La azotea de sol naciente

CAPITULO 2 : Nuestro encuentro

Después de que la maestra me jalara al salón de forma brusca, me dirigí a la primera carpeta vacía que vi y me quedé en silencio durante toda la clase mientras veía cómo todos mis compañeros se reían y cuchicheaban de mí a mis espaldas. Pensé:
(Esto ya es rutina, igual todos seguirán con su vida… Todo esto pasará) me decía a mí mismo para consolarme, aunque sabía que me ponía tan mal en mi interior. La maestra siguió dictando y mientras eso pasaba lo único que podía hacer era jugar con mis manos, ya que el tema que nos enseñaba era muy básico.
Al terminar los deberes de mi academia salí corriendo dirigiéndome a mi hogar, mientras veía llegar carruajes elegantes a recoger a todos los nobles y, entre todos ellos, logré visualizar un carruaje que me llamó la atención, de un color negro claro con bordes dorados. Era muy llamativo entre todos los demás que siempre tenían el mismo color, blanco con dorado, como si fueran del príncipe heredero o alguien de la familia real. El punto es que ese carruaje era del hijo del duque, el chico por el cual sentía intriga y admiración todos los días, hasta que de repente se interrumpieron mis pensamientos al oír una voz:
--- ¿Dónde se metió ese mocoso?
Escuché con una voz enojada, era el mayordomo de Sebastián. Se notaba que era un tipo temible, con problemas de ira. Decidí pararme un rato en un callejón a ver dónde estaba Sebastián, pero no llegaba al carruaje.
De solo pensar que le sucedió algo hacía que se me revoloteara el estómago, con pensamientos sobre si le sucedió algo o si está con sus amigos. Al poco tiempo, el mayordomo no le dio más vueltas y empezó a entrar a la Academia para buscarlo.
Yo… quería volver a ver a ese chico de cabellera dorada, entonces me escabullí en la sección A, en donde estaban los rangos más importantes. Mientras entraba en la zona donde se suponía que no debería ni mirar, miles de pensamientos me rodeaban:
¿Llegaré tarde? ¿Mis padres se preocuparán? ¿Qué excusa inventaré?
Mis manos temblaban más fuerte a medida que avanzaba y mi espalda sudaba al máximo. Todo eso pasaba mientras seguía los pasos del mayordomo de Sebastián con bastante cautela. Al poco tiempo me di cuenta de que jamás lo encontraría, ya que supuse que Sebastián se estaba escondiendo de él, porque se notaba como alguien abusador y malvado. Entonces tomé una decisión importante: me armé de valor y corrí delante del mayordomo. Capaz para él esa acción que hice era insignificante y no era relevante, pero para mí fue como si estuviera a punto de morir y, mientras corría, no se dio cuenta de mi presencia ya que pensó que era un noble caprichoso del montón.
Mientras yo corría con el corazón acelerado, subí las escaleras a la azotea donde los vi por primera vez, ya que supuse que sería el único lugar al que no iría el mayordomo, porque la Academia de la sección A es tan grande y con varios salones que le llevaría tiempo. Al llegar a la puerta de la azotea, no quería abrir el cerrojo debido a la ansiedad y señales de mi cuerpo de querer huir en ese instante, pero ya había hecho mucho para poder verlo, así que tenía que entrar a la azotea… Y entonces me armé de valor y lo hice.
Entré y lo vi junto a la hija del vizconde William, Evelin William. Pelirroja con piel pálida y labios rojos, era la persona más bella de toda la ciudad y al ver esa escena entre ellos dos juntos algo en mi interior decía que eran perfectos los dos y estaban destinados a estar juntos, pero no me apresuré a seguir teniendo esos pensamientos y rápidamente me escondí. Mi corazón estaba acelerado al pensar que podía ser descubierto en este preciso instante, aun así mantuve la calma y me escondí atrás de unos armarios y sillas antiguas que dejaban los de limpieza. Aun así podía estar tan cerca y ver lo que hacían. Parecen estar en una especie de picnic en la azotea, mesas pequeñas con mini postres, todo se veía tan delicioso y al momento tan sereno y calmado… hasta que empezaron a hablar. No quería escuchar su conversación, pero ante el silencio de la azotea no pude evitarlo… sentado en un rincón oscuro y tapado por cosas viejas decidí aceptar mi destino y empecé a escuchar sus voces:
--- Sebastián, ¿tú crees que más adelante podamos llegar a casarnos? —expresó Evelin con una calma increíble.
--- No lo sé, Evelin… Soy creyente de que si me llego a casar lo haré con la persona que amo y no como una relación diplomática —dijo Sebastián con un tono frío.
--- ¿Y acaso a esto no se le puede llamar amor? Somos amigos desde hace tiempo, nuestras familias se conocen de años y se llevan increíble. Entonces, ¿no crees que esa posibilidad sucederá a futuro? —exclamó Evelin con una expresión un tanto exagerada.
--- Lo sé, Evelin, pero no podré desposarte como esposa o temeré no ser un buen esposo. Tengo una visión distinta a la tuya. Tú sabes cómo crecí y no me gusta la idea de casarme por obligación, siento que fallaría —explicó Sebastián.
