La asistente que domó al Ceo

Capítulo 7: Nianke

A partir del momento en que acepté el trabajo, empecé a descubrir que existen muchas clases de cansancio. Está el de quedarse de pie durante horas preparando arreglos florales para una boda de doscientas personas; ese termina con la espalda hecha un desastre y los brazos protestando hasta por levantar una taza de café. También conozco el de pasar una noche entera haciendo cuentas para intentar que los números dejen de parecer una broma de mal gusto. Sin embargo, el agotamiento de una oficina es distinto. No duelen tanto los músculos como la cabeza. Después de ocho horas intentando recordar nombres, contraseñas, procedimientos, reuniones, programas que jamás he visto y carpetas que parecen multiplicarse por generación espontánea, siento que el cerebro ha decidido presentar la renuncia antes que yo.

Lo curioso es que ni siquiera puedo decir que el trabajo haya sido malo. Todo lo contrario. Jack tiene una paciencia que roza lo milagroso, nadie me trata con superioridad por venir de una floristería y Logan cumple exactamente lo que prometió durante la entrevista. No me pide quedarme hasta medianoche, no aparece con una emergencia inventada cinco minutos antes de salir ni me hace correr detrás de él con una libreta en la mano como ocurre en esas películas donde los asistentes parecen atletas olímpicos disfrazados de oficinistas.

Si algo descubrí durante este primer día es que Logan tiene un concepto casi obsesivo del orden. Todo está planificado con una precisión que da un poco de miedo. Incluso los descansos parecen tener un lugar reservado en la agenda. Eso, por supuesto, no impide que siga pareciéndome extraño.

Hay algo ligeramente sospechoso en una persona tan organizada. Las personas normales olvidamos dónde dejamos las llaves, compramos leche teniendo todavía dos cartones en la nevera y, de vez en cuando, metemos el control remoto en el refrigerador sin recordar cómo llegó hasta allí. Un hombre incapaz de cometer ese tipo de errores me parece poco menos que una anomalía. No digo que sea algo peligroso, sino algo curioso.

Mientras guardo mis cosas en el bolso, termino riéndome sola al imaginar la casa de Logan. Apostaría cualquier cosa a que tiene las camisas ordenadas por color, los zapatos alineados por tamaño y las cucharas mirando todas hacia el mismo lado del cajón. Seguramente hasta las bacterias piden permiso antes de entrar.

—¿Qué te causa tanta gracia?

Levanto la cabeza al escuchar a Jack.

—Estoy imaginando una teoría completamente absurda.

Él sonríe mientras apaga el monitor.

—¿Tiene que preocuparme?

—Todavía no. Si dentro de un mes sigo pensando igual, quizá sí.

Niega con la cabeza con una paciencia que ya empieza a resultarme familiar.

—Vete a descansar, Nianke. La primera semana siempre parece que uno aprende demasiado poco y olvida demasiado.

—¿Y luego deja de sentirse así?

—No. Solo te acostumbras.

Suelto una risa.

—Eso no suena muy esperanzador.

—Nunca dije que lo fuera.

Nos despedimos en el ascensor y, cuando las puertas se cierran detrás de él, aprovecho el descenso para sacar el teléfono. Tengo un mensaje de la señora Paterson avisándome de que Rosie lleva casi una hora preguntando cuándo voy a llegar. Según ella, mi hija se ha sentado junto a la ventana para vigilar la calle porque está convencida de que así apareceré más rápido.

Esa lógica infantil sigue fascinándome. Si realmente funciona, bastaría con mirar fijamente la cuenta del banco para que el dinero se multiplique por voluntad propia.

Le respondo agradeciéndole, prometiendo pasar a buscar a la pequeña enseguida, y guardo el teléfono antes de salir al estacionamiento.

A esta hora quedan pocos autos. El silencio es muy distinto al bullicio de la mañana y, por primera vez desde que entro al edificio, tengo la sensación de que el día realmente ha terminado. Camino hasta la motoneta pensando únicamente en llegar a casa, quitarme los zapatos y convencer a Rosie de que bañarse es una actividad necesaria para la supervivencia humana y no una conspiración organizada por las madres del mundo.

Me pongo el casco, giro la llave y presiono el arranque. La moto responde con un ruido extraño.

Frunzo el ceño y espero un segundo antes de intentarlo de nuevo. El mismo ruido vuelve a sonar.

—No puede ser.

Lo digo con tanta firmeza que cualquiera pensaría que estoy regañando a una persona.

Giro otra vez la llave y nada.

Me quedo unos segundos mirando el tablero, como si la motoneta pudiera reconsiderar su decisión si le doy el tiempo suficiente.

—No puedes hacerme esto precisamente hoy—vuelvo a intentarlo y nada—. Ni se te ocurra.

Otro intento y, esta vez, un silencio absoluto.

Apoyo ambas manos sobre el manillar y cierro los ojos.

—Escucha una cosa, porque voy a decirla una sola vez. Llevamos cinco años juntas. Cinco. Te he cambiado aceite cuando apenas podía pagar la luz, te lavé después de que una paloma decidiera convertirte en baño público y hasta soporté que perdieras una pieza en medio de la lluvia. Si este es tu modo de agradecerlo, debo decir que me parece una actitud bastante fea.



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En el texto hay: romance, jefe y empleada, ceo frío

Editado: 21.07.2026

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