La Bella Y El Cazador

Capítulo 7 — El nombre en la lista

La Orden no pedía.
Convocaba.
El mensaje lo esperaba al amanecer, sellado con cera negra y el símbolo que no admitía demora. Cuando lo abrió, supo —antes de leer— que no le gustaría lo que encontraría.
Un solo nombre.
Un solo territorio.
—Avistamientos recurrentes —leyó en voz alta—. Zona este. Comportamiento atípico. Observación prolongada de humanos. Nocturna.
Sintió un frío inmediato en el pecho.
No decía vampira.
Pero no hacía falta.
El área marcada era demasiado cercana. Demasiado familiar. Las calles donde había sentido esa presencia. El callejón. La casa abandonada. El cementerio viejo.
Ella.
—No —murmuró, cerrando el pergamino con demasiada fuerza.
La Orden no sabía quién era ella. Pero sabía que algo estaba fuera de lugar. Y cuando algo no encajaba, la respuesta siempre era la misma.
Eliminarlo.
Esa noche salió armado, como exigía el protocolo. La espada colgaba de su costado, el símbolo de su linaje visible bajo la capa. Cada paso pesaba más que el anterior. No porque temiera al combate… sino porque lo entendía demasiado bien.
Si la encuentro…
¿Qué se supone que haga?
El pensamiento no debía existir.
Y sin embargo, lo guiaba.
La encontró donde menos lo esperaba: en el borde del bosque, junto a un arroyo silencioso. La luna se reflejaba en el agua, y ella estaba allí, inmóvil, como si lo hubiera estado esperando.
—Llegaste —dijo sin volverse.
Eso lo desarmó.
—No deberías estar acá —respondió él, pero su voz no tenía la firmeza de antes.
Ella giró lentamente. Sus ojos lo atraparon de inmediato, oscuros, profundos, cargados de algo que ya no podía negar. No había burla en su expresión. Tampoco miedo.
—La Orden te envió —afirmó, con suavidad.
Él apretó los dientes.
—No sabés de qué hablás.
Ella dio un paso hacia él. Solo uno.
El aire entre ambos cambió.
—Claro que sé —susurró—. Los conozco desde antes de que vos nacieras.
Eso fue demasiado.
—Callate —ordenó, llevando instintivamente la mano a la empuñadura de la espada.
Ella se detuvo. No retrocedió.
Lo miró… y algo en su expresión se quebró apenas.
—Si vas a hacerlo —dijo—, hacelo ahora.
El mundo pareció contener la respiración.
Él no se movió.
La hoja seguía en la vaina. Su mano temblaba, traicionándolo. No podía apartar la mirada de ella. Estaba demasiado cerca. Podía sentir su calor. Su presencia. Esa calma peligrosa que lo hacía olvidar quién debía ser.
—Decime que no sos lo que creo —murmuró.
Ella alzó la mano lentamente, con cuidado, como si temiera que cualquier gesto brusco lo rompiera. Sus dedos rozaron su muñeca. Apenas un contacto. Suficiente.
El impacto fue inmediato.
No fue deseo solamente.
Fue reconocimiento.
Él cerró los ojos por un segundo, luchando contra todo lo que le habían enseñado. Contra la Orden. Contra la sangre. Contra el juramento.
Cuando los abrió, estaba más cerca de ella de lo que había planeado.
Demasiado cerca.
—Esto… esto no debería estar pasando —susurró, con la voz rota.
—Nunca pasa cuando debería —respondió ella.
Por un instante —solo uno— pensó en inclinarse. En olvidar la espada. En olvidar la Orden. En cruzar esa línea invisible que ya estaba marcada en su pecho.
Pero el símbolo en su mano ardió, recordándole quién era.
Se apartó bruscamente.
—Tengo una orden —dijo, sin mirarla—. Y no sé cuánto tiempo más voy a poder desobedecerla.
Ella no respondió de inmediato. Cuando habló, su voz fue apenas un hilo.
—Entonces vas a tener que decidir qué te define más…
la sangre que heredaste
o lo que sentís cuando me mirás.
Él no tuvo respuesta.
Cuando volvió a alzar la vista, ella ya no estaba.
Solo quedaba el murmullo del arroyo…
y la certeza devastadora de que la próxima vez, no habría excusas.




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