La Belleza de una Margarita

Capitulo 9

Durante una semana entera, Barbara vivió como si finalmente respirara después de años conteniendo el aire, como si todo este tiempo hubiera estado conteniendo el aliento hasta que finalmente pudo respirar tranquilamente, se sentía como si hubiera sido privada del aire durante mucho tiempo y estuviera dando su primera bocanada de vida. Desde el primer amanecer en Chagford, algo dentro de ella se aflojó, una tensión invisible que siempre había llevado en los hombros y que, sin darse cuenta, había creído eterna. Ahora, cada día despertaba con entusiasmo, con una ligereza que jamás había sentido en Londres, ni con la misma emoción, todo se sentía tan diferente y eso era lo que más le agradaba. No tenía que preocuparse por ser el ejemplo de sus hermanas, por limpiar los desastres de Davina, por disculparse en el nombre de Catherine, por haber tenido que criar a las hijas de su padre mientras él estaba ausente, su única preocupación era ella misma y eso se sentía tan liberador. El pequeño pueblo parecía recibirla con la misma calidez con la que ella abrazaba esta nueva vida.

Barbara y Margery pasaban las mañanas recorriendo los rincones del lugar: la plaza estrecha con su fuente de piedra, el sendero que bordeaba el río, las casitas antiguas cubiertas de hiedra. Tal vez no tuviera la misma arquitectura e infraestructura comparada a Londres o otras ciudades importantes como Oxford o Cambridge, el mismo paisaje, las mismas comodidades, el ajetreo de las personas o los glamurosos bailes, pero todo se sentía tan pacifico, que compensaba lo que carecía. Había algo profundamente reconfortante en caminar sin tener que mirar atrás, sin ser vigilada, sin obligaciones que cumplir más allá de disfrutar del día. A veces se detenían a ver a los niños correr con flores en las manos; otras, simplemente se sentaban a observar cómo el viento movía los árboles como si narrara historias.

Joel comenzó a unirse a sus paseos de forma casi natural. Al principio con la excusa de mostrarles lugares que las dos “damas recién llegadas” no debían perderse; después, sin excusas en absoluto. Margery bromeaba con una sonrisa maliciosa sobre lo evidente de su interés, pero Barbara intentaba ocultar lo que sentía… y fracasaba cada vez. Porque sí: se sentía atraída por él. Por su paciencia amable, por la forma en que siempre se aseguraba de caminar del lado exterior del sendero, por cómo recordaba detalles minúsculos que a ella le gustaban las moras, que prefería los lugares tranquilos, que se distraía mirando pájaros y los convertía en gestos que iluminaban su día. Joel tenía esa forma de mirarla que no era invasiva ni posesiva… solo sincera. Por las noches, cuando se acostaba junto a Margery, Barbara pensaba en todo lo vivido durante el día y se permitía sonreír a solas. Se decía que solo eran días felices, un paréntesis encantador antes de volver a la realidad. Pero luego llegaban esos pensamientos suaves y peligrosos que aparecían justo antes de dormirse. ¿Y si no regresara? ¿Y si su vida pudiera ser así? ¿Y si este pequeño pueblo, lejos de todo lo que la asfixiaba, pudiera convertirse en su refugio permanente? La idea era absurda… y, aun así, cada noche, parecía un poco menos imposible. Barbara se dormía sintiéndose feliz, emocionada, por primera vez en mucho tiempo en paz consigo misma, con el corazón latiendo distinto… con la sospecha dulce de que tal vez, solo tal vez, estaba viviendo el inicio de su propio amor de verano.

Aquella tarde, el cielo de Chagford estaba teñido de un color melocotón, suave y cálido, como si el día quisiera despedirse lentamente. Barbara había salido a caminar sola por el sendero que bordeaba el río, deseando disfrutar un momento de silencio antes de que el sol terminara de ocultarse. El aire olía a hierba recién cortada y a agua fresca; era un aroma que comenzaba a resultarle familiar… y querido. Escuchó pasos acercándose detrás de ella y, antes de girarse, ya sabía quién era. Joel.

—Pensé que quizá vendrías por aquí —dijo él con una sonrisa moderada, como si temiera mostrarse demasiado complacido de haberla encontrado. Llevaba las manos dentro de los bolsillos y el cabello ligeramente revuelto por el viento.

Barbara sintió cómo algo cálido le subía al pecho.

—Te gusta este sendero tanto como a mí —respondió ella.

—Me gusta ahora —dijo él, mirándola con una sinceridad tan simple que la desarmó.

Ella desvió la mirada hacia el agua que corría lentamente, intentando recuperar la compostura. Joel se acercó a su lado, sin invadirla, dejando un espacio cómodo entre ambos. Permanecieron allí, en silencio, escuchando el murmullo del río.

—¿Has pensado en… quedarte más tiempo? —preguntó él de pronto, como si las palabras se le escaparan.

Barbara sintió un vuelco en el corazón.

—No lo sé —susurró. Y era la verdad—. A veces creo que podría quedarme para siempre. Pero otras… recuerdo que no vine sola.

Su mente se fue por un instante a Margery, a su hogar, a la vida que había dejado atrás. Joel la observó con un gesto suave, sin presionarla. Eso era lo que la confundía: él nunca la obligaba a nada, nunca exigía, nunca reclamaba.

—Si decides quedarte —dijo con voz baja—… el pueblo sería más alegre contigo aquí.

Barbara lo miró sorprendida. Joel se sonrojó, apenas perceptible, pero lo suficiente para que ella lo notara. Un silencio dulce se formó entre ambos. Él se inclinó hacia el suelo y tomó una pequeña flor silvestre, una margarita algo imperfecta pero hermosa.

—No tengo nada elegante que ofrecer —murmuró—, pero pensé que… quizá te gustaría.



#3112 en Novela romántica
#996 en Otros
#361 en Humor

En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 31.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.