La asistente que domó al Ceo

Capítulo 8: Logan

Cuando llegamos a la dirección que me indica, reconozco enseguida la zona. No es una de las mejores de la ciudad, pero siempre ha sido tranquila y segura. Casi nunca vengo por aquí; mi rutina se limita al centro y la única razón por la que conozco estas calles es porque la antigua asistente de mi padre vivía a unas cuadras.

Estaciono el vehículo frente a una casa blanca de dos plantas. El césped está perfectamente cortado y el jardín delantero rebosa de plantas cuidadas con dedicación. Hay algo en ese orden que llama mi atención. No es una casa lujosa, pero transmite el cuidado de alguien que se esfuerza por mantenerla bonita.

Nianke se quita el cinturón de seguridad.

—Gracias por traerme y perdón por las molestias.

Niego con la cabeza.

—No hay nada que agradecer.

Ella sostiene mi mirada un instante antes de asentir. Después abre la puerta.

—Buen fin de semana.

Baja del auto y la puerta se cierra con un golpe suave. Entonces descubro su billetera sobre el asiento del copiloto.

Bajo el vidrio para llamarla, pero antes de que pueda hacerlo una niña sale disparada de la casa.

—¡Mamá!

Nianke apenas alcanza a girarse antes de agacharse para recibirla entre los brazos.

Tomo la billetera y bajo del auto dispuesto a alcanzarla, aunque mis pasos se frenan durante un instante. La pequeña se aferra a su cuello mientras Nianke la abraza con una facilidad que habla de una rutina repetida cientos de veces.

—¿Cómo estuvo el trabajo, mami?

Termino sonriendo sin darme cuenta. Hay algo cálido en esa escena que me hace sentir un intruso.

Nianke deja a la niña en el suelo y las dos reparan en mi presencia.

Carajo. Solo tengo que devolver la billetera e irme. No debería ser tan complicado.

Levanto la mano donde la sostengo.

—No quiero molestar. Te dejaste esto en mi auto.

Ella baja la vista, abre mucho los ojos y se acerca enseguida para tomarla.

—Qué distraída soy. Saqué el celular porque iba apurada y ni siquiera cerré el cierre de la mochila. Todo por pelear con la motoneta.

Se ríe de sí misma mientras sacude la cabeza. Sin proponérmelo, yo también sonrío. Resulta difícil no hacerlo cuando ella misma convierte un descuido en algo gracioso.

—Te conozco—la voz infantil llama mi atención. La niña da dos pasos al frente y me señala con un dedo diminuto—. Tú estabas en la florería.

La miro y asiento.

—Sí. También te recuerdo.

Ella sonríe, satisfecha de haber acertado.

—¿Por qué estás con mi mami? ¿Eres el nuevo novio de mi mami?

El cambio en el rostro de Nianke es inmediato.

—Rosie, prometiste dejar esa cuestión.

La pequeña me mira.

—Mamá me explicó que no tengo que preguntarles a los señores si quieren ser mi papi porque les da vergüenza. Pero yo no pregunté eso.

—Rosie, él es mi jefe, no mi novio —murmura, rodeándola por detrás para taparle la boca con una mano mientras me dedica una sonrisa cargada de vergüenza—. Bueno, ya nos vamos. Gracias otra vez.

—¡Mamá! —protesta Rosie, apartándole la mano—. Solo estaba diciendo la verdad.

Me muerdo el interior de la mejilla para no reírme.

Estoy a punto de darme la vuelta cuando una mano pequeña envuelve dos de mis dedos.

Rosie me observa con unos enormes ojos marrones. Aprieta mi mano con total confianza, convencida de que todavía no he entendido algo importante.

—¿Necesitas algo?

Asiente con tanta energía que las coletas saltan.

—Tienes que comer con nosotras.

—Rosie... —advierte Nianke, aunque su tono suena más resignado que molesto.

La niña ni siquiera la mira.

—Mamá hizo lasaña. Cuando alguien ayuda, hay que darle comida. Así se hacen las gracias.

No puedo evitar reír.

—No hace falta. Tu mamá ya me agradeció.

Rosie frunce el ceño unos segundos. Parece pensar muy seriamente en mi respuesta antes de negar con fuerza.

—No, porque las palabras se van. La lasaña sí llena la panza—parpadeo un instante. No sé de dónde saca esa lógica, pero resulta sorprendentemente difícil llevarle la contraria—además —añade, balanceando un poco mi mano—, mamá cocina muy rico. Muchísimo.

—Rosie...

Ahora sí gira la cabeza para mirar a su madre.

—¿Qué? Es verdad.

Nianke deja escapar un suspiro y termina sonriendo.

—Mi hija tiene razón. Puedes quedarte si quieres. Preparé la lasaña antes de ir al trabajo; solo falta ponerle la salsa y calentarla. No me gusta sentir que le debo favores a nadie y esta es mi forma de agradecerte.



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En el texto hay: romance, jefe y empleada, ceo frío

Editado: 21.07.2026

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