La Bella Y El Cazador

Capítulo 2 — El peso de la Orden

El aire del amanecer olía a cenizas y a hierro.
El claro estaba vacío, salvo por el recuerdo de lo que había ocurrido la noche anterior. Él lo recordaba todo: el rostro joven, los ojos aterrados, el siseo de la criatura… cada detalle grabado como una cicatriz invisible.
No hubo tiempo para arrepentimientos. Nunca los había habido. La Orden esperaba.
Llegó al templo subterráneo, escondido bajo la colina donde su familia había entrenado generaciones de cazadores. Las antorchas iluminaban pasillos de piedra fría y símbolos que parecía imposible ignorar: cada uno un recordatorio de quiénes habían caído, de lo que significaba pertenecer.
Al cruzar el umbral, el silencio fue reemplazado por un murmullo ceremonial. Los miembros de la Orden lo esperaban, todos en sus túnicas oscuras, con el rostro cubierto salvo los ojos. Él bajó la espada, cansado, pero la rigidez de su postura no desapareció.
—Has completado tu primera misión en solitario —dijo uno de los mayores, la voz resonando entre las paredes—. Lo has hecho bien.
El elogio fue breve, cortante. No hubo sonrisas ni palmaditas en el hombro. Solo un asentimiento pesado que arrastraba siglos de tradición.
—La sangre de tu familia… y la tuya —continuó otro, más joven pero con una autoridad que parecía nacida de otra era—, fluye con propósito. Hoy, probaste que estás listo para asumirlo plenamente.
No se sentía listo.
Sentía algo más, un vacío que se arrastraba entre los músculos tensos y los dedos rígidos de la espada.
—Recuerda —dijo el primero, inclinando la cabeza—, un cazador no tiene amigos entre los que cazan. Ni compasión. Ni dudas. Cada vacilación pone en peligro a todos.
Cada palabra era un golpe.
No era un consejo. Era una orden.
Un molde para endurecerlo, para convertirlo en algo más que humano, algo que pudiera ejecutar y sobrevivir sin titubear.
Él bajó la cabeza, reconociendo el peso. Lo aceptaba. Siempre lo había hecho. Pero había algo distinto en su pecho que no podía ignorar: la memoria del rostro de la criatura. Sus ojos suplicantes. Su voz temblorosa.
—Ese error —dijo el más viejo, como si leyera sus pensamientos—, no puede repetirse. La misericordia mata más que los vampiros. No olvides esto.
Él tragó saliva, el nudo de culpabilidad apretándole la garganta.
No podía olvidar.
No quería olvidar. Pero tampoco podía mostrar debilidad.
—¿Entendido? —preguntó la voz grave que parecía provenir de todas partes a la vez.
—Entendido —respondió él, con un hilo de voz firme, casi mecánica.
Se inclinó y salió del templo subterráneo, la espada envuelta de nuevo.
Afuera, el sol comenzaba a filtrarse entre los árboles, pero no traía calor. Solo recordaba que había elegido un camino sin retorno.
Mientras caminaba hacia la aldea, algo dentro de él se endurecía. No era odio. No exactamente. Era un compromiso silencioso con la Orden, con la herencia, con la sangre. Cada paso lo alejaba de la compasión y lo acercaba a la certeza: el cazador debía ser implacable, aunque el mundo llorara por ello.
Y sin saberlo, esa noche alguien más lo estaba observando.
Alguien que notaba cada movimiento, cada respiración, cada sombra que proyectaba.
Alguien que no pertenecía a su mundo… y cuyo simple interés amenazaría todo lo que él creía seguro.




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