El mundo estalló en llamas y gritos.
Merrick apretó con fuerza la mano de su madre.
Los dos corrían hacia el norte, pero los demás habitantes de Alancathe también corrían por su vida. Las personas tropiezas, empujaban a ancianos, niños o adultos.
La mano libre de su madre se apoyaba en su hinchado vientre. Merrick observó cómo el rostro de su madre torció en horror cuando el cuerpo de un chico cayó a sus pies con un sonido grotesco de sus huesos y cráneo rompiéndose.
—No te separes de mí — su madre lo acercó a su cuerpo, como si quisiera fundirlo contra su contra piel.
Merrick observó con horror como figuras altas salían de las casas, con capas negras que parecían ser hechas con humo. Le prendían fuego a todo, y el aroma a quemado junto a la histeria llevó a los habitantes correr con más fuerza.
No sabe cómo pasó.
Tal vez un empujón y él se tropezó con sus pies, pero su mano soltó la de su madre para luego ser tragado por el caos.
Su cuerpo fue golpeado contra otros que corrían hacia la puerta del norte del pueblo. Unos gritaban por ayuda, otros imploraban a la Gran Diosa por misericordia y salvación, solo pocos se atrevían a exigir la ayuda de la Guardia Escarlata.
Merrick trata de encontrar a su madre, pero eran muchas personas corriendo y perdió de vista la figura de su madre.
Y de pronto, Alancathe empezó a temblar. La gente gritó con más miedo, otros aceleraban su huida, mientras las figuras oscuras no se inmutaron por el movimiento del piso, sino que seguían incendiando los edificios, dirigiéndose a la Torre de Weles.
Merrick corrió hacia el norte, gritando por su madre.
Hasta que todo se volvió negro.
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Cuando recuperó la consciencia el mundo olía a cenizas.
Su cabeza le latía y el sabor a sangre lo sentía en su lengua. Merrick con mucho esfuerzo abrió los ojos y el cielo azul brillaba sobre él, la sensación de estar cobijado lo abrumó un poco.
—Veo que ya despertaste — dijo una voz femenina.
Merrick enfocó un poco la visión para luego girar su cabeza hacia la derecha. La figura de una mujer estaba parada a su lado. Su cabello rubio estaba recogido en una larga trenza. Llevaba un vestido gris y un delantal, pero el brillo de una estrella dorada de cuatro puntas brillaba en su pecho.
Alguien de la Orden de la Estrella Dorada.
Merrick abrió la boca para decir algo, pero la voz le salió y en vez de eso, fue un tos ronca lo que escapó de su garganta.
La mujer, no, la Sylthies , se inclinó hacia él sacándola petaca de cuero que tenía atada a su cinturón. Colocó la boquilla contra los labios de Merrick.
—Bebe. Has estado inconsciente casi dos días — le dijo la Sylthie .
¿Dos días?
¿Dónde estaba mamá?
—¿Cómo te llamas? — preguntó ella mientras ayudaba a Merrick a sentarse.
—Merrick Ghent
La Sylthie asintió con la cabeza. Merrick miró a su alrededor, habían muchas personas recostadas en el piso, algunos con quemaduras, heridas en la cabeza. Unos inconscientes y otros sentado igualmente desorientados que él.
Más mujeres, Sylthies , de la Orden de la Estrella Dorada, caminaban entre los heridos. Curando heridas, brindando comida.
—¿Dónde estamos? — preguntó Merrick viendo fijamente el rastro de humo emerger a la distancia.
—Como a tres kilómetros de la Capital.
—¿Qué pasó con Alancathe?
—La capital ha caído — contestó la mujer con severidad — La han atacado.
Merrick miró sus manos y luego al cielo. Su mente fue directo a su madre.
—¡¿Han visto a mi mamá?! — preguntó Merrick, se sujetó a los brazos de la Sylthie frente a él. — ¡Es pelirroja y está embarazada!
—No la hemos visto — negó con la cabeza la mujer, luego con delicadeza lo sujetó por los hombros obligándolo a recostarse — Pero debes descansar.
Merrick se encontró otra vez acostado y la Sylthie se fue a atender a una mujer con el brazo roto.
Una vez que la perdió de vista, se levantó y caminó por el lugar. Heridos, asustados, todo un campo lleno de muchas personas. Mientras caminaba, Merrick se preguntaba quienes eran los que atacaron la capital. Donde estaba la familia real. Donde estaba mamá.
Su divagación lo llevó hasta un lugar apartado debajo de un gran árbol, el hedor fétido lo hizo taparse con la mano la nariz y boca. Habían muchos cuerpos tapados, no podía saber cuanto eran, pero eran muchos. La gente se agrupaba, llorando desconsoladamente frente a los cadáveres que empezaban a traer mosquitos y otros bichos.
Merrick estaba a punto de irse, pero un brillo llamó la atención de entre la multitud de cuerpos. Era un anillo de plata sencillo pero con una amatista.
El frío recorrió el cuerpo de Merrick.
Caminó con la piernas temblando hasta el cuerpo, no era plano, una curva se asomaba en la silueta del cuerpo tapado. Una mano femenina se escapaba del anonimato que guardaba esa manta sucia.
Con las manos temblando, Merrick sujeto los bordes de la manta y tomando valentía descubrió el cuerpo.
Un largo cabello pelirrojo, vacíos ojos castaños.
—¡Mamá! — gritó Merrick con el alma desgarrada. Sus manos fueron hacia los hombros de su madre y empezó a moverla —¡Mamá! ¡Mamá!
El corazón se le empezó a acelerar, su visión se nubló pero Merrick solo seguía llamando a su madre.
Y el mundo giró sobre él y la oscuridad lo envolvió.
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Cuando Merrick recuperó nuevamente la conciencia fue por el movimiento de una carreta.
El cielo del atardecer lo miró, Merrick se dio cuenta que estaba recostado en una carreta con más heridos. Estaba cubierto por una manta y sentía algo en la palma.
Con la visión nublada se dio cuenta que era el anillo de su madre.
"Dime algo muchacho" dijo una voz, era fría y oscura. No era su consciencia, no eran sus pensamientos "¿Quieres revivir a tu madre?"