La Belleza de una Margarita

Capitulo 2

La Temporada había comenzado con la misma energía vibrante que siempre inundaba Londres en verano, pero para Barbara Compton aquello no representaba novedad alguna. A diferencia de las debutantes recién llegadas, que no podían contener la emoción ante los bailes, los vestidos y las conversaciones interminables, ella ya había vivido todo aquello cuatro veces. Y ahora vivía la quinta… con menos ilusión que nunca. Su rutina, desde el inicio de la Temporada, se había convertido en un círculo repetitivo del cual parecía imposible escapar. Cada mañana, antes siquiera de abrir los ojos, Margery la despertaba con extrema suavidad, seguida de otras dos doncellas que llegaban como un pequeño ejército disciplinado. Entre las tres la guiaban hacia la bañera, en un proceso tan mecánico que Barbara ya ni siquiera necesitaba pensar en los pasos. Agua templada, fragancias florales, un masaje de aceites que prometía relajarla, aunque ya nada lograba relajarla y después… el desfile interminable.

Vestidos. Tantos vestidos que había perdido la cuenta. Vestidos de día, de visitas, de paseo, de té, de conversación, de jardín, de atardecer, de baile… A veces sentía que su vida se había reducido a ser un maniquí sobre el cual Londres colgaba telas costosas. Luego venía el peinado que siempre llevaba más tiempo del que consideraba razonable y el maquillaje ligero que debía darle una apariencia fresca, suave… ilusionada. Ilusionada. Qué palabra tan ridícula para describir lo que realmente sentía. Una vez terminada la preparación, llegaba la parte más agotadora del día: los pretendientes. Sus nuevos pretendientes. Aquellos que, desde que Davina había anunciado su compromiso con el duque de Hamilton y su parentesco lejano con la realeza, habían surgido como hongos en primavera. Londres entero parecía haber decidido que Barbara era, de repente, un excelente partido.

Y ella debía recibirlos con amabilidad. Los atendía en la sala de té, sentada recta, con las manos cuidadosamente posadas sobre el regazo, la sonrisa practicada, y el corazón completamente indiferente. Escuchaba historias que no le interesaban. Elogiaba virtudes que no lograba recordar al día siguiente. Apretaba los labios para no bostezar cuando alguno de ellos hablaba durante veinte minutos sobre sus nuevas inversiones o la temperatura del agua en el lago de su propiedad. Llegaba a tocar a su puerta uno tras otro, rostro diferentes, personalidades similares.

Lo peor era la sonrisa. La misma sonrisa falsa. La misma sonrisa cansada. La misma sonrisa que debía mantener incluso cuando el pretendiente número cinco de la semana le explicaba su teoría sobre la “compatibilidad matrimonial basada en periódicos en común”. Al final del día, siempre regresaba a su habitación con los pies adoloridos, la espalda rígida y la cabeza punzando por sostener conversaciones que no la llevaban a ninguna parte. Y, aun así, sabía que al día siguiente la esperaba exactamente lo mismo: El mismo proceso, los mismos vestidos, las mismas flores, la misma conversación aburrida que debía fingir escuchar con interés, la misma vida que no había elegido.

A veces se preguntaba cómo era posible que tantas jóvenes soñaran con aquello. Pero entonces recordaba a Davina. Recordaba su llanto dramático, su urgencia por casarse, su felicidad explosiva cuando hablaba de Sirius. Recordaba cómo su hermanita había encontrado su final feliz… y cómo dependía de ella y de Catherine para conseguirlo. Por eso seguía adelante. Por eso sonreía. Por eso soportaba el asedio matrimonial de Londres entero. Porque si Barbara tenía un talento, era ese: soportar más de lo que cualquier otra persona sería capaz de tolerar, pero toda paciencia tenía su límite y Barbara comenzaba a sobrepasar ese límite.

—Hermana sabes que debes de elegir a uno de ellos —le recordó Catherine—. No puedes solo escucharlo y después despacharlos, debes de tomarlo con seriedad, uno de ellos será tu futuro esposo, el futuro marques de este hogar…

—Lo sé—murmuro cansada—. Solo que…no podemos sacrificar nuestra felicidad solo por la felicidad de Davina, ¿no crees que nosotras también merecemos ser amadas?

—Lo que Davina encontró fue un milagro, esa no es la realidad para la mayoría de nosotras —replico seria—. Ya deberías de saberlo, para el resto, solo nos toca encontrar un buen marido respetable, el amor siempre viene de sobra.

Barba asintió cansada ante las palabras de su hermana sabiendo que era más que una realidad para muchas de ellas.

—¿Cómo te fue tu cita con Mr. Howells? —preguntó curiosa—. Se que esa cita te la concordó Sirius con su mejor amigo…

—Fatal —dijo aburrida—. Tenemos la misma personalidad, dudo que tengamos paz si nos llegamos a casar —miro curiosa a su hermana—. Tal vez el teniente sea tu tipo, ¿Por qué no intentas…?

—Para nada —descarto completamente, desviando la mirada avergonzada recordando como lo había abofeteado.

—Ya perdonaste incluso a lord Hamilton —replico Catherine—. ¿Por qué aun no perdonas a Mr. Howells?

—Jamás podríamos estar juntos —descarto—. Y él nunca accedería a estar conmigo… no después de lo que paso entre ambos…

—Seguramente el teniente ya lo olvido, no se nota que sea una persona rencorosa —la animo—. Deberías intentar conocerlo.

—Entonces ¿Por qué tu no quisiste?

—Somos dos almas libres —respondió sincera—. Es muy divertido, pero dudo que por nuestras personalidades realmente podamos ser marido y mujer.

La rutina volvió a comenzar antes de que el sol despuntara. Ni siquiera necesitó que Margery la tocara suavemente del hombro; sus ojos ya estaban abiertos, acostumbrados a ese mismo minuto en que cada día debía despertar. Ya sabía la hora. Su cuerpo reaccionaba de manera mecánica, como si una cuerda invisible lo pusiera en marcha sin necesidad de voluntad. Margery entró con la misma sonrisa disciplinada de siempre y retiró las sábanas, ayudándola a incorporarse. Barbara no protestó; ya no recordaba cómo se hacía. Se dejó llevar al baño, donde el agua tibia corría sobre su piel mientras Margery la enjabonaba, la secaba y la perfumaba mientras charlaba con la misma conversación trivial que siempre, ya comenzaba a acostumbrarse a todo ello. Todo ocurría con una precisión casi ritual, igual que el día anterior, igual que todos los días desde que la temporada había comenzado, era como si su vida hubiera dejado de ser de ella misma.



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En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 11.01.2026

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