Al ver el acto atroz que estaba a punto de suceder en la plaza, escuché al verdugo hablar:
—Estos dos hombres de aquí cometieron un acto atroz en contra de la corona, y ahora pagarán el precio —exclamó con gritos.
Por un momento pensé… ¿Traición a la corona? Pero si fuera así deberían de ser guillotinados. Mientras permanecía en mis pensamientos por un corto tiempo, el verdugo agarró la cabeza del primer hombre y la amarró sobre la soga.
—La sodomía es un delito, una enfermedad y será castigado con pena de muerte —gritó el verdugo.
¿Sodomía…? ¿Esos dos hombres se aman?
Mi cuerpo temblaba ante esa idea de amar a alguien de tu mismo sexo. No lo pensé mucho y, en el instante siguiente, el verdugo jaló la palanca que activó el mecanismo de la horca, terminando con la vida del primer hombre. Acto seguido, continuó con el segundo y vi sus ojos: parecía estar muerto en vida. Antes de irse de este mundo, el extraño hombre sonrió y así acabó su vida. Los dos murieron por sus actos atroces, pero esa imagen jamás se borraría de mi mente…
Tras todo lo sucedido aquel día, llegué tarde a mi casa, atónito por lo que vi. Entré a mi hogar; mi madre estaba sentada en la ventana como siempre, cumpliendo con sus obligaciones, mientras que mi padre no había llegado aún a la casa. De ese modo, me dispuse a subir las escaleras en silencio, pero no pude evitar ser descubierto.
—¿Por qué tan tarde? —dijo mi madre con un tono frío.
No supe qué responder, así que no salió ni una excusa de mi boca.
—Prométeme que no volverás a llegar a estas horas de la noche —suspiró mientras seguía con su trabajo.
—Lo prometo —le respondí con un tono de felicidad y seriedad.
-- tu padre llegará dentro de un rato ya puedes marcharte --
Las palabras de mi madre fueron tan aburridas y tan serias que así, sin más, subí a mi habitación. (Este día fue muy loco) pensé por unos instantes con todo lo sucedido y entonces me quedé dormido con un sentimiento de incomodidad al pensar en Sebastián y relacionar al mismo tiempo la escena que acababa de presenciar.
A la mañana siguiente me levanté e hice mi rutina como normalmente lo haría. Al salir de mi hogar, vi la llegada de un mensajero. Apenas me vio, se acercó a mí:
—Sait Harrington.
—Sí, soy yo —dije extrañado con la presencia del mensajero, ya que normalmente no recibimos cartas en mi familia.
—Es para usted.
Acepté la carta y observé cómo el mensajero seguía su camino hacia sus demás entregas. Al observar la carta, vi el sello de la familia Whitmore; inmediatamente la leí.
……
Sebastián Whitmore
Buenos días, Sait Harrington, espero no te hayas olvidado de mí. Es mi turno de ir hacia ti… Si no sabes cómo llegar hacia el otro lado del muro, no desesperes, yo lo haré. Tú solo espérame en ese árbol que estabas aquel día. Espero verte.
Me sorprendí tanto al leer la carta que llegué al colegio y todo transcurrió muy rápido. La maestra dictó las clases como siempre, los jóvenes burgueses seguían haciendo de las suyas y yo solo estaba en un rincón. Apenas tocó la campana, mi cuerpo se movió solo; corrí tan rápido que en un punto me faltó la respiración.
Cuando llegué al árbol, lo vi.
Sebastián estaba sentado en una de las tantas ramas que tenía el árbol, feliz como siempre.
—Qué injusticia que el tiempo pase tan rápido en este lugar —dijo Sebastián.
—¿Cómo llegaste tan rápido? —pregunté.
—No hay nada imposible para una persona como yo —lo comentó con un tono burlón.
—¿Te escapaste antes de tiempo?
—¡Ehh! ¿Por qué dices eso? Solo llegué más rápido gracias a la ayuda de alguien.
—No sé si creerte.
—Créeme —afirmó Sebastián con una sonrisa.
Apenas bajó del árbol, me miró y dijo:
—Espero no te incomode esto, pero traj—
—¡HOLAAAA!
Tras esas palabras interrumpidas, apareció una tercera persona en mi vista.
Spencer Astor, hijo de un marqués del norte. No entendía lo que pasaba hasta que empezó a presentarse:
—Me llamo Spencer, soy hijo del marqués Astor y soy amigo de Sebastián.
Sujetó mi mano con fuerza antes de agitarla bruscamente.
—Hola, yo soy Sait…
—No es necesario más presentaciones —interrumpió Sebastián rápidamente.
—Traje a Spencer para que me ayudara a llegar más rápido aquí; él me ayudó a pasar el muro por arriba.
—¿Por arriba?
Me quedé sorprendido por tal comentario. El muro era, a mi parecer, tan alto que treparlo era algo imposible para mí… pero no pensé que para él fuera posible.
—Vamos a pasear, Sait —dijo Sebastián.
—¿Pasear ahora?
—Sí, ¿por qué sería malo? Escapémonos de aquí solo por hoy —empezó a decir esas palabras agarrando mis dos manos.
—¿Y qué pasará conmigo? —habló Spencer con un tono extrañado.
