La asistente que domó al Ceo

Capítulo 4: Logan

Finalizo la llamada cuando mi asistente entra en mi oficina sin golpear. Por la expresión de su rostro, entiendo de inmediato que algo no salió bien.

—¿Qué sucede, Jack?

—La señorita Nianke Reed está en la recepción preguntando por usted y la recepcionista no la deja subir. Insiste en que tiene una entrevista con usted.

Maldigo para mis adentros. Me olvidé de avisarle a Jack y tampoco informé a recepción. Como la entrevista iba a hacerla yo personalmente, recursos humanos ni siquiera estaba enterado.

—Me olvidé de informar.

—Ella cree que usted es el jefe de recursos humanos, aunque mencionó su nombre.

Asiento mientras me pongo de pie.

—Yo me ocupo. Mejor ve a terminar lo de la reunión con los chinos porque ya va bastante retrasada.

Él asiente y sale del despacho. En cuanto la puerta se cierra, enciendo las cámaras de seguridad y busco la recepción. También activo el sonido.

—Lo siento, señorita Reed. Nadie nos avisó de su visita y no puedo dejarla pasar. Espere un momento.

—Está bien. No es tu culpa. Tú solo haces tu trabajo —dice mientras apoya un codo sobre el mostrador—. El culpable es ese tipo que juega con el tiempo de las personas. Me pidió puntualidad y él no la tuvo.

Miro el reloj de mi escritorio y aprieto la mandíbula. Tiene razón.

—Ya avisé a su asistente.

—Si en cinco minutos no me recibe, me iré y que se pierda el trabajo por donde no le da el sol. Mi dignidad no está en venta.

Una sonrisa amenaza con aparecer en mi rostro. Tiene carácter y ni siquiera sabe que la estoy escuchando.

Levanto el teléfono y llamo a recepción para autorizar su ingreso. La recepcionista le entrega el pase y señala el ascensor.

—Buena suerte.

—Gracias. Y hazme caso, prueba con aceite de jazmín. Relaja más que muchas pastillas llenas de químicos.

La recepcionista sonríe con timidez y toma un bolígrafo para anotar el nombre del aceite en un papel.

Frunzo ligeramente el ceño mientras observo la pantalla. Lleva menos de diez minutos en el edificio y ya está recomendando remedios naturales a mi personal. No sé si debería preocuparme o contratarla de inmediato. Resulta curioso que consiga generar cercanía con tanta facilidad. No era la actitud que esperaba encontrar.

Apago las cámaras y regreso al escritorio dispuesto a esperarla. Pasan varios minutos y no aparece. Miro el reloj una vez más, termino por levantarme y salgo de la oficina justo cuando la veo doblar el pasillo con el teléfono en la mano.

Viste unos vaqueros gastados, zapatos de tacón rosa, una sencilla blusa del mismo tono y una chaqueta a juego. Lleva el cabello suelto y lacio. A simple vista parece una universitaria buscando su primer empleo, no una mujer de treinta años con una hija pequeña.

Alza la vista y sonríe al encontrarme.

—Son las once y cuarto.

Enarca una ceja sin perder la tranquilidad.

—Llegué a las once a la recepción y no fue mi culpa que no me dejaran pasar. Después subí y casi me pierdo buscando tu oficina. Encontré dos despachos iguales, una sala de reuniones y un armario lleno de productos de limpieza. Estuve a punto de usar Google Maps, aunque no sé si funciona dentro de un edificio.

Recorro el pasillo con la vista antes de volver a mirarla. La empresa ocupa únicamente tres plantas. Tampoco es un laberinto.

Señalo la puerta de mi despacho.

—No sirve. Pasa.

Ella asoma la cabeza antes de entrar y vuelve a mirarme.

—¿Vamos a estar solos?

Levanto una ceja.

—¿Tienes miedo? No voy a hacerte nada.

—No veo a nadie en este piso y no te conozco.

La sinceridad con la que lo dice me obliga a asentir.

—Mi asistente volverá en cualquier momento. Además, dejaré la puerta abierta. Si en algún momento quieres irte, podrás hacerlo sin problemas.

Ella asiente despacio.

—Perfecto. Así, si grito, alguien podrá escucharme.

La observo unos segundos intentando averiguar si habla en serio.

No termino de descubrir si acaba de bromear o si realmente contempló esa posibilidad antes de entrar.

Le cedo el paso. Ella entra sin añadir nada más. Dejo la puerta abierta para que se sienta tranquila y rodeo el escritorio. Cuando tomo asiento, ella ya está acomodada frente a mí con el bolso sobre las piernas y la espalda recta.

—Así que eres el presidente y el dueño—asiento—. Saber eso solo hace que desconfíe todavía más de tu oferta. Los grandes jefes no van a buscar a futuras empleadas en persona sin un propósito.

No hay nerviosismo en su voz ni interés por impresionarme. Solo prudencia. Y, por extraño que resulte, eso juega a su favor.

—Voy a ser honesto. Por algún motivo, las asistentes que he contratado han terminado intentando seducirme y todas acabaron despedidas. Mi asistente actual es hombre y estoy muy conforme con su trabajo, pero tiene demasiadas responsabilidades. Sé que no piensas abandonar la floristería y también sé que quieres dedicarle tiempo a tu hija. Trabajarán juntos, se repartirán las tareas y ambos tendrán una carga de trabajo más razonable.



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En el texto hay: romance, jefe y empleada, ceo frío

Editado: 21.07.2026

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