Las puertas se abrieron con un sonido grave.
Pesadas.
Antiguas.
El eco del metal resonó en el enorme salón de piedra mientras los soldados de La Orden arrastraban a Seraphine hacia el interior.
Sus manos estaban atadas.
Su vestido estaba manchado de tierra y sangre.
Pero caminaba erguida.
Con la cabeza en alto.
El salón era inmenso.
Columnas negras se elevaban hacia un techo tan alto que desaparecía en la penumbra. Antiguas antorchas iluminaban la sala con una luz naranja temblorosa.
Y al fondo…
Tres tronos.
En ellos estaban sentados los Altos Custodios de la Orden.
Los verdaderos líderes.
Los arquitectos de todo lo que estaba ocurriendo.
Uno de los soldados empujó a Seraphine hacia adelante.
—Objetivo capturado —dijo con voz firme.
El Custodio del centro observó a la joven en silencio.
Sus ojos eran fríos.
Analíticos.
Como si no estuviera mirando a una persona… sino a un experimento.
—Acérquenla.
Los soldados obedecieron.
Seraphine se detuvo a pocos metros de los tronos.
El silencio era pesado.
Uno de los Custodios se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Interesante.
Otro habló desde el trono izquierdo.
—Los informes eran correctos.
El tercero añadió:
—Incluso más de lo esperado.
Seraphine los miró sin miedo.
—Si piensan que voy a ayudarles…
El Custodio del centro levantó una mano.
—No hables aún.
Un hombre vestido con túnicas oscuras se acercó desde las sombras con varios pergaminos en la mano.
—Resultados preliminares confirmados —dijo—. Su sangre presenta una estabilidad que nunca habíamos observado.
Uno de los Custodios sonrió levemente.
—Lo sabíamos.
El del centro volvió a hablar.
—Durante años hemos intentado crear algo nuevo.
Algo superior.
Algo que combine las virtudes de ambas especies.
Sus ojos se clavaron en Seraphine.
—Pero nuestros resultados… han sido inestables.
Criaturas imperfectas.
Monstruos.
El Custodio del lado derecho la observó con evidente interés.
—Y entonces apareces tú.
Seraphine apretó los puños.
—No soy parte de su proyecto.
El del centro sonrió apenas.
—Al contrario.
—Eres la evolución que estábamos buscando.
El hombre de las túnicas abrió otro pergamino.
—Su estructura sanguínea se regenera sola.
—Su control es perfecto.
—No presenta deterioro físico ni mental.
Los Custodios intercambiaron miradas.
Uno de ellos habló con un tono casi solemne.
—Eres mejor que cualquier cosa que hayamos creado.
Silencio.
El Custodio del centro se inclinó hacia adelante.
—Por eso queremos ofrecerte algo.
Seraphine frunció el ceño.
—¿Ofrecerme?
—Dirigir el proyecto.
El salón quedó en silencio absoluto.
—Serás la cabecilla de la nueva era —continuó el Custodio—.
—Guiarás el nacimiento de una nueva especie.
—Y La Orden te dará todo lo necesario para lograrlo.
Seraphine lo miró.
Primero sorprendida.
Luego con desprecio.
—¿Quieren que cree monstruos para ustedes?
El Custodio no reaccionó.
—Queremos que construyas el futuro.
Seraphine negó lentamente.
—No.
Los Custodios guardaron silencio.
—Nunca.
Su voz resonó firme en la sala.
—Jamás ayudaré a convertir el mundo en un laboratorio para sus aberraciones.
Un segundo de silencio.
Dos.
Tres.
El Custodio del centro suspiró.
—Una pena.
El del lado derecho habló con frialdad.
—Entonces no tenemos más uso para ella.
Seraphine no apartó la mirada.
—Nunca lo tuvieron.
El Custodio levantó una mano con un gesto mínimo.
—Ejecutor.
Una figura salió de las sombras.
Alta.
Vestida completamente de negro.
En sus manos llevaba una espada larga.
El acero brilló bajo la luz de las antorchas.
El ejecutor se detuvo detrás de Seraphine.
Los soldados la obligaron a arrodillarse.
Pero incluso así…
Ella no inclinó la cabeza.
El Custodio del centro pronunció la sentencia con absoluta calma.
—Decapítenla.
El ejecutor levantó la espada lentamente.
El acero reflejó la luz.
Seraphine cerró los ojos.
En su mente apareció una sola imagen.
Darian.
La espada comenzó a descender.
Y en ese mismo instante…
Las enormes puertas del salón temblaron.
Un golpe.
Un estruendo que sacudió toda la sala.
Todos giraron la cabeza.
Las puertas volvieron a temblar.
Más fuerte.
Como si algo…
O alguien…
Estuviera intentando entrar.
El ejecutor dudó.
La espada quedó suspendida en el aire.
Los Custodios se levantaron de sus tronos.
Y el tercer golpe sacudió las puertas con tanta fuerza que una grieta apareció en el metal.
Seraphine abrió los ojos lentamente.
El salón quedó en silencio.
Esperando.
Porque algo…
Acababa de llegar.
Y nadie sabía qué era.
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Editado: 14.03.2026