La espada reposaba sobre la mesa, limpia, inmóvil.
Él la observaba como si fuera un objeto ajeno, algo que ya no reconocía del todo. Durante años había sido una extensión de su brazo, de su voluntad. Ahora, por primera vez, le parecía demasiado pesada.
No por el metal.
Por lo que exigía.
La noche anterior volvía una y otra vez a su mente. No el combate, no la sangre. Los ojos de ella. La calma con la que lo había enfrentado, como si supiera exactamente quién era… y aun así no le temiera.
Eso no encajaba con nada de lo que la Orden le había enseñado.
Los vampiros debían odiar a los cazadores.
Debían huir o atacar.
Debían mentir siempre.
Ella no había hecho ninguna de esas cosas.
Cerró los ojos y recordó las palabras de los ancianos, repetidas hasta el cansancio:
No piensan. No sienten. Imitan.
La humanidad es una máscara.
Pero entonces… ¿por qué esa máscara lo había mirado como si lo viera de verdad?
Salió de la casa antes del anochecer, incapaz de quedarse quieto. Caminó hasta el pequeño archivo de la Orden, un lugar que conocía de memoria. Estanterías de madera vieja, pergaminos, registros de cacerías exitosas. Historias escritas por vencedores.
Empezó a leer sin saber exactamente qué buscaba.
Casos antiguos.
Anotaciones marginales.
Informes incompletos.
Y entonces lo notó.
Demasiadas veces aparecía la misma frase, escrita con distintas manos a lo largo de los siglos:
“La criatura mostró recuerdos de su vida humana.”
“Suplicó.”
“Dudé.”
Siempre terminaba igual:
Ejecutado.
Nunca había reparado en eso antes.
La duda siempre estaba presente… pero jamás se la nombraba como algo válido. Solo como una falla que debía corregirse con sangre.
Sintió un nudo en el estómago.
—¿Y si no es una falla? —murmuró, en voz baja, como si las paredes pudieran oírlo.
La idea era peligrosa.
Pensarla ya era una traición.
Esa noche salió a patrullar sin avisar a la Orden. No era una misión oficial. Se dijo que solo quería despejar la mente. Mentía.
La buscaba.
No la encontró, pero encontró algo peor: su ausencia le dolía.
Cada sombra parecía incompleta. Cada esquina, vacía. Se descubrió esperando verla aparecer, esperando esa mirada que lo desarmaba sin tocarlo. Y el simple hecho de desearlo lo llenó de culpa.
—Esto está mal —se dijo, deteniéndose en medio de la calle—. Esto no soy yo.
Pero… ¿quién era ahora?
El cazador que ejecutaba sin pensar.
O el hombre que empezaba a preguntarse a quién estaba matando realmente.
Por primera vez desde que empuñó un arma, sintió miedo.
No al enemigo.
Sino a sí mismo.
Porque si la Orden estaba equivocada…
si había mentido, omitido, simplificado el horror para hacerlo soportable…
Entonces su vida entera estaba construida sobre una verdad incompleta.
Y ella —esa mujer de ojos imposibles— no era la causa de la grieta.
Era la prueba.
#1698 en Fantasía
#840 en Personajes sobrenaturales
vampiros amor historia corazonesrotos, cazafortuna pasion deseo herencia
Editado: 28.02.2026