--- (…) no hay nada que pueda hacer, ¿verdad? Entonces lo dejaré así —comentó Evelin con un suspiro seguido de una mueca alegre.
--- Y entonces, Sebastián, si te llegas a enamorar, ¿qué es lo que harías por amor?
Escuché esas palabras que soltó Evelin y esperé unos segundos a escuchar la respuesta de Sebastián.
--- No lo sé —dijo Sebastián con un suspiro.
Su conversación no me sorprendía, escuchar de matrimonio de nobles de 15 a 16 años era común porque la mayoría de gente se casaba por conveniencia, para mejorar su posición económica o intentar sobrevivir a la economía de nuestro país. Eso ya no me importaba. Esperé por unos instantes a que la señorita Evelin se acabara los postres y todo esto pudiera acabar, pero me pareció raro que Sebastián separara un postre, parecía que era para alguien.
--- Es mejor que nos vayamos, mi mayordomo debe estar volviéndose loco y tu familia debe estar preocupada —dijo Sebastián.
Observé toda la escena y miré cómo Sebastián se paraba del suelo y empezaba a ordenar las cosas del picnic en una canasta.
--- Evelin, ¿puedo quedarme con tu pequeña mesa? Prometo devolvértela luego —dijo Sebastián.
Evelin, desconcertada, accedió. Se levantó y salió de la azotea, quedando solo yo y él.
Esperé unos minutos a que se marchara, pero sentía que me iba a descubrir ya que en un punto del picnic miró hacia mi dirección, así que decidí avanzar a otro lado donde no pudiera verlo a él y así en viceversa. Al no escuchar pasos deduje que ya se había ido. Al salir vi en una mesita pequeña un postre, era el que Sebastián se guardó. Junto a él estaba una nota con garabatos, decidí leerla por curiosidad.
La nota arrugada decía: “Te atrapé…”
Por unos instantes no entendí nada, hasta que escuché la puerta de la azotea cerrarse con brusquedad. Al instante supe lo que pasaba, corrí hacia la salida de la azotea y efectivamente la puerta estaba bloqueada. Atrás de ella escuché la voz de Sebastián decir:
--- ¿Quién eres?
Me dijo con un tono burlón.
--- ¡Déjame salir! —grité con desespero.
--- De tu respuesta decidirá si te libero o no —expresó Sebastián con un tono burlón.
--- Me llamo Sait, por favor déjame salir, tengo que volver a mi hogar —dije mientras intentaba empujar la puerta.
--- Jamás escuché tu nombre, suena muy extraño para mí —comentó Sebastián con una voz tranquila.
--- ¿Y por qué estás en la azotea del edificio? ¿Y de qué sección eres?
Sebastián estaba tan curioso por saber quién era, pero yo sentía vergüenza de hablar sobre mí, aun así estaba decidido a decirle la verdad, así que con valentía dije:
--- Estoy en la sección B —con voz temblorosa.
No sabía cómo iba a actuar ni responder. Hubo un breve silencio y Sebastián dijo rápidamente:
--- ¿Eres el chico de cabello negro con ojos marrones que vi esta mañana?
Me quedé estupefacto. No sabía si decir que sí o no, tenía miedo de que malinterprete la situación y piense que soy un acosador o algo por el estilo.
--- Sí, soy yo, la persona que esta mañana te vio por casualidad —le dije para aclarar lo de la mañana y que sepa que fue una casualidad.
Al instante escuché cómo la puerta se abría y al empujar el manojo nos encontramos…
Lo miré de cerca. No sabía qué era este sentimiento: admiración, emoción, curiosidad o intriga. Mis mejillas se sonrojaron levemente mientras el cielo cada vez se oscurecía más.
--- Wow, eres tú la persona que vi. Pensé que jamás lograría acercarme a ti —dijo Sebastián.
--- ¿Y por qué nos deberíamos de acercar? —exclamé con vergüenza rápidamente.
--- Porque nos miramos a los ojos y nos llamamos la atención, ¿o me equivoco? —afirmó Whitmore.
Me quedé sin palabras ante lo que dijo. Mi mente se quedó en blanco, no entendía el repentino interés de esta persona hacia mí.
--- ¿Ya no respondes..? —murmuró con intriga.
Yo, apresurado, dije:
--- No, no es eso… creo que tienes razón.
Mientras mis manos hacían un gesto como que no pasaba nada.
El frío empezó a soplar y decidimos bajar, pero al momento de bajar al siguiente piso estaba parado el mayordomo de Sebastián, enojado. Lo agarró y se lo llevó rápido, mientras yo me despedía con una mano. Él volteó a verme y también se despidió contento…
(Y ahora… yo también debo salir de aquí antes de que me descubran, pero no los quiero seguir… mmm, mejor me quedo aquí por un rato).
Pensé mientras, desde la ventana del pasillo, miraba a Sebastián irse en su carruaje hacia su casa. Apenas vi eso, salí corriendo de la Academia a mi casa, emocionado, hasta que llegué a la plaza… Para ese entonces todo estaba nublado y se notaba la incertidumbre del pueblo entero. Llegué a la plaza principal y frente a un montón de gente se encontraban dos jóvenes siendo sentenciados a la horca… ¿Por qué?




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