—Saint-Malo tiene más heridas de las que muestra. Ha tenido que madurar antes de tiempo —dijo la figura de madera.
El silencio cayó de golpe. El salón entero quedó inmóvil, lo suficientemente callado como para que todos escucharan al muñeco.
Dorian frunció el ceño. Ya no había rastro de coquetería en su rostro.
—Tu cosa está defectuosa —dijo, con un tono seco—. En serio.
—No lo está —respondí, tomando la figura con firmeza—. Si no te agrada lo que dice, entonces no preguntes.
Su mirada cambió. No era furia abierta, sino algo más contenido: la mandíbula tensa, los ojos fijos en mí, como si midiera cada palabra que no decía.
Antes de que pudiera responder, sentí la mirada de Maximilien clavarse en mí.
Alcé los ojos y choqué con los suyos. Eran afilados, autoritarios. No necesitó decir nada. Tragué saliva y guardé silencio.
Solo entonces noté que todo el salón nos observaba. Dorian y Maximilien me miraban directamente; Lucien, en cambio, los observaba a ellos. Lo vi inclinarse hacia Dorian y susurrarle algo, pero Dorian se apartó, ignorándolo.
Un frío me recorrió la espalda bajo el peso de tantas miradas.
Escuché a Maximilien murmurar algo más, y luego a los tres intercambiando palabras en voz baja.
Fue suficiente para mí.
Recogí mis cosas y me fui.
No tenía por qué soportar esa tensión.
Ni esa situación.
¿Por qué le molestaba tanto, si él había sido quien pidió escuchar una verdad de Saint-Malo?
Como era mi última clase, regresé a la cabaña. Allí encontré a Hazel y a Charlotte jugando cartas sobre la mesa.
Solté la mochila y me dejé caer en el sofá, intentando calmarme.
—¿Qué pasó? —preguntó Hazel.
—Me crucé con tu hermano… y sus amigos —dije.
Charlotte dejó las cartas de inmediato.
—Ay, no. ¿Qué pasó?
Les conté todo con detalle. Ambas escucharon en silencio. Conocían mi don, pero aun así el enojo de Dorian las inquietó.
—¿En serio en Saint-Malo se sufre? —preguntó Hazel—. Siempre parecen exceso, fiestas, belleza. Presumen demasiado.
—Le molestó más de lo que quiso mostrar —respondí.
Y por su reacción, supe que el muñeco no había mentido.
—Eso le pasa por preguntar —dijo Charlotte—. Con todo respeto, ¿para qué se acerca a pedir verdades si no puede soportarlas?
—Aun así, Astrid, tienes que tener cuidado —añadió Hazel—. En esta universidad hay secretos. Y tu poder llama la atención.
—Solo fue una clase —dije.
—Aquí la gente es chismosa y está pendiente de los primordiales —respondió Charlotte, bajando la voz—. Si se enteran de que hiciste enojar a uno, pueden hacerte la vida difícil solo para ganarse su favor.
Pensé que exageraba.
No lo hacía.
A la mañana siguiente desayunamos juntas. Charlotte apenas probó bocado.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—El rector organizó una comida solo para primordiales —dijo—. Tengo que asistir. Al parecer quieren planear un evento escolar.
Charlotte se marchó poco después. Hazel y yo seguimos desayunando; habíamos preparado waffles con miel, suaves y dulces. Aun así, el nudo en mi estómago no desapareció.
Tras desayunar, caminamos hacia el campus estabamos caminando alrededor del lago. Íbamos a la biblioteca antes de clases cuando noté las miradas. Algunas eran demasiado evidentes. Crucé miradas con chicas y chicos que no disimulaban.
Escuché un susurro detrás de nosotras:
—¿Cuál es? ¿La que hizo enojar a Dorian?
Se me heló el estómago.
Hazel y yo seguimos caminando, incómodas.
—¿De verdad ya se enteraron? —murmuré.
—Parece que sí —respondió—. Es un Saint-Malo. Mejor evitemos sus edificios.
Asentí. La devoción hacia su casa era enfermiza.
Entonces escuchamos un grito.
—¡Hey!
Nos giramos. Seis chicas se acercaban. Todas rubias, impecables, con ojos claros y miradas afiladas.
—¿Cuál de ustedes fue la que le faltó el respeto al heredero de Saint-Malo? —preguntó la más alta—. La que controla muñecos.
—Yo —respondí, dando un paso al frente—. Él fue quien—
—No nos importa —me interrumpió otra, de ojos verdes—. Mejor dale su merecido.
Nos rodearon.
Hazel y yo dimos pasos lentos hacia atrás. Apreté los puños. El aire se sentía pesado, cargado de algo que no auguraba nada bueno.
—Corre —susurró Hazel.
Y corrimos hacia los árboles.