En ese instante,en la azotea desolada, lo vi…
Aquel estudiante, con lágrimas cristalinas y sentimientos claros como el agua, desbordaba todo tipo de emociones reprimidas, pero…
¿Cómo llegamos a esto?, me preguntaba.
Solo éramos adolescentes experimentando el sentimiento de un primer amor…
¿Qué fue lo que fallamos? En ese instante, varios pensamientos y arrepentimientos me invadían la cabeza.
(…)
Me llamo Sait Harrington. Soy el hijo de un doctor y una condesa. Toda mi niñez aprendí sobre mi estatus social. En un régimen donde existe la nobleza, tenía claro que no poseía ningún tipo de título; solo era el hijo de la condesa Harrington y de un doctor “suertudo”.
Aun así, no importaba. Tenía un estatus social y podía entrar en círculos aristocráticos. Mi hogar… una mansión blanca como la luna, resplandeciente, con un jardín medianamente espacioso y sofisticado, era mi mundo. Sabía que no era un lujo como el de un noble de alto rango, pero era mi hogar, y en ese pequeño hogar estaba mi familia, que me amaba a pesar de todo.
A los seis años, y con una mentalidad decidida para ese entonces, me esforzaba estudiando cada día y cada noche. Mi meta era hacer felices a mi padre y a mi madre, quienes hacían lo mismo por mantener su posición frente al círculo social de mi madre. Desde un inicio, fueron blanco de chismes y malos comentarios, pero ellos se habían enamorado de una forma única.
Mi madre me cuenta que, cuando enfermó gravemente, pensó que se quedaría sola para siempre. Pero en aquella pequeña y asfixiante habitación donde se encontraba postrada en cama, estaba la imagen de un joven practicante que la acompañaba todo el tiempo. Alto, de piel pálida y de actitud relajada, la miraba constantemente con sus ojos color marrón claro y su cabello del mismo tono que el de sus ojos, solo que más oscuro.
Mi madre, al verlo, quedó totalmente flechada… y mi padre también. Dice que fue amor a primera vista. Desde ese instante hicieron todo por estar juntos, y lo lograron.
Por eso me encuentro aquí: como el hijo de una condesa y un doctor. Yo tengo la piel pálida como mi padre y el cabello negro como mi madre, con ojos color avellana, características que no me hacen tan atractivo para la sociedad, con una contextura delgada y frágil… pero eso no es todo.
A los once años entré a la Academia Real del Sur, en Inglaterra, donde solo ingresan nobles y familias de alto prestigio y rango social. Pero no fue hasta los quince años que comenzó mi historia.
No estaba tan acostumbrado a una academia tan grande, así que me mantenía como un fantasma entre todos. No quería llamar la atención, no causar problemas… y fue en ese instante cuando lo vi por primera vez, en una primavera soleada con un resplandor cálido.
Sebastián Whitmore, sucesor del gran duque real. Destacaba por sus ojos verdes como esmeraldas y su cabello dorado como el sol del Imperio. Era un ejemplo total: caballeroso, rodeado de personas, con notas altas y gran destreza en el campo de batalla. Un tema constante del que hablaban todos.
Ese día… que lo vi por primera vez, no podía apartar mi mirada de él (…) La primera vez que lo vi pasando en los pasillos de aquella academia donde me encontraba. Sabía que sería la primera y última vez que lo vería, ya que en ese instante solo hacía un favor a alguien. Su bondadoso corazón hizo latir al mío sin siquiera saber por qué.
Me dirigí al patio del colegio después de ese suceso. Grande como un laberinto, lleno de flores para todos aquellos estudiantes. Me sentía intimidado por todos, y aquel patio de juegos infantil era mi único refugio. Pensaba que no podría soportar esta situación, pero ver a mis padres felices era lo que me motivaba.
Nuestra academia era algo peculiar: nos separaban por secciones —A, B y C—.
La sección C era para plebeyos o personas de bajo rango.
La B, para aristócratas o títulos menores.
La A, para hijos e hijas de rangos importantes; incluso nobles extranjeros y el heredero al trono se encontraban allí.
Nunca le di importancia. Siempre pensé que todos éramos iguales. Aun así, la academia era extraña: también dividían los patios y todo. Pero, ¿qué más daba?
Me trepé al árbol más grande que vi y, en ese instante, observé el sol resplandeciente y la brisa que pasaba. Me preguntaba cómo algo podía ser tan hermoso: el cielo, las flores, lo pacífico que podía llegar a ser todo.
Pero mi vista fue interrumpida. Más allá del bosque, había un muro que separaba las secciones. Siempre me pregunté cómo sería el otro lado y, justo en ese instante, como si el destino hubiera dictado nuestra historia, quise satisfacer mi curiosidad.
Sonó una campana anunciando que era hora de volver, pero yo corrí. Corrí tan rápido para escapar de esa prisión de niños soberbios que se regían por quién era el más fuerte y quién el más débil. No miré atrás; no hubo arrepentimientos.
Cuando por fin llegué al muro, con el sudor recorriendo todo mi cuerpo, decidí trepar un árbol e intentar alcanzar el otro lado, pero no lo logré ni con la punta de mis dedos.
Entonces, del otro lado del muro, en una sección del colegio que no conocía —la sección A—, nuestras miradas se encontraron. En la terraza se encontraba el joven más hermoso que vi: cabellera sofisticada de color dorado, con ojos verdes que podían hipnotizar a cualquiera que los mirara.
—Sebastián… —murmuré aquel nombre desconocido para mí, que había escuchado en algún lugar.
Cuando me vio, sus ojos se abrieron de par en par, como si su mirada se clavara en mí, con un leve sonrojo, como si hubiera encontrado algo nuevo para su mundo. Era perfecto junto al atardecer, mientras yo estaba allí, sobre ese árbol, sonrojado y desalineado, cubierto de hojas, con mi cabello tan oscuro como la noche que no resaltaba ante nadie. Nos seguimos mirando por unos momentos hasta que una maestra interrumpió el momento de forma abrupta:
—¡HARRINGTON, BAJA DE ESE ÁRBOL AHORA! —
Escuché, miré hacia abajo y vi a la maestra muy furiosa, y bajé de inmediato, perdiendo ese bello instante.
¿Qué pasaría luego de esto?, me preguntaba, como si el solo hecho de haber sabido de la existencia del uno con el otro hubiera marcado el inicio de una relación. La maestra me llevó, furiosa, al salón y yo me quedé absorto en mis recuerdos.
Lo volveré a ver? , me reconocerá? —seguía pensando—.