La primera pista llegó cubierta de tierra, doblada en cuatro, guardando en sus fibras el silencio de un camino largo. Era una hoja rota de un viejo almanaque, escrita con la letra firme y pulcra de Margery. El papel había sido encontrado en la parte baja de un carruaje que había pasado por Exeter tres días antes—un carruaje que, según el cochero, llevaba “a dos damas que no querían dar sus nombres, sólo preguntar por el camino a Chagford”. El viaje había sido más arduo de lo que Barbara imaginó al salir de Londres bajo la lluvia de la madrugada. Para evitar ser reconocidas, Margery las condujo primero por caminos secundarios, bordes de bosques y carreteras casi vacías, contratando carruajes modestos en pequeñas postas donde nadie las conocía. El trayecto tomó más de dos días, cambiando de carruaje dos veces, siempre siguiendo la ruta hacia el oeste, su subsistir se había cubierto gracias que a Barbara había vendido sus joyas justo el día de su cumpleaños.
En cuanto habían empacado sus maletas decididas a marcharse de Londres temporalmente, solo empacaron lo más esencial para cubrir sus necesidades básicas, claro que lo primero que tuvieron que coger fueran las múltiples joyas de Barbara para poder financiar su pequeño viaje a escondidas, donde Margery tuvo que ir entrar a escondidas a una casa de empeño para conseguir su subsistir y así financiar sus viajes. Ese día era su cumpleaños, cumplía veintitrés años, un año más de soltera, un año más donde la vida comenzaba a apresurarla por casarse sino deseaba ser una solterona, pero solo por esos instantes podría ponerle pausa y disfrutar por primera vez de su vida. Claro que tenía miedo, por un momento pensó en detenerse, no lo pensó cuando hizo sus maletas, tampoco cuando estaba huyendo de su casa, lo hizo cuando observó atrás y recordó las palabras de su mamá que le dijo antes de fallecer: debes de cuidar bien a tu papá y a tus hermanitas, deberás de ser más valiente. Recordar aquellas palabras casi hacen que se acobarde, no las suplicas de Margery rogándole que recapacitara, que aun estaban a tiempo de volver y que nadie se daría cuenta, pero no podía dar marcha atrás a lo que sentía.
Sabía que tenía que hacerlo o jamás podría vivir consigo, armándose de valor se marcho aquella noche junto con Margery que la seguía fielmente, sin duda, era su mejor amiga. Al amanecer marcharon hacia una casa de empeños donde vendió todas sus joyas para conseguir el dinero, una vez que tuvieron el dinero en sus manos se encargaron de esconderlo bien, eran unas simples plebeyas, o al menos así se disfrazaban, si las encontraban con ese montón de dinero rápidamente las acusarían de robo y terminarían en una peor situación. Ambas se disfrazaron de pueblerinas, Margery propuso que lo mejor era alquilar un carruaje que las llevará hasta su destino así podrían pagarle al cochero para que no hiciera preguntas, estarían más seguras, sería más secreto y estarían menos expuesta. Ya que Barbara jamás había salido de Londres, siguió los planes de Margery, ya que ella tampoco conocía mucho de Inglaterra, solo conocía el camino de su viejo hogar Chagford a Londres, primero irían ahí a disfrutar de las vistas, y para visitar también a la familia de Margery que fácilmente podría darles posada.
Al cruzar los límites del condado de Devon, el paisaje comenzó a transformarse. Los árboles se volvían más altos, los senderos más estrechos, y un viento extraño frío, casi ancestral recorría los prados abiertos. Barbara apoyaba la frente en el cristal mientras el carruaje avanzaba, maravillada. Venía de un mundo de bailes, lámparas de gas y calles ordenadas. Nada en su vida se parecía a esto. Cuando la primera neblina de Dartmoor se alzó como un velo sobre la pradera, Barbara contuvo el aliento. Frente a ella se extendían colinas inmensas cubiertas de brezo morado, rocas antiguas que parecían monumentos olvidados, y un cielo que cambiaba de gris a azul en cuestión de minutos. El aire olía a tierra mojada, a leña ardiendo en alguna granja lejana, a libertad.
—Es hermoso… —murmuró, incapaz de contener la emoción.
—Así es mi hogar, señorita Barbara —respondió Margery, con un orgullo que hacía años no dejaba asomar—. Aquí nadie la buscará… aunque si usted gusta aun estamos a tiempo de regresarnos, seguramente su padre debe de estar ya preocupado junto con sus hermanas…
—Ya he tomado mi decisión querida Margery —dijo convencida—. No me harás cambiar de opinión, así que mejor disfruta este viaje conmigo, tienes que verlo como unas vacaciones con tu familia.
Margery suspiro cansada.
—Tiene suerte que haya mentido respecto a mi ciudad natal —repuso seria—. Lady Compton buscaba chicas nacidas en York, así que Elinor y yo mentimos sobre nuestro verdadero origen, si nos buscan, estarán buscando por el norte, nunca se imaginarán que estamos en el sur y tan cerca de Londres.
—Es por eso que el mejor escondite es el que esta a la vista de todos —murmuro emocionada—.
El carruaje descendió por un camino de tierra bordeado de helechos. El sonido del arroyo se escuchaba a lo lejos, constante, como un latido.
—Oh señorita solo espero que esto no le traiga problemas.
—¿Qué podría pasar? —dijo despreocupada—. Nadie nos ha ido, ha sido fascinante tu idea de cambiar de carruaje para evitar ser encontradas, nos da mayor privacidad y es más seguro que estar vagando por las calles, aunque mentiría si no hubiera querido eso…
—Es demasiado riesgoso mi lady —negó Margery—. Solo somos dos damas, usted no sabe los riesgos que corremos incluso rentando un carruaje —suspiro cansada—. Solo espero llegar pronto.