La Bella Y El Cazador

Capítulo 4 — Sombras y susurros

La aldea estaba envuelta en niebla cuando él regresó al claro donde había visto por primera vez la silueta. No esperaba encontrarla. No sabía qué esperaba. Solo había algo en esos ojos que le quemaba la memoria y lo empujaba a no ignorarlos.
Su instinto de cazador le decía que no se acercara. Que no confiara. Que ella podía ser un vampiro disfrazado de humana. Que el simple hecho de verla de nuevo podía ser una trampa.
Y aun así, avanzó.
Cada callejón, cada sombra, cada ventana cerrada parecía susurrarle algo. El mundo había cambiado desde aquella noche. Sus sentidos estaban alertas de manera extraña, como si ella hubiera dejado una marca invisible sobre él.
La vio finalmente, más cerca esta vez, apoyada contra la pared de piedra de una antigua casa abandonada. La luz de la luna iluminaba su rostro, haciendo que los ojos brillaran con un fuego hipnótico. Él contuvo la respiración. Su corazón golpeaba fuerte, una mezcla de miedo, fascinación y deseo que no entendía.
—No debés estar aquí —dijo, con la voz firme pero temblorosa.
Ella lo miró, y por primera vez pareció divertida, sin miedo ni amenaza.
—Tal vez —susurró, inclinando apenas la cabeza—. Pero vos sí estás.
Algo en la manera en que dijo eso lo obligó a acercarse un paso más. La distancia entre ellos se acortaba, y él notó el aroma sutil que la rodeaba. Dulce, terroso… humano, pero imposible de ignorar.
Cuando dio otro paso, tropezó con un escombro del suelo y cayó contra ella sin querer.
El contacto fue breve pero eléctrico. Su cuerpo se topó con el suyo, y los ojos de ambos se encontraron a solo centímetros. Él sintió cómo su pulso se disparaba, cómo cada músculo se tensaba, y cómo el mundo parecía reducirse a la mirada que lo quemaba.
—Cuidado —murmuró ella, pero su voz no tenía reproche, solo suavidad, casi un juego.
Él retrocedió, tratando de recuperar la compostura, pero sus manos todavía temblaban. Nunca le había pasado algo así. Nunca un enemigo, o siquiera un objetivo, lo había hecho sentir tan vulnerable.
—¿Quién sos? —preguntó, más para sí mismo que para ella—. ¿Qué hacés acá?
Ella lo observó con calma, con una sonrisa ligera que le erizaba la piel.
—Tal vez todavía no quieras saberlo —dijo, y un escalofrío recorrió su columna vertebral—. Pero volveremos a encontrarnos.
Antes de que pudiera replicar, se deslizó entre las sombras y desapareció, dejando solo un recuerdo imborrable de su perfume, su calor y sus ojos.
Él quedó inmóvil, con la espada en la mano y el corazón latiendo fuera de control. Por primera vez en su vida de cazador, la duda y la curiosidad estaban mezcladas con deseo, y no sabía cómo separarlas.
Y algo dentro de él, algo que nunca había sentido, le susurró que su mundo estaba a punto de romperse.




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