La Aspirante y el Heredero

Capítulo 2: El laboratorio de la percepción

Astrid

Apenas había amanecido y ya estaba leyendo mi tira de materias. Debido a mi rango y a que estaba en primer año, tenía asignaturas acordes a mi facultad.

En la universidad se elegían especializaciones: una principal y otra secundaria que la complementaba.

Yo había elegido Bellas Artes Oscuras como principal. Desde pequeña siempre me atrajeron los óleos, ya que las pinturas parecían sangrar. También me apasionaba lo sensorial, así que opté por alquimia y perfumería. Estaba emocionada acomodando mis plumones de colores; por fin iba a vivir la universidad.

No desayuné con mis amigas porque me había despertado tarde y quería llegar puntual. Mientras caminaba por el bosque compré una baguette. Llevaba conmigo mi muñeco de madera tallado, con la intención de terminar algunos detalles y, quizá, pedirle otra verdad.

Mi primera clase se llamaba “Introducción al Óleo Imposible”. Alcé la ceja al leer el nombre y caminé hacia el edificio: mármol blanco, estilo neoclásico, imponente.

Subí las escalinatas y quedé impresionada al ver los vitrales morados, que bañaban los pasillos de color púrpura. Era un ensueño mientras caminaba por las escalinatas blancas.

En el salón opté por sentarme hasta atrás. Sentía nervios; era mi primera clase universitaria. Suspire mientras observaba cómo entraban los estudiantes y, finalmente, la profesora, quien comenzó a explicar los fundamentos de la pintura.

Las proporciones áureas, el equilibrio. Mientras hablaba, yo trataba de anotar todo lo que podía; incluso tomé más notas de las necesarias.

—Recuerden, chicos, que el número áureo —el 1.618— está presente no solo en la naturaleza, sino también en la belleza visual. Su tarea será encontrar ejemplos de esta proporción en el arte —dijo la maestra.

Apenas mencionó “tarea”, varios bufaron. Escuché murmullos de descontento. Yo me incluía.

No quería tarea menos en mi primer día de clases. Suspiré no podia ser peor mi primer día.

Salí del salón rumbo a mi siguiente clase: un laboratorio de perfumería. Me llamó la atención que la perfumería estuviera ligada a lo sensorial. Mientras caminaba y admiraba el mármol del edificio y los vitrales, pensaba en la tarea del número áureo. No tenía nada concreto en mente.

Entonces vi una habitación completamente blanca. Sin duda, era el laboratorio.

Algunos alumnos ya estaban sentados. Tomé asiento mientras los demás iban llegando. Saqué mi celular para investigar obras famosas; buscaba alguna que me convenciera para la tarea del número áureo.

De pronto, el salón guardó silencio. Hubo cuchicheos. No entendía por qué, así que alcé la mirada.

Había tres chicos de pie.

Reconocí de inmediato a Maximilien, el hermano de Charlotte.

Era un primordial. Eso explicaba el silencio.

Sentí cómo el ambiente se cargaba. El salón quedó inmóvil mientras ellos entraban con total confianza, sin inmutarse por la atención que provocaban.

Entonces Maximilien me miró y sostuvo la mirada. Ya me había reconocido.

—¿Se conocen? —preguntó un chico rubio.

—Es aspirante, amiga de mi hermana —respondió Maximilien—. Astrid, es un placer verte.

—Igualmente, Max… ¿y ellos?

—Qué mal educado —dijo, sonriendo—. Te presento a mis amigos. Lucien, de Siena —señaló al primero.

El tercer chico, de mirada distraída, solo asintió. Tenía el cabello castaño, ojos del mismo tono y facciones italianas de ensueño. Sin duda, era un Siena.

—Y yo no necesito presentación… soy Dorian de Saint-Malo —dijo el otro chico rubio, con una sonrisa coqueta.

Típico de Saint-Malo.

Lo miré y este me devolvia una mirada coqueta, tenia unos hermosos ojos azules. Sin duda era real que los Saint-Malo eran atractivos.

En ese momento llegó el profesor y, como estaban cerca de mí, terminamos sentados en la misma mesa de laboratorio.

—Serán equipos como están sentados —indicó el profesor.

Asentí en silencio. Sentí las miradas de toda la clase sobre nosotros. Era incómodo: no uno, sino tres primordiales a mi lado.

—Para esta clase deberán comenzar la planeación de un perfume que represente a las familias de todos los integrantes del equipo —afirmó el maestro.

Antes de dejarnos trabajar, explicó brevemente la composición de un perfume y sus combinaciones. Anotaba todo lo que podía en mi libreta; a diferencia del otro profesor, Rick Velandros hablaba rápido.

Miré de reojo a mis compañeros. Dorian estaba en el celular, Maximilien apenas tomaba una que otra nota y Lucien parecía perdido en sus pensamientos. Dorian notó mi mirada y me guiñó el ojo.

Bufé. Tenía que tener la mala suerte de estar con él.

Aunque, para mi desgracia, no podía negar lo atractivo que era. Sentí un leve cosquilleo y sacudí la cabeza para alejar ese pensamiento.

Tras la explicación del profesor, observamos el laboratorio.

—Bueno, digan los símbolos de sus familias —dijo Dorian—. Preferentemente una flor, fruto o algo similar.

—Begonias —respondió Maximilien—. Es lo que representa a mi familia.

Dorian anotó en su libreta y miró a Lucien.

—¿Y tú?

—Fresia —respondió él, sin más.

Luego Dorian me miró.

—¿Y la tuya? ¿Qué flor es?

—Madera —dije.

—Es de la familia que puede crear estatuas que dicen verdades —añadió Maximilien.

Eso captó la atención de Lucien y Dorian.

—¿De verdad puedes hacer eso? —preguntó Lucien.

Asentí.

—Al menos la madera no domina tanto el perfume —comentó Dorian.

Alcé la ceja.

—No te entiendo.

—Cuando creas un perfume tienes que controlar los acentos. Dos notas florales, una frutal, y la madera ayuda a equilibrar, a anclar —explicó.

—Ya veo.

Pensé que definitivamente tenía que estudiar esa materia. Dorian parecía saber más de perfumería de lo que aparentaba.

—¿Has tallado algo aquí? —preguntó Maximilien.

—Solo terminé una figura.



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En el texto hay: magia, lovers, dark academia

Editado: 18.01.2026

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