La Orden esperaba resultados, no explicaciones.
Él permanecía de pie en el centro de la sala subterránea, con las manos relajadas a los costados y el rostro cuidadosamente neutro. Las antorchas proyectaban sombras largas sobre las paredes de piedra, deformando los símbolos antiguos hasta volverlos irreconocibles.
Como la verdad.
—¿Informe? —preguntó uno de los ancianos, sin preámbulos.
Sintió el peso de todas las miradas sobre él. Cazadores que habían crecido con historias de su linaje. Que esperaban firmeza. Obediencia. Sangre.
Inspiró hondo.
—No encontré rastro concluyente —dijo—. El área estaba limpia. Posible error en los informes previos.
La frase flotó en el aire.
Fue su primera mentira consciente.
No una omisión.
No una evasiva.
Una mentira construida para protegerla.
El silencio que siguió fue denso, incómodo.
—¿Nada? —replicó otra voz—. ¿En una zona con avistamientos confirmados?
—Nada —repitió, sin titubear.
Por dentro, algo se tensó peligrosamente.
No culpa.
No miedo.
Decisión.
El más anciano se levantó lentamente, apoyándose en su bastón ritual. Sus ojos, viejos y afilados, se clavaron en él con una intensidad que lo hizo sentir desnudo.
—Tu familia jamás falló en una cacería asignada —dijo—. Jamás.
Él sostuvo la mirada.
—Tal vez esta vez… no había nada que cazar.
La frase fue un error.
Lo supo apenas salió de su boca.
Un murmullo recorrió la sala, bajo, venenoso. No eran acusaciones todavía. Eran sospechas, mucho más peligrosas.
—O tal vez —intervino otro cazador— alguien no quiso ver.
El aire se volvió más frío.
Esa noche, al salir del templo, sintió algo distinto. No era persecución abierta, pero sí una presencia constante. Pasos que se detenían cuando él se detenía. Miradas que se apartaban demasiado rápido.
La Orden no lo acusaba.
La Orden observaba.
Y eso era peor.
Caminó sin rumbo fijo hasta que la encontró otra vez, como si el mundo conspirara para ponerla frente a él. Estaba bajo el alero de una casa abandonada, protegida de la lluvia fina que comenzaba a caer.
—Mentiste —dijo ella, antes de que él hablara.
Él se tensó.
—¿Cómo…?
—Se nota —respondió—. No en tus palabras. En tus ojos.
Eso lo atravesó.
—No tenía alternativa —murmuró—. Si decía la verdad…
—Estaría muerta —completó ella, sin dramatismo.
Él asintió. La lluvia marcaba un ritmo lento entre ambos, como un reloj que contaba el tiempo que les quedaba.
—No debí hacerlo —agregó—. Cada mentira me acerca a algo que no puedo deshacer.
Ella dio un paso hacia él. No lo tocó. No hizo falta.
—Ya lo hiciste —dijo suavemente—. Elegiste.
—No —respondió él, con dureza—. Todavía no.
Ella lo miró largo rato. Por primera vez, no había juego en su expresión. Solo una tristeza antigua.
—La Orden no va a creer tu silencio para siempre —advirtió—. Y cuando te pidan que pruebes tu lealtad… lo harán conmigo.
El pensamiento le heló la sangre.
—Entonces no les daré esa oportunidad —dijo, sin pensarlo del todo.
Ella alzó una ceja.
—¿Eso es una promesa?
Él no respondió. Porque sabía que lo era.
Cuando se separaron, la noche ya no se sentía igual. No era solo oscuridad. Era un terreno minado, donde cada paso podía detonar una verdad que ninguno estaba listo para enfrentar.
Y mientras él se alejaba, una certeza se asentó en su pecho:
No había vuelto a mentir por miedo.
Había mentido por ella.
Y la Orden… ya lo sabía.
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Editado: 28.02.2026