La Bella. La Gallina. El Amor.

Capítulo 6.

Capítulo 6.

El taxista dejó a las pasajeras, pero no dejaba de asombrarse con la moda moderna y los caprichos femeninos. Menos mal que su mujer se conformaba solo con una gata. Al menos, aunque se meara en las zapatillas, iba sin manicura ni collar.

— Oh, el camino al infierno está listo — dijo Karina, señalando con la cabeza a las señoras de pelo canoso junto al portal —. Ya se han reunido para sacarnos el pellejo. Ahora mismo nos van a montar un purgatorio, viejas brujas.

— Eso ya lo veremos, quién se lo monta a quién — resopló Alim —. Sé educada, sonríe. La cortesía es el arma más poderosa.

— Pero ¿cómo se puede ser educada con ellas si nos llaman "prostitutas" a las espaldas sin cortarse un pelo? — se indignó Karina.

— ¡Tú cállate, hablaré yo!

— ¿Y no será mejor que no? — pidió Karina con un tono casi lastimero —. Fue después de tus líos con estas abuelas que nos colgaron el sambenito de prostitutas.

— Bueno, pues ha llegado el momento de rehabilitarse. No nos van a elevar al estatus de monjas, pero al menos dejarán de considerarnos prostitutas — dijo Alim, dando otro paso firme hacia adelante.

— ¿Y si no las tocamos y pasamos corriendo?

— ¡Pero qué dices! ¡Eso es de mala educación! ¿Dónde están tus modales? ¡Concéntrate y aprende de una profesional!

— Dios mío, ya tengo miedo — susurró Karina.

— ¡Mejor cállate! — refunfuñó Alim y dibujó en su rostro la sonrisa más dulce del mundo.

— ¡Buenas tardes, jovencitas! — dijo Alim en voz bastante alta.

— ¡Mira, ya llegó la otra!

— ¿A quién llamas jovencitas?

— ¿Pues a quién va a ser? ¿A los chicos? — preguntó Alim —. No sé si se han enterado, pero hoy en la farmacia de aquí al lado hay una oferta del treinta por ciento para pensionistas en todos los medicamentos. Y también dicen que pronto va a subir la factura de la comunidad.

— ¿Dónde está la oferta?

— ¿En qué farmacia?

— Aquí mismo, al lado. El letrero verde — indicó Alim.

— Ay, gracias, hija — le agradeció la mujer, que salió pitando con sus amigas hacia la farmacia como si tuvieran dieciséis años.

— ¿Has oído? ¡"Hija"! — sonrió Alim.

— ¡Increíble! — Karina no salía de su asombro.

​Las chicas entraron rápido al portal y se toparon con un vecino que, una vez más, estaba ebrio.

— ¡Eh, Petrovich, quieto ahí! — gritó Alim con fuerza —. ¿A dónde vas?

— Ay, no te metas con él — dijo Karina en voz baja.

— ¿Por qué no? Ahora mismo le quitamos la borrachera.

Alim levantó la cesta para que Ksiu quedara a la altura de los ojos del hombre, que apenas se mantenía en pie.

— ¡¿Bebiendo otra vez, desgraciado?! — preguntó Alim con voz amenazante y acercó la cesta con Ksiu a la cara del hombre. La gallina, al instante, le dio un picotazo en la nariz.

Petrovich abrió los ojos de par en par. ¡No todos los días se ve a una gallina con manicura y collar que, encima, habla!

— ¡Deja de beber, canalla, o te picotearé hasta el final! ¡Co! — soltó Alim, poniendo a Ksiu por delante.

Karina se asfixiaba de la risa, pero el espectáculo funcionó. El hombre recuperó la sobriedad en un segundo y salió corriendo hacia su casa.

— ¡Vaya tela! — exclamó Karina.

— ¡Aprende! — le guiñó un ojo Alim —. De ti saldría una bruja estupenda.

— ¿Y una hada?

— Ser un hada es aburrido. Alas transparentes, varita mágica, voz chillona... ¡En cambio, ser bruja! ¡Escoba, pociones... no es una vida, es un sueño!

— Está bien, me pensaré tu propuesta — reía Karina, sin sospechar ni por un asomo que estaba hablando con una bruja de verdad.




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