El murmullo del puerto se elevaba como un coro irregular de voces, cuerdas tensándose y gaviotas que graznaban sobre los mástiles. El aire olía a sal y carbón húmedo, mezcla tan propia de la costa que casi parecía un perfume familiar después de meses en alta mar. Desde la pasarela del HMS Seafalcon, Liam Howells descendió con el porte recto y seguro que solo los años en la Royal Navy podían esculpir en un hombre. Vestía su uniforme azul oscuro, impecable a pesar del viaje, y su gorra blanca reflejaba la luz grisácea de la mañana. El mar todavía parecía adherirse a él, como si se negara a soltar a uno de sus hijos más fieles. El barco detrás de él reposaba orgulloso, con su casco híbrido de vela y vapor, un sloop de guerra entrenado para misiones ágiles y de precisión. El Seafalcon era bien conocido en la estación del Atlántico: rápido, obediente y sorprendentemente resistente a las tormentas que a menudo castigaban las costas occidentales.
Liam dio el primer paso firme sobre la madera del muelle y, por un instante, cerró los ojos. Había pasado ocho meses navegando sin descanso; sentir nuevamente tierra estable bajo sus pies tenía algo de íntimo, casi sentimental. Un par de marineros lo saludaron al pasar; él respondió con un leve movimiento de cabeza, como dictaba la costumbre. No era hombre de ostentaciones, pero su presencia imponía silencio. El apellido Howells llevaba generaciones inscrito en los registros de la Marina Real y, a sus veinticuatro años, Liam ya llevaba ese legado sobre los hombros con más disciplina que orgullo. Históricamente, un teniente de la Royal Navy ocupaba un puesto crucial a bordo. Si bien estaba por debajo del comandante y del capitán, el teniente era el corazón operativo del barco: dirigía las maniobras, controlaba la disciplina, supervisaba la artillería y era responsable de que cada guardia se cumpliera con precisión naval. En barcos como el Seafalcon, no era extraño que el teniente asumiera temporalmente el mando en ausencia del capitán, y Liam ya había demostrado ser más que capaz.
Su ascenso tan temprano había sorprendido a más de uno. Con solo veintidós años se convirtió en teniente, dos años antes que muchos de sus contemporáneos. Pero el mérito no fue casual. Durante su servicio como Sub-Lieutenant, Liam lideró la evacuación de un pequeño navío mercante portugués atrapado en un naufragio frente a Madeira, una operación nocturna en plena tormenta que habría desmoronado la entereza de un oficial menos preparado. Fue él quien ordenó cambiar el rumbo del Valiant cuando los arrecifes amenazaban con destrozar ambos barcos. Sus acciones le valieron una Mención Honorífica por Sangre Fría y Mando en Situaciones Críticas. Más tarde, ya como teniente, asumió el control del Seafalcon durante tres semanas cuando el capitán enfermó súbitamente. Bajo su mando, la tripulación completó maniobras de patrulla y un rescate costero sin una sola baja. Aquello le aseguró la confianza de sus superiores… y la silenciosa envidia de quienes esperaban verlo fallar.
Mientras avanzaba por el muelle, cargando únicamente una pequeña valija de cuero, Liam percibió el rumor familiar de las olas golpeando las piedras. Estaba en casa, aunque fuese solo por unas cuantas semanas de permiso. La ciudad se extendía frente a él, con sus chimeneas, sus balcones herrumbrosos y el aroma de pan fresco que comenzaba a colarse desde los negocios matutinos. El ruido del puerto se desvaneció lentamente, reemplazado por una sensación extraña, casi anticipatoria. Habían pasado meses desde la última vez que pisó tierra firme. Y, aunque no lo admitiera en voz alta, algo en su interior intuía que este retorno sería distinto a los otros.
Liam se detuvo unos pasos más adelante, permitiéndose observar lo que ocurría a su alrededor. El muelle era un pequeño retrato de alegrías íntimas: marineros que corrían hacia los brazos de sus esposas, mujeres que soltaban lágrimas contenidas durante meses, niños que saltaban emocionados al ver a sus padres regresar por fin de las aguas inciertas del Atlántico. Risas, sollozos y abrazos se mezclaban como una música que envolvía el aire salino del puerto. Él permaneció en silencio, las manos detrás de la espalda, contemplando la escena con esa serenidad distante que había aprendido a perfeccionar. No era nostalgia o al menos, eso se repetía a sí mismo. Desde niño había asumido que nadie lo recibiría en los muelles; ni a los doce años, cuando regresó de su primer entrenamiento a bordo; ni ahora, convertido ya en oficial. Sus padres no lo habían esperado entonces, y ciertamente no lo harían ahora. Estaba bien. Era natural. Los Howells nunca habían sido un hogar cálido; solo un legado férreo. Aun así, no pudo evitar sentir un pequeño pinchazo de envidia. No celos, sino una extraña punzada de… anhelo. Algo que no tenía nombre. Un fuerte golpe en el hombro lo sacó abruptamente de sus pensamientos.
—¡Howells! —rugió una voz grave y firme detrás de él.
Liam se giró de inmediato, y su expresión se suavizó al reconocer al hombre de barba bien recortada y mirada severa que se le acercaba con el paso seguro de alguien acostumbrado a que los demás le abrieran camino.
—Capitán Edmund Carroway, señor —saludó Liam con un leve asentimiento respetuoso.
Edmund Carroway, cuarenta y seis años, veterano de innumerables campañas, era reconocido por su disciplina férrea y su lealtad absoluta a la Corona. Viudo desde hacía una década, se había entregado por completo a la Marina Real… del mismo modo que el padre de Liam lo había hecho en su juventud. Y, de hecho, Carroway había sido precisamente eso: aprendiz del Comandante Arthur Howells, su mentor, su ejemplo y, en muchos sentidos, su figura paterna en el mar. Quizás por ello era también quien más exigía de Liam.