La calma no era habitual en la vida de un cazador.
Pero esa noche, por primera vez en semanas, Darian sintió que la presión disminuía. Rowan había presentado su informe. La Orden no lo había llamado. No hubo interrogatorios, ni miradas prolongadas en los pasillos de piedra.
Todo parecía… estable.
Y sin embargo, la inquietud seguía ahí.
No era culpa.
Era anticipación.
El sector este estaba casi vacío cuando la vio.
De pie bajo una farola antigua, como si la luz hubiera sido encendida solo para delinearla. Su figura era esbelta, elegante sin esfuerzo. El cabello oscuro caía en ondas suaves sobre sus hombros, capturando destellos dorados bajo la iluminación tenue.
Pero lo que lo desarmó otra vez fueron sus ojos.
Profundos. Oscuros, sí, pero no vacíos. Había en ellos una intensidad serena, una inteligencia antigua que no gritaba poder… lo sostenía en silencio.
No era solo hermosa.
Era imposible de ignorar.
—Pensé que no vendrías —dijo ella.
Su voz tenía una cadencia baja, envolvente, como si cada palabra estuviera elegida con precisión.
Darian descendió desde el tejado con la cautela de siempre, aunque su interior estaba lejos de la calma.
—No debería estar aquí.
Ella inclinó apenas la cabeza.
—Pero estás.
No retrocedió cuando él se acercó. Tampoco invadió su espacio. La distancia entre ambos era mínima, pero cargada de electricidad contenida.
—Necesito saber tu nombre —dijo Darian finalmente.
Ella lo observó largo rato, evaluándolo.
Como si medir su sinceridad fuera más importante que proteger su identidad.
—Seraphine.
El nombre flotó entre ellos.
Darian lo repitió en su mente antes de atreverse a pronunciarlo.
—Seraphine…
En sus labios sonó distinto. Más real.
Ella sonrió apenas. No con burla. Con algo más suave.
—Ahora estamos en igualdad.
Darian dudó solo un segundo.
—Darian.
Seraphine repitió su nombre, despacio, como si probara su textura.
Algo en su pecho se tensó.
Nadie lo decía así.
La confesión
El viento se movió entre los edificios. La ciudad respiraba alrededor, ajena.
Seraphine dio un paso más cerca.
No amenazante.
Honesto.
—Sabés lo que soy —dijo.
No era una pregunta.
Darian sostuvo su mirada.
—Lo sospecho.
—Decilo.
El silencio se volvió denso.
—Vampira.
Ella no reaccionó con dramatismo. No mostró colmillos ni oscuridad teatral.
Solo asintió.
—Sí. Lo soy.
Y aun sabiendo eso, Darian no pudo apartar la mirada.
Su belleza no era frágil.
Era precisa.
La curva delicada de su cuello bajo la luz. La serenidad con la que sostenía su naturaleza. La manera en que cada gesto parecía medido, elegante, casi atemporal.
Pero lo que realmente lo había atrapado no era su apariencia.
Era la contradicción.
No sentía en ella la violencia ciega que le habían enseñado a detectar. No percibía hambre descontrolada ni crueldad latente.
Percibía conciencia.
—Debería matarte —dijo Darian en voz baja.
Seraphine no retrocedió.
—Pero no querés.
No fue arrogancia.
Fue certeza.
Darian apretó los puños.
—No entiendo por qué.
Ella sostuvo su mirada con una honestidad que lo atravesó.
—Porque no soy lo que te dijeron que soy.
El mundo de Darian estaba construido sobre absolutos.
Vampiro.
Cazador.
Amenaza.
Ejecución.
Y sin embargo, frente a él, estaba Seraphine.
Hermosa. Serena. Peligrosa… pero no de la forma que esperaba.
—Si la Orden descubre esto —murmuró él— no solo vendrán por vos.
—Vendrán por vos también.
Sus palabras no tenían miedo.
Tenían comprensión.
Darian dio un paso más cerca. Esta vez no se detuvo a mitad del impulso.
El espacio entre ellos se redujo a apenas centímetros. Podía sentir el leve frío que emanaba de su piel. No era desagradable. Era distinto. Como el borde del invierno antes de la nieve.
Por un instante, el mundo quedó suspendido.
No había Orden.
No había misiones.
Solo la respiración contenida de dos enemigos naturales que, en lugar de atacarse, estaban eligiendo quedarse.
—Seraphine… —murmuró él.
Y en esa sola palabra había algo más peligroso que cualquier arma.
Sentimiento.
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Editado: 28.02.2026