En la familia no se heredaban nombres.
Se heredaban juramentos.
Antes de aprender a leer, él ya sabía distinguir el hierro bendecido del acero común. Antes de entender la muerte, ya conocía el sonido de una estaca atravesando carne no viva. Y antes de saber quién era, ya sabía qué debía odiar.
Los vampiros.
Así comenzaba siempre la historia, contada alrededor del fuego, repetida como una oración que no admitía dudas. Criaturas nacidas de la blasfemia, ladrones de sangre y tiempo, sombras que imitaban la vida para burlarse de ella. No eran humanos. No podían serlo. Creer lo contrario era el primer paso hacia la perdición.
La Orden de los Cazadores no figuraba en libros ni monumentos. No necesitaba reconocimiento. Su existencia era un hilo subterráneo, invisible, pero tenso, que atravesaba siglos de guerras silenciosas. Y su familia —la suya— era uno de los nudos más antiguos de ese hilo.
Generación tras generación, los hombres y mujeres de su linaje habían entregado algo a la causa: juventud, cordura, hijos, alma. Cada casa tenía reliquias. Ellos tenían armas manchadas de nombres.
El suyo estaba grabado en la empuñadura de una espada que no había elegido portar.
Desde niño le dijeron que no todos los vampiros gritaban al morir. Algunos rogaban. Otros mentían. Algunos suplicaban en idiomas olvidados, prometiendo amor, redención, verdades prohibidas. Eso, le advirtieron, era lo más peligroso: la ilusión de humanidad.
—No escuches —decía su padre—. Si escuchás, dudás. Y si dudás, morís.
Durante años obedeció.
Vio cuerpos reducidos a cenizas al amanecer. Vio aldeas salvadas sin saberlo. Vio a su padre volver cubierto de heridas que nunca terminaban de cerrar. Y también lo vio perder algo más profundo que la sangre: la risa, la calma, la fe en cualquier cosa que no fuera la caza.
La noche en que todo cambió no hubo discursos ni ceremonias.
Su padre regresó al amanecer, apoyado contra la puerta como si el umbral mismo lo sostuviera. Tenía la mirada perdida y la respiración rota. No había marcas visibles, pero el daño estaba hecho. Cuando cayó de rodillas, el juramento se rompió en silencio.
—Te toca a vos —dijo, sin mirarlo—. La sangre eligió.
No hubo lágrimas. En esa casa, llorar era una debilidad que los vampiros sabían oler.
El entierro fue rápido, discreto. Como todos los de su linaje. Nadie habló del miedo que ahora dormía en la habitación contigua, afilando armas que todavía no sabía usar del todo. Nadie preguntó si estaba preparado. La pregunta no tenía sentido.
El linaje no preguntaba. Exigía.
Esa noche descendió solo al sótano donde descansaban las reliquias familiares. Antorchas antiguas iluminaban símbolos grabados en piedra: nombres de cazadores caídos, fechas borradas por el tiempo, advertencias escritas con sangre seca.
Tomó la espada.
Pesaba más de lo que recordaba. No por el metal, sino por las historias que cargaba. Cada muesca era una muerte. Cada inscripción, una victoria amarga.
—No falles —susurraban las paredes—. No sientas. No dudes.
Al salir, el amanecer comenzaba a teñir el cielo. Un nuevo día para el mundo. Para él, solo otra noche que aprender a sobrevivir.
Lo que nadie le había dicho —lo que ningún juramento incluía— era que el enemigo no siempre atacaba desde la oscuridad.
A veces, el verdadero peligro tenía rostro, voz…
y una mirada que aún recordaba cómo era ser humano.
Y cuando ese día llegara, la sangre no le pediría que eligiera entre el bien y el mal.
Le exigiría decidir qué estaba dispuesto a perder.
#1434 en Fantasía
#721 en Personajes sobrenaturales
vampiros amor historia corazonesrotos, cazafortuna pasion deseo herencia
Editado: 03.02.2026