La temporada ya se aproximaba, todos comenzaban a regresar a Londres después de huir del terrible clima en invierno que tanto caracteriza a Londres para ir a tierras sureñas más cálidas, ahora que el verano regresaba y con ello la calidez, las familias nobles londinenses regresaban nuevamente a su ciudad natal para llevar a cabo una nueva temporada. El verano siempre traía consigo el mismo espectáculo: carruajes rodando por las avenidas principales de la ciudad, cofres siendo descargados frente a las mansiones familiares y vestidos de muselina de colores claros colgando en los balcones para ventilarse antes de los primeros bailes. La Temporada había comenzado. Para cualquiera que no perteneciera a la alta sociedad, el término podía sonar trivial, casi festivo. Pero para las familias nobles y acaudaladas, “la Temporada” era un ritual tan antiguo como conveniente: tres meses en los que las jóvenes debutantes eran presentadas por primera vez al escrutinio de la sociedad, las madres desplegaban estrategias casi militares y los salones de baile se convertían en campos de batalla delicadamente perfumados.
Ese verano, más de una docena de nuevas jóvenes entrarían al mercado matrimonial, un concepto tan elegante como despiadado. Las primeras cartas de invitación habían sido enviadas, los bailes programados y las tertulias organizadas. Todo estaba listo. Y, aun así, Barbara Compton jamás se había sentido tan poco lista en toda su vida. A sus veintidós años, ingresaba a su quinta Temporada. Quinta. Una cifra que la hacía sentir más antigua de lo que era y que, sin embargo, todas las madres parecían recordar con demasiada facilidad cada vez que la saludaban. Cuatro Temporadas sin un compromiso. Cuatro en las que había desfilado con gracia, bailado con maestría, conversado con decoro y rechazado con todavía más delicadeza cada oferta que no despertaba en ella más emoción que una taza de té tibio. Pero este verano era distinto, esta quinta temporada era diferente. Este verano llevaba un peso nuevo sobre los hombros, uno que no había pedido, pero que ya le había caído encima como un carruaje desbocado.
Davina, su hermana menor, con dieciocho años y en el esplendor de su primera Temporada, ya había conseguido lo que Barbara no en cuatro años consecutivos: un pretendiente decidido, entregado y para desgracia de Barbara completamente enamorado. Sirius no solo estaba dispuesto a casarse con Davina; estaba listo para cruzar mares, desiertos y temporadas enteras si era necesario. Y con ese fervor tan poco común, la presión sobre Barbara se había vuelto casi insoportable. Ahora tenía diecinueve años, deseaba casarse con el amor de su vida, pero había dos grandes impedimentos para poder alcanzar finalmente su felicidad: sus dos hermanas mayores debían de casarse antes que ella, lo cual ponía un gran peso en sus hombros en este nueva temporada. No porque Barbara deseara un matrimonio desesperadamente. No. Ella aún soñaba con algo parecido al amor, o al menos con un compañero cuya presencia no le resultara tediosa, lo mínimo que esperaba era tener respeto muto, no ser vista como alguien para dar a luz a sus herederos y ya. Pero ahora no podía permitirse el lujo de rechazar pretendientes como antes.
No cuando su padre ya había dejado claro que Davina no podía casarse antes que sus hermanas mayores. Y por culpa de ese detalle ancestral, social y absurdamente tradicional, Barbara sentía que el verano que acababa de comenzar sería el más largo de su vida. Mientras se ajustaba los guantes frente al espejo, observó su propio reflejo con una mezcla de determinación y resignación. No permitiría que la desesperación dictara su destino. Pero tampoco dejaría que Davina la mirara con esos ojitos llorosos durante otra discusión sobre matrimonios imposibles, esperas eternas y hermanas que no se casaban “ni a los treinta”. Le había prometido a su pequeña hermana que daría su mayor esfuerzo en esta temporada, pero sabía perfectamente que, para poder alcanzar su felicidad, Barbara debía de ser la primera en casarse, no importaba que Catherine en este temporada tuviera un prometido, si Barbara no encontraba con quien casarse, de nada serviría, por eso tenía un mayor peso en sus hombros comparado a Catherine quien se encontraba disfrutando de la temporada sabiendo que toda la responsabilidad caía sobre ella.
La temporada había iniciado trayendo consigo nuevas flores que presentaron ante toda la sociedad, había nuevos rostros más bellos que nunca, eso era la que pasaba una mayor desventaja para ella, quien el rostro de Barbara ya se había vuelto tan simplón comparado a las nuevas bellezas que eran presentadas, nuevas flores que pretender, jóvenes e inocentes, listas para casarse con el primer hombre que les ofrezca un buen compromiso. Los hombres se cansaban de ver siempre los mismos rostro de las mujeres ya presentadas en la sociedad que les parecía aburrido comparado a nuevos rostros hermosos que aún no los rechazaban y podía engañar con sus mentiras. Por eso Barbara odiaba esas temporadas, sabía que mientras más el tiempo pasaba menos oportunidad tenía, ya que los nobles siempre prefieren esposas mucho más jóvenes cada vez más, y tener veintidós años ya era considerado una solterona, por lo que menor atención le ponían, menores ofertas llegaban que fueran atractivas, solo te quedaban las sobras sino querías quedar como una completa solterona.
Para Barbara nunca fue una verdadera preocupación casarse, su padre se negaba a casarlas tan joven, eso lo supo cuando fue su primera temporada y las ofertas de matrimonio llegaban a inundar la casa por mares, pero su padre siempre los rechazo, diciendo que su hija aun no estaba en edad en casarse, aunque para toda la sociedad es una edad razonable. Solo cuando cumplió los veinte años, en su tercera temporada, realmente comenzó a pensar en las ofertas de matrimonio que cada vez llegaban menos, pero su padre siempre respeto su opinión mencionando que no la casaría con un hombre que ella no aceptará. Así que no podía culpar a su padre de su soltería, la única culpable era ella misma por ser tan quisquillosa, pero ahora ya no tenía ese lujo. Debía de escoger esa temporada si o si un marido para que Davina pudiera casarse, mientras más tiempo ella se tardará en conseguir matrimonio, las ofertas se desvanecerían y tendría menos que las sobras.