Era septiembre, y eso solo significaba una cosa: el inicio de una mentira elegante. Comienzos, sí, pero también jerarquías.
El inicio de clases en la universidad y mi primer año allí.
El avión apenas aterrizaba en Róterdam. Me sentía cansada y desvelada, así que me estiré en el asiento, intentando aliviar la pesadez del cuerpo. El tiempo parecía avanzar demasiado lento. Tardamos en bajar del avión y, cuando por fin llegamos a la salida del aeropuerto, apenas tuve tiempo de comprar un café y un pan de media luna.
Hazel, mi amiga, pidió un taxi. Yo solo me senté en silencio y, desde la ventana del coche, empecé a observar los canales y los toques modernos de la ciudad.
—Astrid, es tan hermosa la ciudad… mírala —dijo Hazel, con entusiasmo.
A diferencia de ella, que parecía fascinada por todo, yo solo sentía los párpados pesados. En ese momento lo único que deseaba era descansar y dormir.
—No me creo que al fin llegó este día. Aunque extrañaré Noruega —respondí.
—Igual yo la extrañaré, pero Charlotte estará aquí —dijo Hazel con una sonrisa.
El vehículo avanzó hasta una estación de metro, donde nos esperaba otro coche, negro y discreto. Lo observé unos segundos; sinceramente, solo esperaba llegar pronto para poder dormir.
Al ser miembros De Vriens, era lógico que alguien viniera por nosotras. Aunque veníamos de Noruega, tanto Hazel como yo pertenecíamos al culto desde nacimiento.
Un culto que existía desde el siglo XVI.
Desde niñas nos habían enseñado la importancia del arte, de la forma y del ente Xylarith. Pero también nos enseñaron algo más: la jerarquía.
Hazel y yo éramos aspirantes. Aunque el culto promovía el arte y la belleza, la sangre decidía nuestro papel. Se creía que los Primordiales descendían de los atlantes. El linaje del fundador se dividía en siete familias: las más importantes, ricas, poderosas y hermosas. Ellos eran el eje del culto.
Debajo estaban los elevados, con sangre atlante diluida. Y al final, los aspirantes: aceptados por talento, disciplina y proezas artísticas, pero sin linaje.
Nosotras estábamos ahí.
—Astrid y Hazel, de las familias aspirantes de Brujas: Osterhaguen y Silverhjelm —dijo el conductor.
Ambas asentimos.
—Serán llevadas a una cabaña, como ordena el rito del culto —añadió.
Dentro del vehículo había más jóvenes. Era evidente que todos éramos aspirantes; nos habían recogido al mismo tiempo. Algunos cuchicheaban en idiomas que apenas reconocía: francés, inglés, italiano. No entendía lo que decían, así que me recosté contra el asiento y observé por la ventana.
El coche avanzó y entró al campus.
Me quedé sin aliento.
Edificios inmensos se alzaban a ambos lados: algunos de arquitectura moderna, otros con un barroco exagerado. Incluso vi un palacio. Era impresionante. Nada allí parecía hecho para gente como nosotras.
Hubo un edificio que me dejó sin habla: un palacio inmenso, con cúpula negra y detalles dorados. Era tan imponente que me acomodé en el asiento casi por instinto, como si su solemnidad lo exigiera. El portón tenía la forma de un cuervo y estaba rodeado de flores cuidadosamente dispuestas.
Sin duda, aquel lugar representaba el máximo poder del culto.
Ver ese monumento me hizo cuestionarme todo. Pero sabía que no podía hacer nada. Era una aspirante, y eso era suficiente.
Tras atravesar el campus principal, llegamos a una zona habitacional rodeada de parques y lagos.
El coche se detuvo.
Al bajar, noté que las calles tenían nombres de apellidos. Caminamos hasta que vi el mío grabado en una placa: Osterhaguen. Justo al lado, Silverhjelm.
Eran recordatorios de quiénes éramos.
Tomamos nuestras maletas. El clima, propio de septiembre, era agradable. El aire fresco y la sombra de los árboles hacían el camino más llevadero mientras arrastraba mi maleta de ruedas. Aquello me reconfortó un poco.
—Mi papá me dijo que era una cabaña cómoda —comentó Hazel.
—Eso espero. ¿Viste lo inmensa que es la universidad? —respondí.
—Escuché que es porque los miembros más ricos donan enormes cantidades. Para ellos han construido mansiones, museos y hasta galerías privadas.
—Supongo que Charlotte debe vivir en una de esas —dije.
Hazel asintió.
Charlotte era nuestra amiga desde la infancia. A diferencia de nosotras, ella era primordial. Nuestras familias habían sido leales a la suya durante generaciones, por eso crecimos juntas.
Había partido días antes que nosotras. No sabíamos por qué, pero prometió explicarlo.
Llegamos a una cabaña de madera rodeada de árboles y un lago. El lugar era hermoso. A lo lejos, algunas personas leían en bancas o hacían picnic. Otras cabañas se extendían alrededor del agua.
Contemplé la cabaña de estilo rústico, con sus tejas rojas. Muy diferente a los palacios del centro del campus. La universidad era, sin duda, todo un universo, y eso me hacía sentir pequeña.
Noté que la puerta estaba abierta.
Desde la ventana vimos a Charlotte sacando un pay.
—Chicas, hasta que llegan —dijo, agitando la mano para que entráramos.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, sorprendida.
—Aquí vivo. Igual que ustedes.
Asentí. Ella estaba allí por decisión; nosotras, por designio.
Hazel la miró mientras se sentaba en el sofá.
—Pero eres primordial —dijo—. Pensé que vivirías en una mansión.
—El edificio de mi familia es un museo. Además, ahí vive mi hermano y siempre trae amigos. Prefiero estar con ustedes que con el idiota de Maximilien.
—¿Tan molestos son? —pregunté.
Charlotte suspiró.
—Si te dijera… Tiene dos. Uno es músico, casi no habla. El otro es insoportable. Dorian, el heredero de los Saint-Malo.
El silencio cayó entre nosotras.
Saint-Malo.
De todas las familias primordiales, eran conocidos por dos cosas: su belleza y su exceso. Había escuchado historias de fiestas sensoriales que duraban días sin detenerse.