La asistente que domó al Ceo

Capítulo 9: Nianke

Es extraño tener a un hombre cenando con Rosie y conmigo, sobre todo cuando ese hombre es Logan Clarke. Hay algo en él que no termina de encajar con mi humilde casa, aunque tampoco parece incómodo. Se mueve con naturalidad, acepta un segundo vaso de jugo cuando Rosie insiste y escucha cada una de sus ocurrencias con una paciencia que no esperaba. Si terminó sentado en mi mesa fue únicamente porque mi hija insistió hasta agotarme y porque yo quería agradecerle que me trajera a casa para evitarme el gasto de un taxi. Prepararle la cena era la mejor forma de hacerlo. Así ninguno de los dos quedaba debiéndole nada al otro.

Logan habla con Rosie con una confianza que me sorprende, aunque, pensándolo bien, ella siempre ha tenido facilidad para acercarse a las personas. No distingue entre niños, adultos o ancianos; encuentra la manera de hacerlos sonreír y de conseguir que le sigan la conversación. Supongo que esa facilidad la heredó de mí, porque de su padre prefiero no pensar. Hay personas que ocupan demasiado espacio en los recuerdos sin haber hecho nada para merecerlo.

Menos mal que interrumpí la conversación que tenían en la habitación. Conozco demasiado bien a mi hija para ignorar hacia dónde iba todo aquello. Primero le preguntaría a Logan si le parecía bonita su mamá y, antes de darme cuenta, le estaría contando que estoy soltera y ofreciéndome en bandeja de plata. Rosie tiene cinco años, pero cuando decide emparejarme con alguien demuestra una determinación digna de una casamentera profesional. Solo le falta imprimir formularios.

Logan y yo solo somos jefe y empleada. Nunca podría salir con él. No pertenecemos al mismo mundo y, además, tengo una hija. Esa diferencia siempre termina marcando una distancia que no vale la pena ignorar.

Después de enterarme de que sería mi jefe hice lo que habría hecho cualquiera, que fue buscar su nombre en Internet y encontré muy poco. Logan Clarke parece cuidar su vida privada con el mismo celo con el que dirige la empresa. Apenas aparecía una relación larga de la que nunca se explicó el motivo de la ruptura. Unos aseguraban que hubo una infidelidad; otros, que simplemente dejaron de querer lo mismo. Al final, internet siempre tiene una versión distinta para cada historia y ninguna garantía de que sea cierta. Es igual que cuando busco un síntoma y, después de cinco minutos, termino convencida de que tengo una enfermedad terminal y apenas me quedan unos días de vida.

Para cuando terminamos el postre, Rosie lucha por mantener los ojos abiertos. Intenta seguir la conversación, pero la cabeza comienza a vencérsele y termina dando pequeños cabezazos entre bostezo y bostezo.

—Ya debería ir yéndome.

Rosie abre los ojos de golpe.

—Pero no jugamos a las princesas.

Me levanto de la silla y me acerco a ella.

—Tienes que irte a dormir. Apenas puedes mantenerte despierta.

—Mami, mañana es sábado. Puedo dormir hasta tarde porque no hay escuela.

—Y ahora mismo tienes sueño. Además, Logan debe irse.

Él también se pone de pie.

—Es cierto. Quedará pendiente.

Rosie salta de la silla con la energía que solo tienen los niños cuando escuchan lo que quieren oír.

—¿Vendrás a jugar conmigo otro día? Prometo que seré buena.

Logan sonríe apenas.

—Claro.

Rosie gira hacia mí con una sonrisa enorme.

—Voy a dormir, mamá.

—Ve. Yo acompaño a Logan hasta la puerta y enseguida voy a darte el beso de buenas noches.

Se despide de él agitando la mano y sale corriendo por el pasillo.

Me sorprende lo bien que ha conectado con Logan. Rosie siempre intenta buscarme novio y, de paso, un padre para ella, pero rara vez toma confianza tan rápido. Normalmente observa, analiza y mantiene cierta distancia antes de decidir si alguien le agrada. Con Logan ha bajado todas esas defensas en una sola noche.

Lo acompaño hasta la puerta mientras vuelve a agradecerme por la cena.

—No me agradezcas. Tú me trajiste cuando mi motoneta me abandonó y yo preparé una lasaña. Con eso estamos a mano.

Él me observa durante un instante con el ceño ligeramente fruncido.

—¿Siempre necesitas devolver los favores?

Suelto un suspiro.

—Sí. Me incomoda sentir que le debo algo a alguien.

Bastante debo ya al banco para empezar a coleccionar deudas emocionales. Pienso.

—¿Y también esperas que los demás hagan lo mismo contigo?

Niego con la cabeza.

—No. Cuando hago un favor es porque quiero hacerlo, no porque espere algo a cambio. Pero cuando alguien con quien no tengo confianza hace algo por mí, prefiero devolverlo cuanto antes.

—No debería ser así. Yo no te traje esperando que me compensaras.

Desvío la mirada un momento antes de responder.

—Siendo honesta, no quiero que un día me pidas algo y me recuerdes que me ayudaste con la motoneta.

Él arquea una ceja.

—¿De verdad crees que haría eso?



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En el texto hay: romance, jefe y empleada, ceo frío

Editado: 21.07.2026

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