El trote de su caballo resonaba en el sendero húmedo mientras Liam avanzaba entre colinas cubiertas de brezo. El viento era frío, cortante, cargado con el aroma del musgo y la madera mojada. A ambos lados, los árboles se inclinaban como viejos guardianes, sus ramas entrelazadas creando túneles de sombra donde apenas se filtraba la luz del amanecer. Pasó junto a un riachuelo cuyas aguas corrían cristalinas, reflejando el cielo pálido. Más adelante, los terrenos se abrían hacia praderas amplias salpicadas de flores silvestres que se mecían suavemente bajo la brisa. El paisaje era sereno, casi demasiado hermoso, pero a Liam no le brindaba paz: la inquietud le quemaba el pecho desde que salió de Gales. Cuando por fin divisó Chagford, su caballo bajó el ritmo. El pueblo era pequeño, acogedor, formado por casas de piedra y techos inclinados cubiertos de tejas rojizas. Había farolitos colgados en las ventanas y cintas de colores ondeando al viento. Un sitio sencillo… pero cálido. Y precisamente por ser tan pequeño, Liam sabía que no tardaría en encontrar a Barbara.
A medida que se adentraba en las calles, comenzó a escuchar música: violines, tambores y risas que llenaban el aire. La plaza principal estaba abarrotada; la gente bailaba, bebía sidra y charlaba animadamente en medio del Festival del Solsticio. Liam frunció el ceño. No esperaba encontrar un lugar tan vivo… ni a Barbara tan rápido. Pero entonces, entre la multitud, escuchó una risa. Una risa clara, ligera, tan llena de vida que sintió un latigazo en el pecho. Tenía que ser ella. Apretó las riendas en un poste cercano dejando descansar a su caballo, le dio unas palmadas de aliento, y se marchó deslizándose entre las personas, empujando suavemente, ignorando las miradas curiosas. Cada paso lo acercaba más a esa voz… y a algo que él mismo no quería nombrar: temor, quizá; o tal vez nostalgia. Entonces la vio. Barbara. De pie junto a Margery, con un vestido claro que parecía bailar con la luz de los faroles. Y frente a ellas, un joven de su misma edad, sonriéndole con una calidez que a Liam le resultó incómodamente familiar.
Se detuvo en seco. Cuando la conoció en Gales, y durante las visitas a Davina, Barbara siempre había mantenido un semblante sereno, educado… a veces incluso distante. Nunca la había visto reír así. Nunca la había visto brillar como lo hacía ahora. Por un instante, Liam sintió que había llegado demasiado tarde. Una punzada amarga se le clavó en la garganta. Ojalá no tuviera que interrumpir esa felicidad. Ojalá pudiera darle más tiempo. Por un momento retrocedió sus pasos escondiéndose entre las sombras de un puesto de madre para observarla. Observando cómo Barbara inclinaba el rostro hacia un joven de la misma edad que ella, como si él fuera el centro de su pequeño mundo en ese preciso momento. Liam bajó la mirada. Quizá debía irse. Quizá debía dejarla ser feliz, aunque fuese por un día más, podría llegar más tarde, darle unos días más de felicidad antes de tener que arrebatárselos. Pero no podía. Tenía una palabra que cumplir. Un mensaje que debía entregar. Un deber que no podía ignorar, se lo había prometido a Davina y Elinor, traería a sus hermanas a salvo, también tenía que cumplir su palabra para Sirius. Sabía que, si él pudiera, el mismo hubiera marchado aquí para rescatar a su cuñada, como representante suyo, no podía fallarle. Respiró hondo, reuniendo fuerzas, y salió de las sombras. Un paso. Solo uno. Lo suficiente para que la luz de los faroles cayera sobre su rostro. Allí, expuesto, dejó que Barbara lo notara.
Liam había dado apenas un paso fuera de las sombras cuando sus ojos se posaron por completo en ella. Por un momento, el bullicio del festival pareció desvanecerse, como si toda la música, los aplausos y las risas quedaran atrapados bajo el agua. Barbara estaba allí, radiante. Su cabello negro ondulado caía libremente sobre sus hombros, suavemente iluminado por los faroles que colgaban alrededor de la plaza. Entre las hebras oscuras resaltaba una margarita blanca, sencilla y perfecta, colocada justo sobre su oreja. Ese pequeño detalle la hacía ver casi etérea, como si fuese parte del mismo verano que celebraban. Su vestido… Liam lo observó con una mezcla de admiración y desconcierto. Un vestido blanco, ligero, con estampados florales en un azul delicado, que parecían danzar con cada movimiento. En la cintura llevaba una cinta de listón azul, atada con un lazo sencillo que acentuaba su silueta sin pretensiones. Era un vestido modesto, nada parecido a los atuendos elaborados que solía ver en Gales… pero en ella lucía extraordinario, parecía completamente otra persona, no era la misma Barbara que él conoció en Gales bajo el cuidado estricto de su tía. Aun así, seguía estando igual de hermosa que el ultimo día que la vio,
Barbara estaba sonriendo, una sonrisa auténtica, amplia, viva, mientras conversaba con Margery y con el joven que la acompañaba. Reía… una risa ligera, luminosa, que él jamás le había escuchado antes. Y verla así le provocó algo que no supo reconocer de inmediato: alivio, pero también un pinchazo incómodo en el pecho. Sin embargo, todo cambió en un solo segundo. Barbara giró la cabeza… y lo vio. La sonrisa se borró de golpe, como si la hubieran arrancado de su rostro. Su risa murió en el aire. Se quedó inmóvil, completamente inmóvil, como si la vida misma se le hubiera detenido por dentro. Liam vio cómo palidecía. Cómo sus ojos, antes brillantes, se abrían desmesuradamente por el shock. Cómo su pecho comenzaba a subir y bajar con rapidez, presa de una respiración súbita y temblorosa. Y si él podía ver todo eso desde donde estaba, sabía muy bien lo que significaba. Barbara comprendía por qué él estaba allí. Comprendía que su tiempo en Chagford había terminado. Su corazón lo sabía sin necesidad de escuchar su pulso se había desbocado en cuanto lo reconoció. Porque Liam no había llegado para saludarla. Ni para un encuentro casual. Ni para un simple intercambio de palabras. Barbara sabía que por la única razón por la que Liam podía estar ahí era porque su padre lo había enviado por ella, su padre la había encontrado. Joel fue el primero en notar que algo no estaba bien. Estaba diciéndole a Barbara que probaran un juego de lanzamiento de aros cuando, de pronto, ella se quedó completamente quieta. Su sonrisa desapareció como si alguien la hubiera borrado de un plumazo. Sus manos dejaron de moverse, su pecho apenas subía y bajaba. Era como si una sombra invisible hubiera caído sobre ella.