La directora parpadeó y, después, sonrió con una satisfacción que decía mucho de sus años de experiencia.
—Muy bien. Su grupo, el de iniciación para las más pequeñas, lo lleva la profesora Elodie Leclerc. Llegó de París hace unos meses, con títulos excelentes, y tiene un don especial para las niñas tímidas; y su hija, si me permite decirlo, tiene toda la pinta de ser tímida.
—Elodie Leclerc —repetí, y grabé el nombre en la memoria. Luca ya sabría qué hacer con él: por muy buenas referencias que tuviera, nadie se acercaba a mi hija sin que yo supiera hasta el color de su primer diente de leche.
—¿Le gustaría ver la clase? —añadió la directora—. Hoy es una sesión abierta para nuevas alumnas, y su hija puede integrarse desde ahora mismo, si ella quiere.
Miré a Audrey. Audrey miró la puerta de cristal del fondo del pasillo, de donde salía una música suave de piano, y asintió tan despacio que casi no la vi moverse.
Entrar fue como cruzar la frontera de un país desconocido. Un salón enorme de suelo de madera clara y espejos de pared a pared se abrió delante de nosotros, con olor a talco y a lavanda. Y a lo largo de una de las paredes, sentadas en unas sillitas de colores, había once mujeres.
Once. Las conté.
Once madres con sus botellas de agua, sus móviles y sus bolsas de tela, y yo, en medio de todas, con mi traje negro, mi camisa negra y mi metro noventa de mala reputación. Sentí cómo sus miradas cambiaban una a una. Algunas me recorrieron de arriba abajo sin el menor disimulo; otras cuchichearon detrás de la mano; y un par, las que seguramente reconocieron mi apellido en cuanto crucé la puerta, se pusieron tensas sin saber dónde mirar. Estoy acostumbrado al miedo. Lo que no sabía manejar era la curiosidad, y menos aún si venía acompañada de pestañeos.
—Buenas tardes —dije, porque hay que ser educado incluso cuando se es el hombre más temido de la ciudad.
Dos me contestaron a la vez, con una alegría exagerada. Otra, la del vaso de plástico, se quedó con el gesto a medio camino y olvidó cerrar la boca.
Busqué dónde sentarme. Las sillas, pensadas para el trasero de una madre de talla estándar, tenían una altura ridícula; mis rodillas habrían quedado a la altura de mi barbilla. La única libre quedaba junto a una señora que me sonreía con tanta insistencia que sudé más que Bellini. Yo, que esa misma tarde había decidido el futuro de un hombre, no sabía dónde colocarme sin parecer una amenaza o un idiota.
—Papi, siéntate —susurró Audrey, tirándome de la manga.
—Estoy bien de pie, princesa.
—Pareces un cactus.
—Los cactus no se sientan.
—Exacto.
Terminé apoyado contra la pared, con los brazos cruzados, hecho la viva imagen de un guardia de museo. Y fue entonces cuando la vi.
Estaba al fondo del salón, rodeada de ocho o nueve niñas con maillots de colores, y se agachaba para arreglarle el moño a una de ellas con dos dedos.
Lo primero que noté fue su calma. Había en ella una tranquilidad que no era ingenua ni fingida, sino la de alguien que sabe exactamente lo que hace y por qué lo hace. Llevaba el pelo negro recogido en un moño alto, con algunos mechones ondulados que se le escapaban, y vestía un maillot azul bebé sencillo con una faldita ligera de gasa. Se movía con la soltura de quien lleva media vida bailando y hablaba con las niñas sin elevar jamás la voz.
Después me fijé en sus ojos, grises y serenos, porque los ojos son lo primero que miro en cualquier persona que se acerca a mi familia. Los ojos no saben mentir; las manos, a veces, tampoco.
—Muy bien, Valeria, ahora las manitas como si sostuvieras una flor —decía, con un ligero acento francés que se le colaba en las erres—. No la aprietes, que se enfada. Eso es, preciosa.
Cada niña recibía un momento propio, una mirada propia. No las trataba como a un grupo; las trataba como a personas. Y yo, que llevaba años evaluando a la gente como quien revisa la carga de un barco —quién miente, quién roba, quién puede traicionarme—, no encontré nada torcido en ella. Ni una sola sombra. Eso me inquietó más que cualquier amenaza.
Así que seguí observándola, por supuesto. Pero como se observa a la persona en la que tu hija está a punto de confiar.
—Ahora vamos a darle la bienvenida a una amiga nueva —anunció ella, incorporándose—. ¿Quién será?
Audrey se escondió detrás de mi pierna. Mi hija, capaz de mandar de vuelta a la cocina una sopa que no le gustaba, se convertía en piedra ante los desconocidos.
La profesora se acercó despacio, sin prisa, y se arrodilló en el suelo a la altura de mi hija. No intentó sacarla de su escondite ni la obligó a nada.
—Hola —dijo—. Me llamo Elodie. Me han contado que hoy viene alguien que quiere aprender a volar sin alas. ¿Eres tú?
Una mano pequeña asomó por detrás de mi pantalón. Luego, una nariz. Luego, dos ojos verdes enormes.
—Yo quiero un tutú —susurró Audrey—. Uno de verdad, con tul.
—Entonces has venido al sitio correcto. Pero primero necesito ayuda, ¿me la das? Tengo que enseñarles a las demás cómo se hace una reverencia y me da vergüenza hacerlo sola.
Cinco minutos. Solo tardó cinco minutos. Mi hija soltó mi pantalón, cruzó el salón de la mano de esa mujer y se colocó en la fila como si llevara toda la vida allí. La vi sacar la lengua, concentrada, mientras copiaba una postura; la vi reír con esa risa de burbuja que yo tantas veces había intentado provocar a base de cosquillas; la vi mirar a Elodie como si alguien acabara de encender una lámpara dentro de ella.
Y de pronto entendí lo que llevaba tanto tiempo sin ver: mi hija tenía hambre. No de comida, ni de juguetes, sino de esto. De unas manos suaves que le arreglaran el pelo. De una voz que la felicitara. De una mujer que se agachara hasta su altura.
Intenté tragarme el nudo que me subió a la garganta. Los capos no se emocionan en las academias de ballet.
Di un paso al frente, sin pensarlo demasiado, para ver mejor. Mi zapato de suela dura pisó la madera clara del salón y el sonido retumbó como un disparo. Doce cabezas se giraron a la vez.