La Bella. La Gallina. El Amor.

Capítulo 47.

Capítulo 47.

— ¡Co-o-o! — gritó Ksiu, se zafó de los abrazos peluditos y corrió a toda prisa hacia el espejo, pasando de largo ante las chicas, que apenas podían contener la risa.
Ksiunia se plantó frente al espejo. Por supuesto, no vio ningún cuerno, pero el reflejo que encontró era mucho peor que tener cuernos. La corona apenas se sostenía en su sitio, tenía las plumas completamente alborotadas por todos lados, los ojos inyectados en sangre, las patas apenas le respondían y la garganta le ardía de la sed. Ksiu estaba tan concentrada examinándose en el espejo que no escuchó cómo Duque arrastraba hacia ella el plato con agua.
— Miau — se hizo notar Duque, y Ksiunia miró en su dirección.
— Co — graznó la gallina y de inmediato comenzó a beber. Ksiu se tomó rápidamente la mitad del plato y su cabeza empezó a despejarse un poco. Recordó el bar, los cócteles, la noche, cómo temblaba de frío y cómo algo cálido y suave había evitado que se congelara.
— ¿Co-o-o? — miró Ksiu al gato. ¡¿Pero qué "Duque" ni qué ocho cuartos?! ¡Era un Rey!
Ksiu volvió a mirarse en el espejo. Ojalá no lo hubiera hecho. Había que hacer un esfuerzo para encontrar a un adefesio semejante. Sentía ganas de cubrirse entera con las alas para que el gato no la viera en ese estado. ¡Qué vergüenza! Por fin le tocaba un pretendiente digno, y ella se presentaba con esas facha.
Duque, como si intuyera los pensamientos de Ksiu, comenzó a mimarla, a frotar su cabeza contra ella y a lamerla.
— Vaya un Casanova — cabeceó Karina hacia la parejita.
— No, yo creo que es un Romeo. Solo que Julieta salió un poco desgreñada — sonrió Alim —. Vamos a arreglarnos o se nos va a hacer tarde. Prepararé unos tostones rápido.
Karina se dirigió al baño, esquivando a Ksiu y a Duque.
A Alim le dio lástima su familiar. En los ojos de la gallina se leía una desesperación total. Por fin encontraba a alguien que la apoyaba, la abrigaba y la ayudaba, y ella estaba en su peor condición. ¿Acaso hacía daño un poco de magia aquí? ¡Para nada! Alim hizo un ademán con la mano, y ahora Ksiu veía en el espejo a una gallinita con las plumas perfectamente alineadas, una manicura impecable y un collar de perlas.
— Merci — dijo Ksiu y miró a Duque. ¡Qué galán! ¿En qué clase de tipos se había fijado antes? ¿Qué gallos? ¡Esos solo servían para andar cantando desde temprano y andar a los picotazos entre ellos! ¿Qué pavos reales? ¡Capaces únicamente de andar luciendo sus colas! ¿Qué pingüinos? ¡Si de emperadores solo tienen el nombre! En cambio Duque... ¡era un caballero con todas las letras! Toda la noche la abrigó, le dio agua, la vio en su peor estado y aun así la mimó y la apoyó... ¡Listo! ¡Ksiu había encontrado a su único y peludito amor!
— Vengan a comer — dijo Alim y le sirvió el alimento a Duque en su plato.
El gato se acercó al plato y comenzó a empujarlo hacia Ksiu. Todo un caballero...
— ¡Bueno, ahora Duque, después de pasar la noche juntos en la misma cesta, tiene la obligación de casarse con nuestra Ksiu! — soltó inesperadamente Karina al salir del baño.
— ¿Co? — Ksiu esperaba la reacción de Duque con el corazón en un hilo.
— ¡Miau! — respondió el gato con firmeza y continuó empujando su plato de comida hacia Ksiu.
— Bueno, aquí todo está más que claro — contestó Alim.
Las chicas desayunaban mientras observaban cómo Duque mimaba a Ksiu y ella picoteaba el alimento para gatos de su plato. ¡Vaya cosa! Se la pasaba de melindrosa con la comida, ¡¿y ahora resulta que come alimento de gato?!
— Duque se queda hoy a cargo de la casa, y Ksiu se mete en la cesta. Ya es hora — ordenó Alim y fue a su habitación. Cuando regresó a la cocina para acomodar por fin a su familiar, ya que no se le podía dejar a solas con el gato, Ksiu estaba sentada muy juiciosa en la cesta.
— Perfecto — respondió Alim. La bruja decidió que Duque debía explorar el nuevo, aunque temporal, territorio por su cuenta. La rubia rellenó el agua, le puso más comida y, junto con su amiga, se fue al trabajo.

— Ksiu, no comas más alimento de gato, o te vas a volver un avestruz. Ya pesas notablemente más — le dijo Alim a la gallina.
— ¡Co! — respondió una Ksiu feliz y continuó acicalándose las plumas.
Las chicas llegaron rápido al bar. Cuál sería la sorpresa de Alim cuando, al asentar la cesta, de debajo del ala de Ksiu asomó la carita peluda de Duque.
— ¡¿Cómo?! Y yo que sospechaba que saldrías con una gracia de las tuyas. ¡Ksiu, ¿para qué hiciste eso?! — le reclamó Alim a la gallina.
— ¿Y dónde lo iba a dejar? ¿Para que las gatas callejeras y sin pedigree le cayeran encima a mi Duque? ¡No, señor! Después de que me abrigó toda la noche, ¡tiene la obligación de casarse conmigo! — respondió categóricamente Ksiu, asegurándose de que nadie la escuchara.
— ¡Miau! — estuvo de acuerdo Duque.
— ¡Lo único que nos faltaba! — Alim se cubrió los ojos con la mano.




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