La aldea estaba silenciosa cuando él regresó.
El olor de la sangre seca y la madera quemada todavía lo acompañaba, mezclándose con la bruma que subía de los campos. La luz del atardecer teñía todo de rojo y oro, como si la naturaleza misma recordara la violencia de la noche anterior.
No podía quitarse de la cabeza los ojos del vampiro caído.
Pero había algo más… algo que lo irritaba y lo atraía a la vez: la certeza de que no todos los enemigos eran iguales. No todos merecían el mismo destino.
Mientras caminaba por la calle principal, escuchó un susurro en la penumbra, seguido de un movimiento casi imperceptible.
Se detuvo, la espada bajo la capa, ojos atentos a cualquier señal de amenaza.
Y entonces la vio.
Una figura entre las sombras, apenas iluminada por la luz de una farola.
Alta, elegante, y con una calma que no pertenecía a aquel lugar. La brisa movió su cabello oscuro, y él tuvo la impresión de que incluso la luz evitaba tocarla completamente.
Sus ojos…
Fue lo primero que notó. Dos gemas que brillaban con un fuego inexplicable. No eran miedo, ni ira. Eran… algo que no podía nombrar. Curiosidad, desafío, y algo que dolía suavemente en su pecho.
Él la observó unos segundos, congelado, sin poder apartar la mirada.
No sabía por qué su corazón latía más rápido. No podía entender cómo podía sentir atracción por alguien que apenas había visto. Y aun así… algo en esos ojos lo llamaba.
Ella lo miraba también, pero no con odio ni temor.
Era como si evaluara cada movimiento suyo, y al mismo tiempo le revelara secretos que él aún no estaba listo para descifrar. Un hilo invisible parecía unirlos, tirando de él con fuerza silenciosa.
—¿Quién eres? —susurró, más para sí mismo que para ella.
Ella sonrió apenas, un gesto pequeño pero suficiente para desarmarlo.
—Eso… no es tan importante —dijo con voz suave, casi musical—. Por ahora, solo recuerda esta noche.
Un escalofrío recorrió su espalda.
No había amenaza, no había ataque, solo… presencia. Algo imposible de clasificar.
Él sintió la necesidad de acercarse, de hablar, de conocerla, pero algo en su instinto le gritaba que no debía hacerlo. Que mirar demasiado tiempo podía ser peligroso. Que cualquier paso en falso podía costarle la vida.
Aun así, no se movió. No apartó la mirada.
El atardecer se oscureció, y la silueta desapareció entre las sombras de los callejones. Solo quedó el recuerdo de esos ojos, grabados en su mente como un tatuaje invisible, punzante y dulce al mismo tiempo.
Mientras se alejaba, la bruma se cerraba tras él.
Y dentro de su pecho, una chispa desconocida ardía silenciosa, prometiéndole que su vida ya no sería la misma.
No sabía quién era.
No sabía qué era.
Pero sabía que debía volver a verla.
Y sin saberlo, eso sería el principio de todo.
#1698 en Fantasía
#840 en Personajes sobrenaturales
vampiros amor historia corazonesrotos, cazafortuna pasion deseo herencia
Editado: 28.02.2026