La Belleza de una Margarita

Capitulo 8

Debió de haberse imaginado que desde el principio no sería nada fácil tener que buscarla, tal se fio mucho de sus habilidades o subestimo a una dama noble lo fácil que sería encontrarla. Durante toda una semana estuvo buscando por toda la ciudad de York recorriéndola de un extremo buscándolas, pensó ingenuamente ¿qué tal difícil sería buscar una dama o ahora siendo dos? Las subestimo y subestimo también sus habilidades. No encontró ningún rastro de que estuvieran en la ciudad, solo tenía dos opciones: o eran demasiado buenas para esconderse o nunca estuvieron en la ciudad. Al estar preguntando en posadas cercanas si vieron alguna de las dos damas, en casas de empeño donde pudieran vender más joyas o intercambiarlas, si Margery tenía familiares, no usaría una posada, lo cual dificultaría más su búsqueda. York no era precisamente conocida por un pueblito, era una ciudad bastante concurrida y una de las ciudades más importantes para Inglaterra, fue una de las Casas por las cuales se desarrollo la temida Guerra de las Rosas, la cual sumió a todo un reino a una guerra civil. Pero por más que buscaba y preguntaba no encontraba ninguna señal de ellas, por más esfuerzo que Liam pusiera buscándolas entre las calles, mientras más se tardaba en encontrarlas, más se desvanecían sus esperanzas de regresar más pronto a sus vacaciones.

Parecía que Liam no tendría el camino tan fácil como él lo pensó, que solamente tendría que ir a York, buscarlas, encontrarlas y regresarlas para volver lo antes posible a Gales para relajarse en el castillo de su amigo rico. Liam suspiro frustrado, parecía que esta vez tendría que esforzarse, algo que odia hacer cuando esta de vacaciones, solo piensa cuando está en el trabajo, cuando sale de él tiende apagar su mente. Parecía que ahora la tendría que prender para esforzarse en encontrarlas, lo lamentaba por él. Si York había sido un callejón sin salida, entonces tendría que desandar el camino entero. Había cabalgado bastante al norte, ahora tendría que cabalgar de regreso a Londres. Cabalgó durante horas hasta regresar a la capital, donde el bullicio era tan distinto al silencio ansioso de sus días en el norte. Apenas dejó el caballo en las caballerizas, se dirigió directamente a la casa de empeño que Charles Compton le había mencionado, aquel lugar sombrío donde, según sus últimas pistas, habían visto por última vez a Barbara y a Margery. Tendría que volver a comenzar desde el principio si realmente quería encontrarlas. El letrero colgaba torcido sobre la puerta. El interior olía a metal envejecido y madera húmeda. Liam respiró hondo, preparándose para preguntar una vez más, sosteniendo la esperanza cada vez más frágil de que al menos aquí pudiera encontrar una pista real. El dueño de la casa de empeño lo miró con una mezcla de fastidio y desconfianza apenas Liam cruzó el umbral. Era un hombre de manos gruesas y ojos pequeños, acostumbrado a evaluar el valor de las cosas… y de las personas. Cuando Liam le mostró el dibujo rápido que había hecho de Barbara y Margery, el hombre se limitó a encogerse de hombros.

—No sé nada —dijo con indiferencia, como quien ha repetido esa frase toda su vida.

Liam no perdió tiempo discutiendo. En cambio, deslizó unas monedas de oro sobre el mostrador. El dueño apenas necesitó ver el brillo para cambiar de actitud.

—Bueno… quizá sí recuerdo algo.

La lengua del hombre se soltó tan rápido como Liam había previsto.

—Eran dos señoritas —comenzó—. Una se quedó afuera, la otra entró muy nerviosa, con un pañuelo en la cara, pero aun así se veía que no era una cualquiera —la miro con interés—. Traía joyas… joyas que yo he visto solo en manos de nobles. Demasiado finas para dos plebeyas como ellas, o las robaron o una de ellas es una…

—No le estoy pagando por su opinión —lo interrumpió Liam, con una frialdad cortante—. Solo por los hechos.

El hombre palideció y carraspeó.

—Perdón, perdón… Lo que pasó es que la chica vendió las joyas y se marcharon en cuanto les di la paga —termino de explicar—. No sé más.

—¿Sabía a dónde iban? —preguntó Liam, sin quitarle los ojos de encima.

El dueño asintió, resignado.

—La chica me preguntó si conocía alguien que rentara un carruaje —respondió aburrido—. Le dije de un lugar unas calles más al sur. Supongo que se dirigieron para allá.

Liam lo observó un momento, memorizando cada gesto. Luego le dio un simple “gracias” y se dirigió hacia la puerta. El dueño suspiró aliviado, creyendo que la interacción había terminado. Pero justo cuando Liam empujó la puerta… se detuvo. Se volvió, caminó de regreso y, antes de que el hombre pudiera reaccionar, lo tomó por la camiseta, estrellándolo contra el mostrador.

—Escucha con atención —murmuró Liam, casi en un susurro. Sacó una pequeña daga de su cinturón y la apoyó, con suavidad aterradora, contra la madera, a centímetros de los dedos del hombre—. Si mencionas algo de lo que te he preguntado, si abres esa boca tuya… no vivirás lo suficiente para gastar lo que te acabo de dar.

Los ojos del dueño se abrieron como platos.

—N-no diré nada. Lo juro. No… no soy tan idiota.

Liam sonrió entonces, una sonrisa tranquila, encantadora… pero sin calor.

—Me alegra que nos entendamos.

Lo soltó con la misma brusquedad con la que lo había sujetado, guardó la daga y salió del local sin mirar atrás, dejando al hombre tembloroso, empapado en sudor y demasiado asustado para volver a hablar de las dos muchachas jamás. Liam salió de la casa de empeños con el pulso firme y la mente ardiendo. No había tiempo que perder. Si Barbara y Margery habían alquilado un carruaje, ese rastro era el siguiente eslabón en una cadena que él no estaba dispuesto a perder. El lugar donde se rentaban carruajes era un patio amplio, con olor a heno fresco y sudor de caballo. Varias carretas estaban alineadas, y los conductores, hombres de manos callosas y expresiones duras, esperaban reclinados contra sus vehículos, ajenos a todo salvo su siguiente paga. Liam sacó el pequeño retrato que había conseguido de ambas jóvenes y fue uno por uno.



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En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 31.01.2026

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