A la mañana siguiente, la casa de la tía Hester se llenó de un leve murmullo de actividad. El sol apenas comenzaba a filtrarse por las cortinas de encaje, bañando todo con un brillo suave y cálido. Barbara terminó de ajustar los lazos de su falda frente al espejo y respiró hondo. Vestía un conjunto sencillo pero encantador, en tonos suaves de verde salvia. La blusa era de un tejido ligero, con volantes delicados que bordeaban el cuello redondeado y se extendían por el pecho. Las mangas, amplias y vaporosas, se estrechaban en los puños gracias a cintas grises que formaban pequeños lazos. La falda, amplia y perfectamente acampanada, caía hasta los tobillos con un movimiento suave, casi etéreo, bordeada por un remate apenas deshilado que le daba un toque rústico. Cada cinta, cada costura, cada pliegue contribuía a un efecto armonioso. Barbara se alisó la falda una última vez y salió al pasillo. Liam se encontraba esperando junto a la puerta, apoyado de brazos cruzados con gesto incómodo. A todas luces, detestaba quedarse quieto. Pero el instante en que la vio… Se quedó mirando. No fue una expresión exagerada ni dramática, simplemente una sorpresa genuina atravesó su semblante, como si no pudiera entender cómo una mujer podía verse tan bien con algo tan simple. Barbara fingió no notarlo. Margery, mientras se ajustaba su propio abrigo, fue la primera en romper el silencio:
—Deberíamos ir directo a la plaza principal. Así el teniente puede cambiarse, ¿no? —y añadió sin delicadeza— Ya que no trajo ninguna maleta.
Liam suspiró con tono seco.
—No pensaba quedarme más de un día.
—Pues ahora tendrás que soportarnos uno más —murmuró Margery, cruzando los brazos.
La tía Hester apareció desde la cocina, secándose las manos en delantal.
—Puedo prepararles desayuno antes de que salgan, queridos.
Margery negó rápido.
—No, tía, iremos a la cafetería del centro —dijo sonriente—. Le traeremos algo rico, lo prometo.
Hester sonrió, aunque su expresión cargaba preocupación.
—Está bien, pero tengan cuidado.
Antes de que Barbara respondiera, Liam dio un paso adelante con tranquilidad firme.
—No se preocupe. Yo las protegeré.
La tía lo observó detenidamente, y su semblante se suavizó.
—Desde que llegaste… me siento más calmada Mr.…
—No aquí —la interrumpió Liam con una amabilidad inusual—. Mientras estemos en Chagford, por favor, sin formalidades. Solo llámeme, Liam. Es mejor para no levantar sospechas.
Hester asintió con un suspiro.
—Está bien… Liam.
Barbara y Margery tomaron sus abrigos. El aire fresco matutino entró cuando Liam abrió la puerta, dejando ver las calles tranquilas de Chagford despertando al día. Los tres comenzaron a caminar rumbo a la plaza principal, donde el bullicio del mercado empezaba a levantarse y el aroma a pan recién horneado llenaba el aire. Y aunque Barbara intentaba concentrarse en el plan —convencerlo de ayudarlas a escapar en lugar de entregarlas—, no pudo evitar notar la extraña mezcla de tensión y naturalidad que se había formado entre los tres.
El camino hacia la plaza principal se abría frente a ellos como una suave pendiente rodeada de pastizales todavía tibios por el sol. El aire olía a heno recién cortado y a humo de chimeneas lejanas, y cada tanto una ráfaga traía el sonido de alguna carreta o de gallinas inquietas a la distancia. Barbara caminaba al centro, con Margery a un lado y Liam al otro, habían dejado a Blacky en la casa ya que no querían ser el centro de atención. La conversación fluía con una naturalidad ligera, como si las tensiones de antes hubieran quedado enterradas entre las rocas de Haytor. A medida que descendían el sendero, las casas del poblado se volvían visibles: casitas de piedra gris, tejados inclinados de pizarra, ventanas pequeñas adornadas con cortinas floreadas. Algunas tenían jardines diminutos llenos de margaritas y lavanda que perfumaban el aire.
—¡Señorita Barbara! —saludó una mujer mayor desde su puerta, levantando un cesto—. ¿Llevará pan fresco para el desayuno de mañana?
—¡Claro que sí, señora Willmond! —respondió Barbara con una sonrisa que iluminó su rostro.
—Y si necesitan leche, díganmelo —añadió un granjero que guiaba una vaca parda frente a su corral—. Hoy mis muchachas dieron de más.
Margery agradeció con una sonrisa amable, inclinándose con la elegancia que la caracterizaba. Los vecinos devolvían los saludos como si vieran pasar a viejos amigos y no a dos jóvenes nobles. Aquí, todos parecían conocerlas… y quererlas, mientras que a él le dirigían miradas de desconfianza, después de todo para él era un forastero. Liam observó todo aquello con una ceja arqueada.
—No entiendo —murmuró en voz suficientemente alta para que ambas lo oyeran—. ¿Qué tiene de fascinante este lugar? No hay teatros, ni galerías, ni absolutamente nada destacable. Todo es tan… lento.
Barbara soltó una risa suave, esa risa traviesa que solía reservar para provocar a alguien.
—Eso es porque tú no eres divertido, Liam —respondió, moviendo la cabeza en gesto de obviedad.
—No seas cruel —dijo él, pero había una sombra de sonrisa en su boca, involuntaria.