La Bailarina Del Capo Italiano

CAPÍTULO | 04

En el coche, Luca me miró por el retrovisor con una inocencia que no le había visto ni el día que le disparó a un hombre en Nápoles.

—Ni una palabra —le advertí.

—Yo no he dicho nada, jefe.

—Tu cara dice bastante.

—Mi cara siempre ha sido muy expresiva. No es mi culpa.

—Pues disciplínala. Me está costando no bajarte del coche en marcha.

—Con este tráfico llegaría antes caminando que usted en el asiento de atrás.

—Con este tráfico, a ti te daría tiempo a repensar toda tu vida antes de llegar.

—Ya la repensé una vez, jefe. Por eso trabajo para usted.

No le contesté, porque tenía razón, y darle la razón a Luca en voz alta era un lujo que no pensaba concederle dos veces en el mismo día.

El trayecto a casa fue corto, con Audrey narrando entre bostezos cada segundo de la clase que ya empezaba a mezclarse en su memoria con los cuentos que le leía antes de dormir. Me contó que Valeria tenía el moño torcido, que otra niña se había caído dos veces sin llorar, y que las reverencias servían para «saludar como las princesas de verdad». Prometió practicar «hasta que le saliera perfecta, aunque tardara como cien años», y para cuando cruzamos el último semáforo antes de casa, ya se había quedado dormida contra la ventanilla, con la boca entreabierta y el pelo pegado a la mejilla por el calor de julio.

La cargué en brazos hasta su cuarto. Rosa esperaba en la puerta con esa cara suya, mitad reproche, mitad cariño, que llevaba quince años perfeccionando conmigo sin ningún éxito visible.

—¿Cómo fue?
—Me quité los zapatos delante de once madres, Rosa. Cuenta como buena conducta.

—¿Y usted se portó bien de verdad, señor Romano? Porque conozco esa cara.

—Bien de verdad. Hasta pagué el año completo sin regatear.

—Eso sí que es noticia —dijo, y se rió de esas risas cortas que solo se le escapan cuando algo de verdad le hace gracia, antes de irse hacia la cocina murmurando sobre calentarme la cena, aunque fueran casi las ocho.

Bajé al despacho con la corbata floja y el teléfono vibrando con la insistencia de quien no piensa rendirse. Marco, del puerto, llevaba la tarde entera buscándome.

—Dime.

—Problema con el contenedor catorce, jefe. La aduana lo retuvo esta mañana. Necesitan firma antes de las ocho o se queda hasta el lunes.

—¿Quién firmó la última entrega?

—Bellini. Antes de lo de hoy.

Cerré los ojos un segundo, apoyando la espalda contra el escritorio. El nombre de Bellini todavía me sabía a sangre en los nudillos y a promesas que había obligado a cumplir contra el cemento del muelle.

—Que alguien de confianza revise cada firma suya de los últimos tres meses —dije, con la voz baja y sin prisa, la misma que usaba para todo lo que de verdad importaba—. Si hay algo más torcido, quiero saberlo antes de que lo sepa la aduana.

—Entendido. ¿Y el contenedor?

—Envíame los papeles al correo. Lo firmo yo mismo esta noche.

—¿Algo más, jefe?

—Que Luca tenga lista la lista de proveedores del último trimestre. Si Bellini mintió con la carga, quiero saber quién más aprendió el truco mirándolo. Y dile a la aduana que si el contenedor no sale mañana a primera hora, la próxima llamada la hago yo directamente al director del puerto, no a su secretaria.

—Se lo transmito tal cual, jefe.

Colgué sin despedirme, porque las despedidas eran un lujo que no gastaba con la gente del trabajo. Me quedé un momento con la vista fija en la pantalla, revisando entre mensajes pendientes y llamadas perdidas, con esa parte de mi cabeza que nunca terminaba de apagarse del todo, ni siquiera después de un día como aquel. Contesté dos correos, reenvié un tercero a mi contable con una sola línea —«revisa esto antes del viernes»— y me serví un trago de whisky que no llegué a tocar más que con los labios.

Fue entonces cuando escuché la música.

Venía del salón, suave, apenas un hilo de piano que reconocí de inmediato porque llevaba toda la tarde metido en los oídos de mi hija. Salí del despacho sin hacer ruido, con la corbata todavía colgando del cuello, y me asomé por el marco de la puerta.

Audrey estaba de pie en medio del salón, descalza sobre la alfombra, con una sábana blanca enredada varias veces alrededor de la cintura a modo de falda. Se había desatado el pelo del todo, y algunos mechones se le pegaban a la frente por el calor. Giraba despacio, con los brazos abiertos como dos alas torpes, tarareando algo que no tenía ninguna melodía real, solo la que había inventado en su cabeza a partir de lo que había visto está tarde.

No me vio al principio. Se paró frente al espejo grande que había junto a la ventana, se puso de puntillas con una inestabilidad absoluta, y repitió, en voz alta, algo que sonó exactamente igual a lo que le había escuchado decir a Elodie horas antes.

—Las manitas como si sostuvieras una flor —murmuró, extendiendo los dedos con una concentración exagerada—. No la aprietes, que se enfada.

Sentí algo apretarse en el pecho que no tenía nada que ver con contenedores retrasados ni con firmas falsificadas. Había pasado el día entero decidiendo la vida de hombres adultos con una sola frase, y ahí estaba, parado en la puerta de mi propio salón, sin saber qué hacer con las manos frente a una niña de cinco años jugando a ser bailarina con una sábana.

—Eso no es un tutú, princesa —dije al fin, apoyándome en el marco de la puerta.

Audrey se giró de golpe, con los ojos muy abiertos, sin ninguna vergüenza por haber sido descubierta.

—Es un tutú imaginario, papi.

—Ah. Perdona, no lo sabía.

—Elodie dice que hasta que llegue el de verdad, la imaginación también cuenta.

—Elodie parece saber mucho de reglas.

—Elodie sabe de todo —sentenció, con esa autoridad absoluta que solo tienen los niños al hablar de alguien que acaban de conocer esa misma tarde y ya han decidido que es la persona más sabia del mundo.




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