El sol apenas comenzaba a filtrarse por las copas de los árboles cuando él regresó a la aldea. La espada estaba limpia, envuelta como siempre, pero su mente estaba llena de imágenes que no podía ignorar: los ojos de ella, su sonrisa apenas perceptible, el roce accidental que todavía le quemaba la piel.
No era solo curiosidad. No era solo deseo. Era algo prohibido, y cada fibra de su cuerpo se rebelaba contra ello.
Él era un cazador. Su deber era eliminar lo que acechaba en las sombras, no perseguirlo. No sentirse atraído por ello.
Pero los hilos de la obsesión ya se habían enredado en él.
La investigación comienza
Se acercó a la taberna, un lugar donde la información se filtraba como humo entre las conversaciones de borrachos y comerciantes. Preguntó por la chica, describiendo solo detalles mínimos: cabello oscuro, ojos brillantes en la sombra, presencia inquietante. Nadie parecía saber nada, o al menos nadie quería admitirlo.
—¿Vos la viste también? —le preguntó un hombre, recostado contra la barra, con voz cargada de secretos—. No hablés mucho de ella. La gente desaparece si se mete con ciertas… influencias.
Él frunció el ceño, comprendiendo que la aldea ya tenía miedo de ella, aunque nadie la hubiera visto claramente.
El murmullo crecía: una mujer que aparecía y desaparecía, siempre cerca de los incidentes extraños, siempre observando desde las sombras.
No había evidencia de que fuera peligrosa.
Y aun así, todo en él gritaba que no podía confiar en ella.
Conflicto interno
Mientras caminaba por los callejones en busca de más pistas, su mente no dejaba de repetirlo:
¿Qué me pasa?
¿Por qué siento algo distinto hacia alguien que podría ser un enemigo?
Cada enseñanza de la Orden, cada palabra de su padre, cada ritual que lo había preparado para no sentir compasión, le decía que debía odiarla, desconfiar, eliminar cualquier interés.
Pero no podía.
No quería.
Se sorprendió recordando su risa, tan breve, tan ligera, que había iluminado la penumbra de la calle esa noche. La forma en que lo había evaluado sin miedo, como si lo conociera de alguna vida pasada.
Su corazón le dolía con cada pensamiento, y un escalofrío le recorrió la espalda al darse cuenta de que su deber y su fascinación se habían vuelto enemigos dentro de sí mismo.
Un encuentro accidental
Mientras daba vueltas cerca del viejo cementerio, una sombra se movió entre los árboles. Instintivamente levantó la espada, preparado para atacar.
—¿Quién está ahí? —gruñó, voz firme pero temblorosa.
—Tranquilo —dijo la voz suave, conocida y peligrosa a la vez.
Y ahí estaba ella, más cerca que antes. Tan cerca que él podía oler su perfume, dulce y terroso, y sentir el calor que parecía irradiar a pesar del aire frío de la noche.
Él bajó la espada apenas un centímetro, incapaz de decidir si debía atacar o simplemente contemplarla.
Ella sonrió, esa misma sonrisa que lo había desarmado desde la primera mirada.
—¿Buscás algo? —preguntó, como si leyera sus pensamientos—. Porque yo… no me escondo tanto como parece.
El contacto fue mínimo, pero eléctrico: la punta de sus dedos rozó accidentalmente la mano de él mientras le entregaba un pequeño objeto que, según dijo, “podría ser útil”.
Él sintió un tirón en el pecho, mezclando alerta y deseo, y retrocedió apenas, recordando las enseñanzas de la Orden.
—No debo… —susurró, más para sí mismo que para ella—. Esto… esto está mal.
—Quizás —respondió ella, con un brillo en los ojos que lo desconcertó—. Pero a veces, lo que está mal es lo que más necesitamos.
Y antes de que pudiera replicar, desapareció entre las sombras, dejando a él con más preguntas que respuestas… y con la certeza de que su vida como cazador nunca volvería a ser igual.
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Editado: 28.02.2026