La Aspirante y el Heredero

Capitulo 4 Ferrat

Astrid

No entendía cómo había terminado en ese problema.

Mis piernas empezaban a doler; llevaba zapatos planos y el suelo del bosque no ayudaba. Hazel lanzó su mochila hacia atrás para ganar unos segundos.

Las chicas maldijeron.

—Hazel, ¿a dónde vamos? —pregunté, sin aliento.

—No sé. Solo perdámoslas.

Saltamos un tronco y seguimos corriendo. Pero eran más. Muchas más. Mi corazón latía desbocado y el aire empezaba a escasear.

Era absurdo.

Solo querían golpearme por haber hecho enojar a Dorian.

—Vayamos donde está Charlotte —dijo Hazel—. Con ella no se atreverán. Es primordial.

Asentí y aceleramos hacia el edificio de mármol donde el día anterior había tomado la clase del número áureo.

—¿A dónde van? —gritó una rubia detrás.

—Al edificio de Bruges, síganlas —ordenó otra.

—¡Ya en serio, no me sigan! —grité desesperada.

—Maldita, no escaparás —respondieron.

Hazel empujó la puerta principal con fuerza. Yo entré justo detrás y cerré el portón de golpe, intentando ganar tiempo.

Las miradas de los estudiantes se clavaron en nosotras mientras corríamos por los pasillos hacia el ala de los primordiales.

Estábamos a unos pasos de la sala cuando sentí un tirón brusco.

Un dolor agudo me recorrió el cuero cabelludo.

La líder rubia me había sujetado del cabello.

Grité y traté de apartar su mano, aferrándome a su muñeca.

—¡Hazel! —logré decir.

Ella abrió la puerta de la sala de un empujón.

Caí hacia dentro por la inercia. Sentí cómo me soltaron el cabello.

La habitación era púrpura, adornada con cuadros impresionistas y sillones oscuros. La adrenalina me hacía temblar.

Levanté la vista.

Charlotte y Maximilien estaban de pie.
Lucien también.
Y Dorian.

—¿Qué sucede? —preguntó Maximilien, incorporándose.

Dorian se volvió hacia las rubias.

—Explíquenme qué es esto. Erenholt.

La líder dio un paso al frente.

—Se lo merece. Le faltó el respeto al heredero de Saint-Malo.

—Me quieren golpear —dije, todavía recuperando el aliento.

—Te portaste peor que una bastarda —escupió Erenholt.

—Ni siquiera las casas bastardas se comportan así —añadió otra.

Sentí la humillación subir como fuego.

Compararme con una casa bastarda.

Lo más bajo de la jerarquía del culto.

Dorian bufó y se frotó la sien.

—Entiendo su lealtad —dijo con frialdad—, pero no pueden ir golpeando gente por ahí. Puedo arreglarlo yo mismo.

—Pero, Dorian… —insistió Erenholt.

—Retírense. Luego hablaré con ustedes.

Las rubias me lanzaron una última mirada cargada de odio y se marcharon.

Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Me volví hacia Charlotte.

Pero algo estaba mal.

Las miradas de los primordiales no estaban sobre mí.

Ni sobre Hazel.

Miraban detrás.

Giré lentamente.

Giré lentamente.

Una chica rubia, de ojos azul intenso, seguía allí.

Aplaudía.

Despacio.

Sonreía.

No había rabia en ella.
Ni lealtad.
Ni miedo.

Solo entretenimiento.

—¿Quién eres? —pregunté.

Ella ladeó la cabeza y sacó de su bolso una figura de madera.

Idéntica a la mía.

El salón volvió a quedarse en silencio.

—Élise Ferrat —dijo con calma—. La imitadora.

Sostuvo el muñeco con delicadeza.

—Una de las casas bastardas.

Algunos respiraron más fuerte.

El muñeco abrió la boca.

—Saint-Malo tiene más heridas de las que muestra. Y Dorian sabe que digo la verdad.

El aire se tensó.

Dorian dio un paso al frente.

Ella levantó un dedo.

No.

El gesto fue mínimo.

Pero suficiente.

Dorian se detuvo.

Maximilien frunció el ceño.

—No olvides tu lugar —dijo con frialdad.

Élise no respondió de inmediato.

Metió la mano en su bolso otra vez.

Y sacó otro muñeco.

Y otro.

Y otro más.

Los dejó caer sobre la mesa.

Cuatro.

Cinco.

Seis.

Todos idénticos.

—Mi lugar —dijo al fin— es donde yo digo.

Sus ojos recorrieron la habitación.

—Si estos muñecos empezaran a hablar…

El silencio ya no era incómodo.

Era peligroso.



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En el texto hay: magia, lovers, dark academia

Editado: 22.02.2026

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