Capítulo 60.
La mañana para Alim volvió a ser inquietante. De nuevo aquel sueño sobre un dulce beso con Mateo y la decepción en sus ojos cuando ella se transformaba en una anciana bruja. Aquello la asustaba y la abrumaba enormemente.
Sin ánimos, la rubia se fue al trabajo, donde le esperaba otro contratiempo. El jefe de seguridad había decidido casarse y mudarse a la ciudad de su esposa. ¡¿Es que no podía haber encontrado a una chica en su propia ciudad?! ¡Con la cantidad de chicas guapas que había en el local! ¿Cómo iba a dejarlo ir? ¡Era tan eficiente! Pero ¿qué se le iba a hacer?
— Mila, la amo. Pienso en ella día y noche. Pero no me voy así como así, ya te encontré un reemplazo — dijo el hombre.
— Eso no lo hace más fácil — dijo Alim con pesar —. Lo sabes todo y todos te respetan. Pero me alegro por ti. La felicidad personal es más importante que el trabajo. Estás tomando la decisión correcta.
— Gracias por entenderlo. Hoy vendrá un hombre. Lo recomiendo para mi puesto. Es un exmilitar. Hace tiempo serví bajo su mando. Es una persona excelente. Es viudo y hace poco su hijo se mudó al extranjero con sus nietos. Vive solo. No bebe ni tiene vicios. Con una sola mirada puede calmar una pelea. En pocas palabras, un militar de pies a cabeza — explicó el hombre.
— De acuerdo, gracias. Lo estaré esperando — respondió Alim. La rubia conocía muy bien a su jefe de seguridad. Por supuesto que no era fácil dejar ir a un empleado tan valioso, pero ¿qué otra opción tenía?
A mitad de la tarde, un hombre de cabello canoso y apariencia agradable entró al establecimiento. Escaneó el perímetro e inmediatamente se acercó a Alim.
— Buenas tardes, soy Víctor Dmitrievich. Serguéi debió de haberle hablado de mí — dijo el hombre con voz firme.
— Saludos. Sí, Serguéi me dio muy buenas referencias suyas. ¿Trajo sus documentos? — preguntó Alim.
— Sí. Aquí está todo. Ya tengo experiencia como jefe de seguridad, aunque en un club nocturno — comentó el hombre.
— Disculpe, ¿y cuál fue el motivo de su renuncia en su anterior trabajo? — formuló la pregunta Alim.
— El club nocturno lo cerraron por un reporte mío, ya que ahí vendían sustancias ilícitas — respondió el hombre con total sinceridad.
— No se preocupe, aquí nadie vende nada de eso. Nos aseguramos de que todos los clientes que compran alcohol sean mayores de edad y verificamos los documentos de los clientes nuevos — le aseguró Alim respecto a la reputación del establecimiento.
— ¡Como debe ser! — coincidió el hombre.
Alim conversó unos veinte minutos con Víctor Dmitrievich, revisó sus documentos y acordaron un periodo de prueba de una semana para el puesto de jefe de seguridad. Hoy Víctor Dmitrievich simplemente se quedaría en el local como un cliente más para observar el funcionamiento.
A la hora del almuerzo, Rayita entró al bar como un auténtico huracán cargando una caja enorme que apenas podía sostener.
— Permítame ayudarla, lady — dijo Víctor Dmitrievich e intentó tomar la pesada carga de las manos de la mujer.
— ¡¿A dónde vas con tanta confianza?! ¡Eso es mío! — gritó Rayita. Ni se le pasó por la cabeza que él solo quería ayudarla.
— Una lady tan delicada no debería cargar cosas tan pesadas — argumentó el hombre.
— Hazte a un lado, porque esta lady, además de cosas pesadas, ¡también tiene la mano muy pesada! — amenazó Rayita y le arrebató la caja de las manos a Víctor Dmitrievich.
A pesar del gran peso, la mujer caminó con elegancia hasta la barra, donde se encontraba Alim.
— Querida, ¿dónde está nuestra seguridad? Un vagabundo casi me asalta cerca de la entrada — se quejó Rayita.
— Bueno, ese era nuestro nuevo jefe de seguridad — respondió Alim. Había presenciado todo el forcejeo de la mujer con Víctor Dmitrievich.
— ¡¿Cómo que nuevo?! ¿Y dónde está el anterior? — preguntó sorprendida Rayita.
— El amor tocó a la puerta de Serguéi. Por eso se muda a otra ciudad y nos recomendó a Víctor Dmitrievich — explicó Alim.
— ¡¿A este vagabundo que casi me quita las cosas de Ksiu?! — preguntó la mujer en voz tan alta que hasta el propio "vagabundo" la escuchó.
— ¡¿Co?! — se hizo oír la gallina.
— No es ningún vagabundo — la contradijo Alim al ver que Víctor Dmitrievich se dirigía hacia ellas.
— Rayita, le presento a nuestro nuevo empleado, Víctor Dmitrievich — dijo Alim y notó con qué tipo de mirada la mujer repasaba de arriba abajo al hombre.
— Es un placer conocerla, lady — dijo Víctor Dmitrievich e, inesperadamente, tomó la mano de la descolocada Rayita y la besó.
Había que ver cómo cambió el rostro de la mujer. De estar enfurecida y disgustada, pasó a lucir satisfecha y coqueta.
— Me desconcierta usted... — respondió la mujer —. Soy Rayita...
Desde ese preciso momento, Alim comprendió que Víctor Dmitrievich había pasado la prueba con la madre de Mateo con honores. Prueba de ello eran las mejillas sonrojadas de Rayita, quien de inmediato enderezó la espalda y comenzó a sonreír.
¡Lo que logra un hombre educado y caballeroso!