La Bella Y El Cazador

Capítulo 1 — La primera noche

La noche no lo recibió con hostilidad.
Eso fue lo primero que le molestó.
No hubo viento, ni presagios, ni el aullido dramático que los viejos relatos prometían. Solo una quietud espesa, como si el mundo estuviera conteniendo la respiración. Él avanzó por el sendero de tierra con la espada envuelta en tela oscura, el peso familiar golpeándole la cadera a cada paso.
Era su primera cacería en solitario.
No por falta de entrenamiento.
Por falta de testigos.
La aldea dormía a unos kilómetros, ajena a la sombra que se movía entre los árboles. Los informes hablaban de animales desangrados, de un mendigo encontrado sin pulso al amanecer, de una presencia que observaba desde los techos. Nada concluyente. Nunca lo era.
Los vampiros más viejos eran cuidadosos.
Los nuevos, desesperados.
Se detuvo al borde del claro y cerró los ojos un instante. Respiró como le habían enseñado: lento, profundo, anulando el temblor que insistía en nacerle en los dedos. No era miedo. Era algo peor.
Expectativa.
—No escuches —recordó la voz de su padre—. No pienses en quién fue. Pensá en lo que es.
Abrió los ojos.
El símbolo grabado en el suelo estaba mal hecho, trazado con descuido. Un círculo incompleto, runas deformadas. Un error de principiante. Eso confirmaba su sospecha: un vampiro joven. Recién convertido. Inestable.
La presa perfecta para un heredero que debía probarse.
Avanzó sin ruido, siguiendo el rastro invisible que solo los cazadores aprendían a percibir. No era un olor, ni una huella. Era una presión en el aire, una distorsión mínima, como una nota fuera de tono en una melodía conocida.
Lo vio antes de que el vampiro lo notara.
Estaba agachado junto a un ciervo muerto, las manos manchadas de sangre oscura, el rostro aún humano iluminado por la luna. Parecía un muchacho. Demasiado joven. Demasiado torpe.
Durante un segundo —solo uno— dudó.
Ese segundo bastó.
El vampiro alzó la cabeza, los ojos encendidos como brasas recién despertadas. El instinto lo hizo saltar hacia atrás cuando la criatura se movió con una velocidad antinatural, chocando contra él y lanzándolo contra un tronco.
El impacto le robó el aire.
Rodó por el suelo, desenvainando la espada en un movimiento aprendido hasta el cansancio. El metal brilló, frío, definitivo. El vampiro siseó, retrocediendo, con los colmillos expuestos y la confusión pintada en el rostro.
—No… —balbuceó—. No quería…
La frase murió en un gruñido.
Él no respondió.
Atacó con precisión, obligándolo a retroceder, cortándole las rutas de escape. Cada movimiento estaba calculado, cada estocada diseñada para cansar, para acorralar. El vampiro era fuerte, pero inexperto. Un error. Luego otro.
Cuando finalmente cayó de rodillas, jadeando, la luna ya se ocultaba tras las nubes.
La espada quedó suspendida en el aire.
El vampiro lo miró, no con odio, sino con algo que lo incomodó profundamente.
Miedo.
—Yo… yo recuerdo quién era —dijo, con la voz rota—. No elegí esto.
El juramento ardió en su pecho como una herida abierta.
No escuches.
No dudes.
Cerró los ojos y terminó la cacería.
Cuando todo acabó, el silencio volvió a adueñarse del claro. El cuerpo se deshizo lentamente, reducido a cenizas que el viento comenzó a dispersar entre las raíces de los árboles.
Él permaneció inmóvil, la espada aún en la mano.
Había cumplido.
Debería haberse sentido distinto.
Al limpiar el arma, notó algo que no encajaba. El símbolo del suelo… no era una invocación completa. Alguien había interrumpido el ritual. Alguien más poderoso. Más antiguo.
No estaba solo en ese bosque.
Un escalofrío le recorrió la espalda, como si una mirada invisible se posara sobre él desde la oscuridad. Al alzar la cabeza, creyó ver una silueta entre los árboles. Alta. Inmóvil. Observando.
Cuando dio un paso en esa dirección, ya no había nada.
Solo la certeza inquietante de que alguien había presenciado su primera muerte.
Y que esa noche, sin saberlo, había cruzado el umbral que separa al cazador del hombre.




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