La sala del vestíbulo se encontraba en sumo silencio tratando de procesar los hechos, Liam aun seguía sin creer que Barbara hubiera sido capaz de escaparse de su propio hogar, ella era conocida por ser la mas sensata y razonable de sus hermanas, esperaba esa acción de Catherine o de hasta la misma Davina, pero viniendo de Barbara, si que le parecía algo difícil de creer. Sobre todo, cuando sabía la reacción que tuvo cuando Davina estaba dispuesta a tirar la reputación de la familia por ver a Sirius, él incluso recibió una bofetada de su parte por haber hostigado a su hermana a realizar dicha acción. No entendía porque ahora había hecho algo que ponía en riesgo toda la reputación de su familia.
—¿Cómo… cómo pudo irse? —preguntó finalmente, su voz más baja de lo que pretendía—. Barbara no conoce casi nada fuera de Londres. Y aquí, en Gales… solo estuvo el verano pasado. No sabría a dónde ir.
Miró la carta en manos de Davina. Ese pedazo de papel parecía contener todas las respuestas… y, al mismo tiempo, ninguna. Davina respiró hondo, agotada, como si el llanto la hubiera vaciado por dentro.
—No lo sabemos, Liam… —murmuró con la voz rota—. La carta tampoco lo explica según Catherine, solo dice que… necesitaba espacio. Que no quería preocuparnos. Que… que volvería cuando antes de que se acabará la temporada.
Pero las palabras parecían dolerle incluso al repetirlas. Penny, aún junto a lady Sherlyn, bajó la mirada. La mujer mayor estaba casi desvanecida, apoyada en el brazo de Whitmore. Davina se pasó la mano por la cara, limpiando lágrimas que seguían cayendo sin permiso.
—Lo siento… creo que… debo descansar —balbuceó. Su agotamiento era evidente—. Mi tía también está muy afectada. Y… dentro de unos días llegará mi padre con mi hermana. Necesito… necesito serenarme antes de eso.
Sirius se acercó despacio. Tenía el ceño fruncido, pero sus movimientos eran cuidadosos, como si temiera que Davina se rompiera con un simple toque. Posó la mano en su cabello, acariciándolo con suavidad.
—Todo estará bien —le dijo en voz baja, tan baja que parecía dirigida solo a ella—. Barbara es inteligente. Muy inteligente. Y fuerte. Te prometo que… que la encontraremos.
Davina intentó sonreír, pero solo logró un gesto tembloroso. Sirius la rodeó con los brazos en un abrazo breve, cálido, protector.
—Ve a descansar. Más tarde pasaré a verte, ¿sí?
—Sí… —susurró ella, sollozando apenas—. Sí, está bien.
Sirius la soltó con delicadeza, y Davina se volvió hacia Liam. A pesar de los ojos hinchados y el temblor en su voz, se esforzó por sonreírle.
—Me alegra… verte de vuelta, Liam.
—Davina —respondió él con suavidad—. Yo también me alegro de verte. Y… tu boda, ¿cómo…?
Sirius giró la cabeza de golpe y le lanzó a Liam una mirada que claramente decía: ¡no ahora! Incluso levantó una mano en un gesto desesperado de silencio. Pero era demasiado tarde. El rostro de Davina se contrajo, como si las palabras hubieran removido un dolor demasiado profundo.
—Mi boda… —repitió con un hilo de voz.
Sudor frío le recorrió las sienes. Sirius apretó los labios. Davina comenzó a llorar otra vez, esta vez con un dejo de angustia más agudo.
—¿Cómo… cómo voy a casarme con Sirius si… si nunca encontramos a Barbara? —sollozó, llevándose las manos al rostro—. ¡No puedo! ¡No puedo casarme si ella no se casa! ¡Si nunca la encontramos nunca me podré casar…!
—Davina, por favor… —intentó Sirius, acercándose de nuevo—. No pienses en eso ahora.
Pero ella ya había perdido la poca estabilidad que quedaba. Lady Sherlyn, aún tambaleante, quiso abrazar a su sobrina, pero apenas podía mantenerse en pie. Penny intervino rápido para sostener a ambas.
—Vámonos, mi lady —dijo la joven, en un tono suave pero firme—. Por favor… deje que la llevemos a descansar.
Davina, lloriqueando, dio un último vistazo al vestíbulo. Su mirada se posó una vez más en Liam, pero no dijo nada más. Luego, junto con su tía que respiraba de forma superficial salió del salón apoyada en Penny, marchándose las tres juntas. Sus sollozos resonaron en el pasillo hasta perderse en la distancia. Solo cuando observaron que las tres damas estaban fuera del castillo, se permitieron ambos poder suspirar cansados, Sirius casi se desploma por el agotamiento, Liam rápidamente se puso a lado para que se apoyará en su hombro, este le agradeció con una sonrisa.
—Lamento que tengas que llegar en estas circunstancias —se disculpó—. Pero la noticia nos ha llegado de improvisto, cuando Davina llego se encontraba llorando con esa carta en la mano y su tía Sherlyn colapsada, tuvimos que esperar una hora a que se calmarán para que pudieran contarnos la situación.
—Así que no te vas a casar —murmuro por debajo—. Yo quería emborracharme…
—Seguro que ya encontrarás otras oportunidades —dijo Sirius sonriente—. ¿Por qué no bebemos algo en mi estudio? Así puedo ponerte al corriente de todo lo que ha sucedido.
El estudio era exactamente como lo recordaba: un refugio de orden, calidez y severidad. Las paredes estaban revestidas de estanterías de roble que casi alcanzaban el techo, rebosantes de libros encuadernados en cuero, volúmenes de historia, tratados de botánica y la colección entera de atlas del difunto Lord Compton. Una gran ventana arqueada dejaba entrar la luz mortecina del final de la tarde, proyectando un resplandor dorado sobre la alfombra persa que cubría la mayor parte del suelo. Un escritorio imponente ocupaba el centro de la estancia, tallado con figuras de halcones y constelaciones. Sobre él reposaban un sextante antiguo, un tintero abierto y un par de cartas sin terminar. En la pared del fondo, una pintura de la constelación de Canis Major un homenaje al nombre de Sirius vigilaba la habitación con su brillo estelar. Sirius señaló uno de los sillones cercanos a la chimenea, donde ardía un fuego bajo que crepitaba suavemente.