Audrey seguía sujeta a mi mano —sin soltar tampoco la de Elodie— y me miraba con esos ojos verdes tan parecidos a los míos que a veces daba miedo mirarla directamente, porque era como mirarme a mí mismo antes de que el mundo me enseñara a no confiar en nadie. Esperaba una palabra. Una sola. Y yo, que había pasado la mañana decidiendo si un hombre merecía seguir caminando, no sabía qué hacer con una niña que me pedía algo tan simple como para siempre.
«Siempre» era una palabra peligrosa. Más peligrosa que cualquier contrato que hubiera firmado en mi vida, porque los contratos se rompen con abogados y esto se rompía con lágrimas antes de dormir.
Me agaché hasta quedar a su altura, con las rodillas crujiendo por la tarde entera en los muelles, y le puse un dedo en la punta de la nariz.
—Las promesas grandes se hacen con papeles, princesa —dije, bajando la voz hasta ese tono que solo usaba con ella, el que ningún hombre de mi organización había escuchado jamás y que esperaba que ninguno escuchara nunca—. Vamos a inscribirte primero. De «siempre» hablamos después.
No era un sí. Tampoco era un no. Era, simplemente, la única moneda honesta que tenía en el bolsillo.
Audrey lo aceptó con la fe ciega de quien todavía cree que los adultos siempre traen un plan cosido por dentro de cada frase rara. Me soltó la mano —a mí, no a Elodie— y le dedicó una sonrisa que dejaba ver el hueco donde le faltaba un diente.
—¿Vamos, Elodie?
Algo se movió en la cara de la profesora. Duró un segundo, quizás menos: una sorpresa que se guardó tan rápido como había llegado, como quien archiva una carta en el cajón equivocado a propósito, para no tener que leerla todavía. No dijo nada. Solo asintió y apretó la mano de mi hija con esa calma suya que ya empezaba a resultarme sospechosa. Nadie era tan tranquilo todo el tiempo sin motivo. En mi mundo, la calma se compra o se finge; nunca es gratis.
—Por aquí, señor Romano —dijo la directora, señalando un pasillo con la palma abierta, como si me invitara a entrar en un templo del que ella fuera la única sacerdotisa.
La seguí con los zapatos ya puestos, todavía con el cosquilleo ridículo de haber caminado en calcetines sobre madera ajena. El pasillo olía distinto al salón: menos a talco, más a papel viejo, con una vitrina de trofeos dorados que llevaban, calculé, más polvo del que cualquiera admitiría en voz alta. En una pared colgaba el cartel de un recital de hacía al menos una década; en otra, la fotografía en blanco y negro de una bailarina que, por el porte, debía de ser la señora Marchetti unos cuarenta años más joven y unos cuantos kilos de dignidad menos cargada.
Por el ventanal alcancé a ver a Luca apoyado en el coche, con las cejas hasta el nacimiento del pelo. Iba a cobrarme esa cara con intereses, en cuanto tuviera ocasión de devolverle el favor.
La oficina olía a café frío y papel viejo, y un ventilador de techo giraba sin ninguna prisa, como si tampoco a él le urgiera nada en aquella academia. Me senté frente al escritorio con la misma frialdad que reservaba para firmar contratos de carga, aunque esta vez el papel llevaba el nombre de mi hija arriba, y eso me apretaba algo en el estómago que ningún cargamento me había apretado jamás.
—Elodie, ya que es su grupo, tómale tú los datos —dijo la directora—. Así no tiene que volver por lo mismo.
—Claro.
Se sentó junto al escritorio con una libreta pequeña, y por primera vez desde que había cruzado esa puerta, tuve a Elodie Leclerc cerca, sin niñas de por medio, sin música de piano, sin la excusa de una clase abierta. Solo ella, la libreta, y un bolígrafo que sujetaba como si escribiera cosas mucho más importantes que alergias infantiles.
—Nombre completo de la niña —empezó la directora, con la carpeta abierta.
—Audrey Isabella Romano.
—¿Fecha de nacimiento?
Se la di. Elodie la anotó sin levantar la vista, aunque hizo una pausa mínima, casi imperceptible, cuando calculó la edad y algo en su cabeza pareció no cuadrarle del todo. No dijo nada. Yo tampoco. Había preguntas que la gente inteligente aprendía a no hacer en voz alta, al menos no el primer día.
—¿Alguna alergia?
—Ninguna que sepamos. Odia las zanahorias con una convicción que roza lo religioso.
—Eso no cuenta como alergia, señor Romano.
—Debería.
Audrey soltó una risita, orgullosa de que su padre defendiera la causa antizanahoria incluso frente a la autoridad. Elodie no llegó a sonreír del todo, pero le tembló algo en la boca que se le escapó antes de poder guardarlo, y por esa grieta minúscula entendí que aquella mujer no era tan de piedra como quería aparentar frente a un hombre con mi apellido.
—¿Y frutos secos, lácteos, algo así? —insistió, con el bolígrafo listo.
—Come de todo menos lo naranja, según ella.
—Las zanahorias son naranjas, papi, no es mi culpa —protestó Audrey, muy digna, como si defendiera una postura de estado.
—Nadie ha dicho lo contrario, princesa.
—¿Alguna condición médica que debamos conocer? —añadió la directora—. Asma, soplo, algo del corazón.
—Nada. Está sana como un caballo.
—Los caballos no bailan ballet, papi —corrigió Audrey, con el tono de quien detecta un error de cálculo evidente.
—Este caballo en particular sí va a bailar.
Elodie bajó la vista a su libreta, y por el ligerísimo temblor de sus hombros supe que se estaba aguantando la risa. Anotó algo más de lo que yo había dicho, y me pregunté, sin poder evitarlo, qué palabra exacta habría elegido para describir a un capo que discutía con su hija sobre la naturaleza equina de las alergias.
—Contacto de emergencia.
—Yo. Después, Luca Ferrara.
—¿Su asistente? —preguntó, sin levantar la vista de la libreta.
—Mi mano derecha.
No expliqué más. Ella tampoco preguntó más, aunque dejó la curiosidad quedándose a vivir detrás de sus ojos grises, esperando su turno para salir en otro momento. Los ojos no mienten. Las manos tampoco, casi nunca. Y las suyas, sobre el papel, escribían con la letra derecha de alguien que nunca ha tenido nada que esconder.