido masculino.
—No esperaba que lo hicieras.
—Mejor. El físico deja de impresionar bastante rápido y ya aprendí esa lección hace tiempo.
No pregunta a qué me refiero. Simplemente mete una mano en el bolsillo interior de la chaqueta, saca una tarjeta y la desliza sobre el mostrador hasta dejarla frente a mí.
—Si te interesa, ven mañana a verme. Puedes probar unos días y decidir después si el puesto es lo que buscas.
Bajo la vista hacia la tarjeta sin tocarla de inmediato. El papel grueso, el relieve del nombre y el diseño elegante dejan claro que no escatima en detalles, aunque eso no hace que confíe más en él.
la tarjeta entre los dedos y la observo un instante antes de volver a mirarlo.
—¿Esto no viene con segundas intenciones? Soy una mujer respetable y tengo muy claros mis principios.