—¿Podré ir con ustedes? ¿Por qué abandonarías a un amigo? ¿Me dejarás aquí en este árbol luego de que te enseñé mi truco para subir el muro?
Spencer empezó a reprochar todo con un tono burlón hasta que Sebastián lo miró de reojo y se calmó.
—Bueno, creo que podemos llevarte…
Spencer al instante supo lo que NO DEBÍA HACER y era ir con nosotros. Al poco rato, se marchó. Decidió pasearse por el lugar mientras que Sebastián agarró mi mano y me llevó a la salida de la Academia. Mientras intentábamos escabullirnos de ese lugar supe que sería algo fácil, ya que en el lugar donde estaba la seguridad no era importante. Aun así, teníamos que subir una reja grande o un muro que rodeaba toda la Academia.
—Yo subiré primero, tú quédate aquí y espera a que te tienda mi mano.
—Ok, entonces yo te espero.
Al instante vi cómo Sebastián subía aquel muro con facilidad y se quedó encima de él para luego extenderme la mano… No pude evitar sentir mariposas en el estómago. La escena era tan hermosa: el chico de cabello dorado junto a un atardecer ferviente. Todo contrastaba tan bien con lo que observaba que por un momento pensé que el único que arruinaba todo eso era yo.
No pude pensar más y, sin dudarlo, agarré su mano y empecé a subir el muro con dificultad. Al poco rato, los dos estábamos riéndonos encima del muro, a punto de bajar de él.
Ya en el piso de afuera de la Academia estábamos tan felices corriendo hacia lugares desconocidos, pero no quería llegar a la capital de la ciudad. Después de ver aquella escena el día anterior, tuve tanto remordimiento.
—Sebastián, vámonos a un lugar fuera de la capital.
—¿Fuera de la capital? Conozco uno muy hermoso. Sígueme, es un poco lejos, pero sé que te gustará.
En ese momento agarró mi mano y me llevó corriendo hacia una mansión abandonada algo lejana.
Al llegar a ese lugar empezaron a salir muchos gatitos abandonados. Sebastián los acariciaba tanto que pensé por un momento: (qué hermosa persona). Luego me arrepentí tanto que empecé a convencerme de que mis pensamientos hacia Whitmore eran solo admiración, no podía ser nada más. (No… yo no puedo estar enfermo) me decía a mí mismo.
De pronto ya me encontraba corriendo hacia el balcón de ese edificio abandonado en un bello atardecer, en ese lugar infestado por plantas y animales. Sebastián agarró una glicina (wisteria).
—Esta planta de aquí es una trepadora, simboliza una amistad duradera con amor eterno y buena suerte.
Ante ese significado no pude evitar sonrojarme y, en ese instante, bajo mi cabello negro se encontraba una de esas plantas color morado intenso adornando mi cabeza.
—Sebastián, ¿en verdad piensas que nuestra amistad durará?
—Sí lo creo —afirmó decidido—. Es tan solo esperar, ¿entiendes? Nada pasa tan rápido, solo veremos el tiempo pasar mientras crecemos juntos, ¿entiendes?
Lo dijo mientras seguía adornando mi cabeza de flores.
La escena podía ser tan típica: yo sentado tranquilo mientras que el hijo del duque iba de un lado a otro poniendo las flores en mi cabello.
—El color morado resalta tan bien en tu cabello.
—¿Tú crees?
—Sí… ¿y cuál crees que sería el color que resalte en el mío?
—¿Una flor blanca?
—Blanca… suena bien, pero el blanco no combina con el morado —dijo con un tono burlón.
—¡No es necesario combinar! —dije con un leve sonrojo.
—¿Y si yo quiero combinar?
Sebastián parecía mirarme con unos ojos que no pude evitar.
—Entonces busquemos más plantas que estén en este lugar y veamos cuál combina —afirmé rápidamente.
—Algunas son venenosas, creo que será mejor irnos de aquí antes de que sea la salida de la Academia.
—Sí, tienes razón, tenemos que irnos antes de que se haga tarde.
Después de esas palabras nos empezamos a marchar de la vieja mansión, mientras que ya en la entrada visualizaba los carruajes que llegaban.
—Sait… ¿quieres venir a mi casa? —me miró con una sonrisa tan alegre.
—¿Ahora? Eh… no sé —dije nervioso y confundido.
—Piénsalo rápido, es un buen momento para que conozcas mi hogar.
—Yo creo que no se va a poder, debo avisar a mis padres.
Después de esas palabras, Sebastián no parecía desanimado; simplemente me entendió y se dispuso a marcharse, mientras que yo volvía a mi casa. Hasta que al llegar al salón vi por la ventana en el primer piso, afuera, a Evelin Willian. No sabía qué estaba haciendo, pero parecía buscar a alguien. Pensé por un momento que era a Sebastián, pero mis dudas se respondieron rápido al ver a Spencer acercarse junto a ella y marchándose tranquilos. Traían una máscara de antifaz en la mano. Supuse que estaban jugando a algo.
Hasta que al llegar a mi cuarto, posada allí tranquilamente, estaba una paloma mensajera con una carta elegante de pocas palabras:
—Está invitado a la fiesta de antifaces de la familia Whitmore…
La carta seguía con indicaciones y yo no sabía qué pensar.