La sala de té estaba sumida en un silencio tan espeso que parecía ocupar cada rincón, cada resquicio entre los muebles y las personas. Las cortinas estaban corridas, dejando entrar apenas una luz grisácea que acentuaba la atmósfera opresiva. Nadie se atrevía a hablar. Davina permanecía rígida en su asiento, los dedos entrelazados sobre el regazo, temblando apenas. Catherine evitaba mirar a cualquiera, con los ojos fijos en la alfombra. La tía Sherlyn respiraba con dificultad, aún con un pañuelo empapado en sales entre sus manos. Sirius se mantenía erguido, con la mandíbula apretada, esforzándose por conservar la compostura. Liam observaba todo en silencio, sintiendo la tensión acumulada en el aire. Fue Charles Compton, patriarca de la familia, quien finalmente rompió el mutismo. Su voz grave, autoritaria y perfectamente controlada resonó en la habitación.
—Debemos hablar sobre la situación de Barbara.
Sus palabras parecieron atravesar a todos los presentes. Davina bajó la mirada, Catherine se removió incómoda, Sherlyn soltó un sollozo muy leve. Charles continuó, levantando la barbilla con la solemnidad de quien está acostumbrado a ser obedecido.
—Lo que discutiremos a continuación será absolutamente confidencial. Bajo ningún motivo lo mencionado aquí deberá ser repetido fuera de estas paredes. ¿Está claro?
Todos asintieron en silencio. Catherine murmuró un débil “sí”, Sherlyn apenas inclinó la cabeza, Davina tragó con dificultad. Liam asintió con un gesto breve pero firme. Sirius se mantuvo imperturbable. Charles iba a comenzar a hablar cuando reparó en Liam. Sus ojos, fríos y analíticos, se clavaron en él con un escrutinio inmediato, desconfiado. Se notaba que no reconocía su rostro ni su presencia. Abrió la boca para preguntar algo, pero Sirius intervino de inmediato.
—Lord Compton —dijo con un tono respetuoso, pero firme—, él es Liam Howells. Un viejo amigo de mi familia. Teniente de la Marina Real. Es de plena confianza y podría ser de ayuda.
El silencio se prolongó un instante mientras Charles estudiaba a Liam con la misma evaluación severa con la que un general examina a un soldado antes de aceptarlo. El joven teniente sostuvo la mirada sin apartarse, sin excesiva rigidez, pero con la seriedad que la situación merecía. Finalmente, Charles asintió con aprobación contenida.
—Muy bien —dijo—. Que se quede.
Sirius respiró, casi imperceptiblemente, aliviado. El patriarca se incorporó ligeramente en su asiento y retomó su voz dura, inflexible.
—La familia está atravesando una crisis —dijo—. Una que no solo pone en riesgo nuestro honor y reputación, sino nuestras vidas, si no se maneja adecuadamente.
Sherlyn se llevó una mano al pecho; Catherine cerró los ojos por un momento; Davina mordió su labio inferior. Charles entonces pronunció las palabras que todos temían escuchar.
—Barbara ha escapado.
La revelación cayó como un golpe seco sobre la sala. No era nuevo para ellos, pero oírlo de su boca, con esa contundencia, con ese peso, lo hacía más real, más alarmante. Nadie respiró durante un largo instante.
—¿Cómo estamos seguros de eso? —preguntó Davina angustiada—. Todos conocemos a Barbara, ella siempre ha sido la más sensata, la razonable, la tranquila y cautelosa, ella nunca haría algo que ponga en riesgo a nuestra familia… ¿Qué tal si fue secuestrada?
—Estuvimos inspeccionando sus aposentos encontrando la carta que nos dejo y sus joyas que desaparecieron al igual que su maleta y alguna de sus pertenencias —le explico su padre—. Pudimos encontrar las joyas que vendieron cerca de una casa de empeño, el dueño menciona que era una señorita quien le ofreció las joyas y que al marcharse pudo ver que era acompañada por otra señorita…
—Barbara y Margery —concluyo Sirius—. Así que descarta que haya sido algún secuestro.
—No se si estar alegre de esa situación o decepcionada —comentó Sherlyn angustiada—. Ella…no hace ese tipo de cosas…debe de haber alguna explicación.
—¿Qué dijo en su carta? —preguntó Davina desesperada—. ¿Qué excusas dio?
Catherine sostenía en sus manos la carta de despedida que había dejado Barbara antes de marcharse como si nada, incapaz de poder dejar de temblar, las palabras se le atoraban en la garganta y su voz apenas era audible. La sala de té seguía sumida en ese silencio espeso, expectante, mientras todos esperaban escuchar el contenido del sobre que había llegado minutos antes. El sello estaba roto, el lacre partido con torpeza, como si la persona que lo hubiera abierto, ella misma, hubiese perdido la fuerza al hacerlo. Respiró hondo. Tragó saliva. Y comenzó a leer, sintiendo como su garganta se forzaba a que las palabras salieran de lo más profundo de ella.
—“Querida familia…” —su voz apenas era un murmullo que se quebraba en los bordes—. “Lamento profundamente tener que irme de esta manera, y aún más hacerlo en un día que debería haber sido motivo de celebración. Lamento tener que causarles estos inconvenientes, se que deben de estar pensando en que esta no es la forma en la que suele comportarme, pero no puedo seguir ocultando lo que tanto añora mi corazón, no puedo seguir viviendo, sabiendo que mi vida nunca me perteneció.”
Davina desvió la mirada, conteniendo un sollozo. Sherlyn apretó con fuerza su pañuelo. Charles permanecía rígido, su mandíbula tensándose con cada palabra. Catherine continuó: