Miro la fotografía de mi madre y de Graciella, ambas disfrutando de la escapada del fin de semana, y niego con la cabeza con una sonrisa apenas perceptible. Si alguien me hubiera dicho años atrás que terminarían viajando juntas, compartiendo habitaciones de hotel y enviándome fotos de cada restaurante que visitan, habría pensado que estaba loco.
Cuando salió a la luz la bigamia de mi padre, todos esperaban un escándalo interminable. Imaginaban reproches, resentimiento y una guerra entre las dos mujeres que habían sido engañadas por el mismo hombre. Sin embargo, ellas hicieron exactamente lo contrario. En lugar de culparse entre sí, dirigieron toda su rabia hacia el verdadero responsable y, poco a poco, descubrieron que tenían más cosas en común de las que cualquiera habría imaginado. La amistad surgió donde todos esperaban odio.
Gracias a eso, Tau y yo nunca tuvimos conflictos. Ambos crecimos queriendo proteger a nuestras madres y compartiendo el mismo desprecio por nuestro padre. Al principio fue extraño aceptar una realidad tan absurda, pero el tiempo terminó acomodando las piezas. Nos convertimos en una familia poco convencional, difícil de explicar a cualquiera que preguntara, aunque eso nunca la hizo menos auténtica.
Mis ojos vuelven a la pantalla del teléfono antes de apagarla. Sin proponérmelo, pienso en Nianke.
Recuerdo la serenidad con la que habla de su vida, sin exagerar sus problemas ni buscar compasión. Ha criado sola a su hija mientras enfrentaba el abandono del padre de la niña y las deudas que heredó tras la muerte de sus propios padres. Cualquiera tendría motivos suficientes para vivir amargado, pero ella sigue recibiendo cada día con una sonrisa sincera y una actitud que no deja espacio para el papel de víctima.
Rosie tampoco deja de aparecer en mis pensamientos. Es una niña inteligente, respetuosa y sorprendentemente sensata para su edad. Basta verla unos minutos para comprender el esfuerzo que Nianke ha puesto en educarla. Los modales de la pequeña, la forma en que mira a su madre y la confianza con la que busca su mano dicen mucho más que cualquier elogio.
¿Por qué no dejo de pensar en ellas?
Siempre he sido una persona práctica. No acostumbro dedicar tiempo a situaciones que no me afectan directamente ni a problemas que no está en mis manos resolver. El sufrimiento, las pérdidas y las decepciones forman parte de la vida. Ni siquiera el dinero protege de ellas. La diferencia está en la manera en que cada persona decide enfrentarlas. Algunos utilizan las dificultades para justificar sus errores; otros prefieren lamentarse hasta convencerse de que el mundo entero está en su contra. Nianke eligió seguir adelante.
¿Por qué me importa tanto?
Frunzo el ceño ante esa nueva pregunta. No encuentro una respuesta que me deje conforme y tampoco me gusta la dirección que están tomando mis pensamientos.
El sonido de una notificación en la computadora rompe el silencio del despacho. Agradezco la interrupción y aparto la vista del teléfono para concentrarme en el monitor. Se trata del recordatorio del evento de caridad organizado por los Johnson.
Resoplo por lo bajo.
No tengo ningún interés en asistir. Ese tipo de reuniones suelen convertirse en una competencia silenciosa para presumir fortunas, contactos e influencias. Siempre procuro evitarlas cuando puedo, y esta vez no es la excepción. Tau, en cambio, disfruta ese ambiente. Habla con cualquiera, hace amigos en cuestión de minutos y termina conociendo a medio salón antes de que sirvan la cena.
Tomo el teléfono del escritorio y llamo a la asistente de mi hermano para pedirle que lo envíe a mi oficina.
—Él fue hacia allá hace un momento —me informa.
—Entendido.
Cuelgo lentamente y dirijo la mirada hacia la puerta. Han pasado varios minutos y todavía no aparece.
Frunzo el ceño, me pongo de pie y acomodo distraídamente las mangas de la camisa antes de salir del despacho.
Tau conversa con Nianke frente a su escritorio. Ella sonríe mientras él hace un gesto exagerado con las manos para acompañar alguna anécdota. La expresión relajada de ambos deja claro que la conversación lleva varios minutos.
Nianke se muestra completamente cómoda con él. Responde sin reservas, mantiene el contacto visual y hasta ríe con naturalidad. Conmigo también habla sin temor, pero siempre conserva cierta prudencia, una distancia que nunca había analizado hasta este momento.
¿Será porque soy su jefe?
La explicación resulta lógica. Nuestra relación es estrictamente laboral y ella procura mantener el profesionalismo. Con Tau no existe esa barrera.
Entonces, ¿por qué me molesta verla tan relajada con él?
Me aclaro la garganta y los dos giran la cabeza al mismo tiempo.
—Hermano, justo iba a entrar a buscarte—dice Tau con total tranquilidad.
Enarco una ceja.
—¿Sí? Desde donde estoy parece que estabas bastante entretenido conversando con mi asistente.
Nianke sonríe con un leve gesto de disculpa.
—Fue culpa mía. Tenía unas dudas y terminé reteniéndolo.
—No exageres —interviene Tau enseguida—. Preguntó unas cosas y fue un placer responderle.