Cuando vuelvo de la reunión, me quedo de piedra frente al escritorio de Nianke. Se lo entregué hace unas horas, limpio y ordenado, y ahora parece un rejunte de cosas coloridas.
Hay bolígrafos de distintos colores perfectamente acomodados en un portalápiz, una laptop con una funda rosa cubierta de pequeñas flores y un jarrón con margaritas frescas. Lo de las flores no debería sorprenderme después de haber visto su tienda, pero aun así desentonan con el resto de la oficina. Todo el piso mantiene la misma estética sobria, con muebles oscuros y apenas algunos cuadros en las paredes. Su escritorio, en cambio, parece empeñado en demostrar que el gris no es el único color que existe.
—¿Qué es esto?
Ella levanta la vista de la pantalla y sonríe.
—Hola, jefe.
—¿Qué le pasó al escritorio?
—Dijo que me pusiera cómoda y eso hice. —Señala su espacio con la mano—. Ahora parece que tiene vida y no me siento como si estuviera confinada.
—Esto es una oficina seria.
—Lo sé. Y estoy seriamente comprometida con mi trabajo. Poner flores y un poco de color a mi espacio no le quita seriedad a la empresa ni tampoco es ilegal—abre un cajón, saca unas hojas y las agita delante de mí—. Me leí el reglamento completo. No hay nada que diga que no puedo decorar mi escritorio. Así que está todo dentro de la norma.
Hace una pausa y añade con absoluta solemnidad:
—No se preocupe, en cuestión de ropa no me vestiré como un arcoíris. Lo prometo.
Alza la mano en señal de promesa. Exhalo y decido dejarlo pasar.
Nunca entendí la necesidad de llenar un lugar de colores para sentirse cómodo, pero tampoco significa que ella deba pensar igual que yo. Mientras haga bien su trabajo, unas flores sobre el escritorio no van a cambiar el funcionamiento de la empresa.
—¿Jack te dejó trabajo?
—Ya me puse al día con todo. Me explicó cómo manejar tu agenda, concertar, programar o cancelar citas, revisar los correos y atender las llamadas. También me dijo que debía ocuparme de cosas simples, como hacerle el café cuando esté ocupado, buscar documentos o resolver cualquier asunto administrativo que no requiera su intervención. Dejó bastante claro que los asuntos privados y demasiado personales le corresponden a él.
Asiento.
—¿Ya estás al día?
Levanta una ceja.
—Soy una persona eficiente, jefe. Ya verá que no querrá deshacerse de mí.
Antes de que pueda responderle, la puerta de mi oficina se abre y Jack sale con una carpeta en la mano.
—Creo que ya no me necesitas por hoy —me dice antes de mirar a Nianke—. Ya le expliqué cómo funciona todo.
—Y le hice unas cincuenta preguntas —admite ella.
—Sesenta y dos —corrige él con total seriedad.
Ella se queda mirándolo un instante y luego suelta una risa.
—Perdí la cuenta después de la cuarenta.
—Lo importante es que preguntaste. Es mejor eso que fingir entender.
—Eso mismo pienso.
Jack asiente, satisfecho.
—Bueno, me retiro. Si surge alguna duda, ya sabes dónde encontrarme.
—Gracias.
Él sale de la oficina y cierra la puerta tras de sí.
Me dispongo a entrar cuando la voz de Nianke me detiene.
—Jefe. —Me giro. Ella toma una carpeta azul que había dejado a un lado del teclado—. Casi lo olvido. Esto llegó de Recursos Humanos. Jack dijo que debía revisarlo y firmarlo.
La sigo con la mirada mientras entra detrás de mí. Rodea el escritorio hojeando la carpeta para comprobar que sea la correcta, tan concentrada en los documentos que apenas presta atención por dónde camina.
No alcanza a dar tres pasos cuando el tacón se engancha con una de las patas de la silla frente al escritorio.
La veo perder el equilibrio. Durante un instante intenta recuperarse dando otro paso hacia delante, pero solo consigue inclinarse aún más. La carpeta se le escapa de las manos y reacciono por puro reflejo.
La sujeto antes de que llegue al suelo, aunque el impulso hace que termine chocando contra mí. Retrocedo apenas medio paso para mantenernos en pie y ella queda apoyada contra mi pecho mientras los documentos salen despedidos y se dispersan por toda la oficina.
Permanece inmóvil un segundo. Luego deja escapar un suspiro derrotado.
—No puede ser...
Ni siquiera parece darse cuenta de la posición en la que estamos.
Mira alrededor con expresión de auténtico horror.
—Primer día de trabajo y acabo de convertir Recursos Humanos en un rompecabezas.
Baja la vista hacia las hojas desperdigadas y vuelve a suspirar.
—Lo siento muchísimo. Juro que normalmente camino mejor.
Tardo un instante más del necesario en apartarla.
No sé por qué.