Liam fue el primero en cruzar la puerta del bar, y apenas dio dos pasos dentro, sus ojos recorrieron con rapidez el interior… y su expresión se endureció de inmediato. El lugar era exactamente lo que temía. El ambiente estaba saturado por un espeso olor a cigarro, tan denso que parecía haberse impregnado en las paredes, en la madera, en las mesas, incluso en el aire mismo. Se mezclaba con el aroma agrio del alcohol derramado y el sudor de decenas de parroquianos hacinados en un espacio demasiado pequeño. La taberna si es que podía llamarse así estaba atiborrada de gente de la clase más baja: campesinos de manos callosas, hombres con la ropa rasgada por el trabajo o la pobreza, mujeres de la clase galante, y otros tantos que ya ni podían mantenerse de pie. Había risas roncas, discusiones a gritos, fichas de apuestas golpeando la mesa, y un murmullo constante que se mezclaba con el crujir del piso de madera.
La barra, al fondo, estaba completamente llena. Tres hombres dormían sobre ella, babeando o murmurando incoherencias. Uno vomitaba en un cubo con la misma naturalidad con la que otro pedía otra ronda. El aliento rancio y agrio de los borrachos se arremolinaba en el aire, asaltando la nariz de cualquiera que se acercara demasiado. Definitivamente no era un lugar apropiado para una dama. Solo el hecho de que Barbara pisara un sitio así podía arruinar su reputación para siempre. Liam soltó un suspiro irritado.
—¿De verdad no había otro mejor lugar que este? —masculló en voz baja, más para sí mismo que para ella—. Es demasiado ingenua… y torpe.
Barbara no tuvo tiempo de contestar. Él se quitó la capa que llevaba puesta —oscura, gruesa, de viaje—y, sin pedir permiso, la colocó sobre sus hombros. Ella abrió la boca para protestar, indignada. Pero se quedó quieta cuando Liam, con un gesto lento y firme, le subió la capucha, acomodándola para cubrir por completo su rostro. Sus dedos, cálidos pese al ambiente helado de la noche, tocaron por un instante la línea de su mejilla antes de retirarse.
—Mantente cerca —dijo Liam, su voz grave y controlada—. Y no dejes que nadie vea tu cara.
Barbara tragó saliva, su protesta muriendo en su garganta. No sabía si era por el miedo, por la situación… o por la forma en que él la protegía incluso mientras la regañaba.
—Pensé que no te caía bien —empezó hablar con franqueza—. ¿Por qué te tomarías la molestia de venir por mi a estar lugar tan lejano de Gales?
Liam medito sus palabras antes de hablar.
—Nunca me has caído mal, al contrario, yo soy el que te cae mal ¿recuerdas? —le recordó—. Aún sigo traumatizado por la bofetada que me diste…
—Eso…me disculpo por ello…no merecía culparlo.
—No importa ya —dijo con desdén—. Lo que ahora importa es que toda su familia esta trabajando juntos para encubrirla de su ausencia.
—¿Cómo… como tomaron la noticia?
—Bueno todos incluso me incluyo creíamos que habías sido raptadas —dijo sincera—. No es algo que Barbara haría, ese fue el pensamiento de todos, hasta que tu padre nos leyó tu carta donde confesabas que huías.
Barbara soltó un suspiro cansado.
—Claro que es lo que todos pensarían, Barbara no hace esto, Barbara es alguien madura y razonable, Barbara es responsable —murmuro agotada—. Todos creen eso de mí, pero ¿acaso alguien se ha puesto preguntarme lo que siento? Claro que no, yo soy la que siempre se encarga de ellas, de limpiar sus desastres, y solo me quedo callada —miro desafiante a Liam—. ¿A caso yo no tengo derecho de pedir, aunque sea una vez limpien mi desastre?
—Dejemos las formalidades entre nosotros por ahora —propuso Liam—. Puedes llamarme por mi nombre y yo te llamaré por el tuyo, será sospechoso que nos llamemos por nuestros títulos.
—Estoy de acuerdo.
Liam miro seria a esta.
—Barbara no puedes escapar de tu casa por eso, es demasiado arriesgado para ti y para tu familia —la regaño—. No puedes escapar de tu casa cuando todo va mal…
—Liam seré obligada a casarse con alguien que no amo —le menciono—. ¿Crees que la historia de Davina es igual para el resto de nosotras? Lo que ella le paso es un milagro, pero para el resto no lo es, seré obligada a pasar de ser la posesión de mi padre para ser la posesión del que será mi esposo, nunca disfrute mi vida, siempre guardaré lo que verdaderamente sentía porque sentía que debía de ser una buena hija que no le generará problemas a mi padre como mis hermanas, yo tuve que criarlas, prácticamente yo fui su madre, ¿Cuándo alguien pensó en mí?
—¿Por qué no le dices todo eso a tu padre? —inquirió serio—. En vez de estar fugándote.
Barbara desvio la mirada avergonzada.
—Jamás me entendería —murmuro entristecida—. No conoces cmo es mi padre… desde la perdida de mi mamá, bueno… no quiso enfocarse en criar a sus hijas.
—Así que quieres un ultimo viaje de despedida —intentó comprenderla—. Antes de casarte con un completo desconocido que nunca amarás ¿lo entiendo?
—Precisamente es eso, quiero conocer algo más allá de Londres —le confeso—. Quiero conocer lo que es ser libre, sin preocuparme de ser etiquetada, de bailar con desconocidos, de tener que lidiar con mis problemas… tal vez suene alguien egoísta o privilegiada, se que mis problemas son menores comparadas a estas personas —señalándolas—. Ellos deben de vivir cada día para poder llevar alimento a sus mesas, y estoy agradecida por eso, porque mi única preocupación era ver que vestido me pondré para el próximo baile, pero —su mirada cayo hacia el suelo—. No puedo evitar lo que siento.