La Belleza de una Margarita

Capitulo 6

Barbara siguió a Margery un par de pasos más y, al doblar una esquina entre dos casitas de piedra, el mercado de Chagford se abrió ante ella como una sorpresa luminosa. Sus ojos se agrandaron con una mezcla de asombro y emoción. El lugar era pequeño, sí, pero estaba lleno de color y movimiento, como si todo el pueblo hubiera decidido reunirse allí a la vez. Una hilera de puestos de madera formaba un semicírculo alrededor de una plaza sencilla; cada uno estaba adornado con telas gastadas pero vibrantes, colgadas para proteger del sol o del viento. De algunos pendían ramilletes de hierbas secas, de otros hileras de cebollas o racimos de flores silvestres que perfumaban el aire con notas frescas y dulces. El suelo era de tierra compacta, pero en ciertos tramos habían colocado tablones viejos para evitar el lodo. Aun así, los bordes del mercado estaban marcados por pequeñas huellas de barro, señal de que no faltaba la lluvia en aquella región.

Barbara avanzó lentamente, con la respiración un poco contenida, como si temiera perderse algún detalle. Había un puesto donde una mujer corpulenta vendía panes redondos recién horneados; el vapor que escapaba de las hogazas calentaba el aire a su alrededor, y el olor a levadura y harina tostada casi la mareó de gusto. Un poco más allá, un joven ofrecía jarras de leche fresca y queso envuelto en paños blancos. Al lado, un anciano con manos temblorosas cortaba trozos de carne salada y los acomodaba con cuidado sobre una tabla. Lo más sorprendente para Barbara era la gente. Personas humildes, de ropa simple pero limpia, que se movían con prisa amable entre los puestos. Mujeres con delantales bordados a mano, niños descalzos correteando detrás de una cabra testaruda, hombres que conversaban sobre el clima o el trigo mientras se ajustaban los sombreros de paja.

—Es… precioso —susurró, incapaz de contener su sonrisa.

Margery rio ligeramente.

—Es modesto, pero siempre hay algo para comprar o ver. Y si eres nueva, todos te miran un poco más… —añadió con un guiño.

Barbara lo comprobó al instante. Varias miradas curiosas se posaron en ella, no con desconfianza, sino con una mezcla de sorpresa y cortesía. Nadie parecía ignorarla; todos parecían reconocer de inmediato que no pertenecía allí, y aun así la trataban con amabilidad. Un muchacho pasó junto a ellas cargando un saco de papas y le dedicó a Barbara un gesto respetuoso con la cabeza.

—Buenas tardes, señorita.

Ella quedó muda un segundo, intimidada y encantada a la vez.

—B-buenas tardes —respondió, algo torpe.

Margery sonrió al verla.

—Aquí nadie mira tú apellido, solo cómo tratas a los demás —explicó—. Y eso vale más que cualquier título.

Barbara sintió una punzada cálida en el pecho mientras contemplaba el bullicio del mercado. La modestia del lugar, los colores vivos de los puestos, los aromas mezclados y la calidez de la gente formaban un cuadro que jamás habría imaginado. Por primera vez, sintió que estaba viendo el mundo real. El mundo que siempre había existido más allá de los muros de su casa… y que nunca antes había tenido oportunidad de conocer.

—Le aseguro que solo es el encanto de lo nuevo —dijo segura—. Después le va a aburrir este lugar, no es como Londres que es más movido y entretenido, aquí todo es solo tranquilo…

—Eso es lo mejor ¿Quién quiere el ruido de Londres? —inquirió divertida—. Solo deseo esto dar un paseo a tu lado —sujetándola de la mano—. Sin que nadie nos mire mal por nuestros diferentes estatus.

—Mi lady…

—Shhh aquí no me llames así ya te había dicho —le regaño—. Solo llámame, Barbara, para el resto somos las mejores amigas del trabajo ¿te parece? —brinco emocionada—. Y si te hace sentir mejor puedes maldecirme cuando pregunten como es la señorita para la que trabajas.

Margery solo se rio al ver como su señorita que siempre se había demostrado más madura tenía ahora una aptitud inmadura, se alegró por ella, nunca antes lo había visto así de feliz.

—No es necesario que mienta Barbara —le aseguro—. Eres una gran dama.

Barbara sonrió agradecida para después correr emocionada de un puesto a otro mientras le enseñaba las cosas que vendían.

—¿Por qué nunca has venido aquí? —preguntó curiosa—. ¿Trabajas hace mucho tiempo con mi tia? ¿no? ¿no era más cerca trabajar en Londres que en Gales?

Margery sonrió entristecida.

—Verá que trabajar para una noble no es algo fácil de conseguir —respondió sincera mientras caminaban juntas—. Todas las damas nobles desean que sus doncellas vengan ya sea de familias comerciantes o al menos que sepan leer, era imposible encontrar en Londres una familia noble a la cual podría servirle cuando no sabía leer mucho menos escribir. Y los nobles prefieren emplear a quienes ya han trabajado antes en buenas casas, o a quienes tienen recomendaciones. Yo no tenía ninguna de esas cosas, así que tuve que ir más lejos buscando alguna familia noble que se encontrará lejos de Londres.

—¿Cómo encontraste a mi tía? —preguntó curiosa—. Ella esta en Gales, eso es lejos.

—Fue pura suerte… o destino, si cree en eso. Después de que mis padres murieron, me quedé sola, bueno tenía a mi tía, pero su sueldo no bastaba para mantenernos a ambas —le explico—. Pasé meses trabajando en lo que podía: limpiando tabernas, lavando ropa ajena, cargando sacos en el mercado. Nada estable, nada seguro.



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En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 11.01.2026

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