No me sorprendieron las extensas indicaciones de la carta, pero aun así me sentía ansioso con solo pensar en ir a aquella gran fiesta. Era dentro de dos días, así que decidí hablar con mis padres, convencerlos e ir al evento… o bueno, ese era el plan.
—¡NO! —gritó mi madre, furiosa.
—¿¡Por qué!? —repliqué con frustración.
—No tienes motivos para asistir a esa fiesta de aristócratas. Solo se burlarán de ti —respondió ella.
—¡Pero si nadie me conoce!
—Entonces, ¿cómo fuiste invitado?
Me quedé en silencio. No tenía buenos argumentos para defenderme y tampoco podía decirle la verdad, así que continuar la conversación no era una opción. Había más probabilidades de recibir un gran regaño que de ir a la fiesta.
Aun así, no podía evitar sentirme molesto e indignado por la respuesta de mi madre. Era injusto que me lo prohibiera, pero no iba a permitir que arruinara mis planes.
A la mañana siguiente me dirigí a la Academia. Hice lo de siempre: estudiar y esperar el receso para ver a Sebastián. Sin embargo, esa vez apareció con una caja celeste con detalles dorados entre las manos. Su expresión era tranquila, aunque eso no disipaba mis dudas.
—¿Y eso? —pregunté, señalando la caja con curiosidad mientras intentaba verla más de cerca.
—Es un regalo para ti —exclamó con entusiasmo.
—¿Para mí…?
Pensé unos segundos qué podría contener, pero no le di muchas vueltas. La tomé y la abrí en ese instante para saciar mi curiosidad.
Dentro había una boina color morado pastel con encaje a cuadros, junto a unas flores pequeñas artificiales como la que me había puesto en la cabeza aquel día en la mansión abandonada. También había un antifaz del mismo color, adornado con perlas oscuras y pequeños diseños brillantes.
Entonces comprendí que Sebastián estaba seguro de que iría a la fiesta, y mi sospecha se confirmó enseguida.
—Sí vas a ir, ¿verdad? —preguntó con emoción.
Me quedé pensativo unos segundos antes de asentir con la cabeza.
—Entonces irás con lo que te regalé —afirmó sonriendo sin parar.
No pude evitar sonrojarme levemente. Deseaba que ese momento durara para siempre. Antes de que terminara, me probé la boina y el antifaz. Por un breve instante vi a Sebastián tan rojo como yo.
Luego sonó la campana y tuvimos que separarnos.
Todo aquello parecía un sueño.
Al salir de la Academia me dirigí a la plaza del pueblo, pues necesitaba un traje para la ocasión. Reuní mis ahorros guardados para emergencias y entré a varias tiendas. Tenía claro cómo quería verme: el morado debía resaltar sobre el blanco.
Y así fue: encontré un traje idéntico al de mis pensamientos. Me quedé absorto ante su belleza. Lo compré de inmediato y lo escondí en casa.
Al día siguiente la rutina se repitió: ir a la Academia y encontrarme con Sebastián, aunque esta vez llegamos a algo más .
—Sait, te gusta escaparte de tu casa, ¿no?
—¡Eh! No, claro que no.
—Entonces, ¿por qué siempre te veo ir en dirección contraria a tu hogar?
—Es porque… debo hacer las compras.
Mis excusas parecían creíbles y se me ocurrían con rapidez. Aunque, esta vez, quizá fuera cierto: necesitaba un traje.
—Oye, ¿te gustaría venir a tomar té a mi casa? —propuso Sebastián.
—¿No deberían estar arreglando tu hogar para la fiesta de mañana?
—Tal vez sí, tal vez no —respondió despreocupado.
—Entonces… podemos, ir después de que pase tu fiesta — dije con un tono afirmativo
—¿En serio? —dijo rebosante de alegría mientras tomaba mis manos sin darse cuenta.
—Sí, me gustaría conocerte más —respondí sin pensarlo.
—¡Jajaja! Claro, a mí también me encantaría hablar más de mí.
En ese instante sonó la campana de la Academia, obligándonos a regresar. No quería irme aún, pero era mejor eso a que nos descubrieran. Así me despedí de la persona a quien admiraba.
El resto del día transcurrió con normalidad, con la diferencia de que ahora tenía un plan para el día siguiente.
Entré a mi habitación del segundo piso. No tenía balcón ni salida fácil, así que debía calcular cómo escapar por la ventana.
Había leído novelas juveniles que solían leer muchas chicas, y eran realmente hermosas… así que decidí sentirme protagonista de una de ellas y complicarme la vida.
Saldría por la ventana.
Busqué una cuerda por toda la casa y la encontré. Luego estudié dónde amarrarla y calculé los horarios.
A las cinco llegarían mis padres, así que escondí la cuerda. Tal como lo había previsto, regresaron a las cinco y media,un poco tarde pero no importaba. Cenamos juntos y luego se fueron a dormir,yo esperaba en mi habitación intranquilo por lo que iba a hacer . No fue hasta las ocho que apagaron las luces. A las nueve ejecuté mi plan.
Me vestí en la oscuridad, me coloqué la boina morada y el antifaz. Subí a la ventana dispuesto a descender por la cuerda, pero el plan no salió perfecto: en ese momento escuché una voz desde la puerta.
—¿Qué estás haciendo?
El corazón se me aceleró de inmediato. En segundos vi pasar mi vida ante mis ojos. Pensé en lo que ocurriría después de esa noche.
La angustia invadió todo mi cuerpo: sudaba y los latidos eran tan fuertes que sentía que podría sufrir un paro cardíaco