La Belleza de una Margarita

Capitulo 14

El camino los llevó hacia una pequeña cafetería escondida entre árboles frondosos, como si el bosque la hubiese abrazado con el paso de los años. La fachada era sencilla y encantadora: paredes blancas, una puerta de madera clara y un techo de paja gruesa, ligeramente desigual, que dejaba caer mechones dorados sobre los bordes. El aroma a tierra húmeda y pan recién horneado se mezclaba en el aire. Bajo el cobertizo exterior, varias mesas redondas de madera y sillas tejidas de mimbre esperaban a los visitantes. Todo estaba dispuesto sobre un suelo cubierto de guijarros, que crujían suavemente bajo sus pasos. Algunas enredaderas trepaban por la pared lateral, y macetas de barro rebosaban helechos y flores silvestres. Barbara respiró hondo; aquel lugar parecía sacado de un cuento que jamás podría existir en Londres.

—Es precioso —susurró maravillada.

Liam observó alrededor con los brazos cruzados, tratando de aparentar indiferencia, aunque su mirada se demoró en los detalles cálidos del lugar. Entraron. El interior resultó aún más encantador: una barra rústica de madera exhibía tarros de mermelada, panecillos y pequeñas figuras talladas. En los estantes había jarras de cerámica, frascos de té, canastas y tazas colgadas de ganchos. Una luz suave procedente de lámparas de vidrio ámbar iluminaba todo con un tono dorado, acogedor. El aire estaba impregnado de café, miel y vainilla. El dueño, un hombre de mediana edad con delantal de lino, saludó efusivamente a Margery y Barbara.

—¡Buenos días, señoritas! —dijo—. Qué gusto verlas por aquí otra vez. ¿Y este nuevo acompañante?

—Un amigo —contestó Margery inmediatamente, antes de que Liam se atreviera a abrir la boca.

Barbara rodó los ojos, aún resentida por lo que había pasado con Joel. Eligieron una mesa exterior, bajo la sombra de unas hojas enormes que filtraban la luz del sol en motas brillantes. El dueño les llevó una bandeja con una tetera, pan casero, mermelada de frambuesa, mantequilla fresca y un pequeño pastel de moras.

—Esto… huele muy bien —admitió Liam, como si le doliera decirlo.

—Te alegrará el alma —respondió Margery con una sonrisa.

Barbara tomó una rebanada de pan, untó mermelada y le dio un mordisco, dejando escapar un suspiro de satisfacción. El mundo podía derrumbarse, pero esa cafetería seguía siendo un refugio. Liam las observó por un momento, y aunque trató de mantener su fachada seria, el ambiente lo suavizó. Había algo en ese sitio —en la calidez, en la sencillez, en la forma en la que todos se conocían— que le resultaba… extrañamente cómodo.

—Ahora entiendo por qué les gusta este lugar —dijo al fin, tomando su taza.

—¿Sí? —respondió Barbara, alzando la ceja.

—Es soportable.

Margery rio por lo bajo. Barbara negó con la cabeza, pero, a pesar de su molestia, una pequeña sonrisa se coló en sus labios. La conversación fluyó mientras desayunaban: hablaron del clima, del bosque cercano, de las tradiciones del pueblo… cosas simples, naturales, humanas. Y por un instante, los tres parecieron encajar en aquella pequeña porción del mundo, como si nada los persiguiera. Después de terminar el desayuno —y de que Margery obligara a Liam a comer un pastel entero “para mejorar su humor”— los tres se levantaron de la mesa. Barbara dejó unas monedas en la bandeja y se despidieron del dueño, quien les deseó un buen paseo, especialmente “a ese muchacho tan serio”. Liam fingió no escucharlo. Salieron de la cafetería y el aire fresco de la mañana los recibió con un aroma a hierba mojada y flores silvestres. El sol comenzaba a elevarse por encima de los árboles, tiñendo de dorado el borde del bosque.

—Muy bien —dijo Margery, animada—. ¡Ahora empieza el verdadero recorrido!

El desayuno terminó entre risas suaves y el tintinear de los cubiertos. Margery fue la primera en levantarse, animada como siempre, y Barbara la siguió con un brillo curioso en la mirada. Liam, resignado pero intrigado, tomó su chaqueta antes de que ambas pudieran arrastrarlo fuera sin darle oportunidad de protestar. El aire fresco de la mañana los envolvió en cuanto salieron de la posada. Chagford despertaba despacio, con el sol filtrándose entre los tejados irregulares y las chimeneas humeantes. La calle principal tenía ese encanto imperfecto de los pueblos que no buscan impresionar a nadie: piedras gastadas, fachadas con flores en las ventanas, puertas pintadas con colores que el tiempo había suavizado. Caminaron por un sendero que descendía ligeramente. A los costados se alzaban pequeñas casas de piedra y madera, cada una con su propio carácter. Las ventanas se abrían y los vecinos asomaban la cabeza para saludar.

—¡Buenos días, Margery! —gritó una mujer rolliza desde la puerta, levantando una canasta de pan envuelta en lino—. ¡Recién salido del horno!

—¡Eres un amor! ¡Pero no podemos aceptarlo todo! —respondió Margery, aunque tomó un pan pequeño igualmente.

Otra señora, desde un pequeño establo, alzó una jarra—. ¿Leche fresca para llevar? ¡No les costará nada!

Barbara agradeció con una sonrisa cálida. Liam observaba la escena con los brazos cruzados, claramente desconcertado.

—¿Siempre es así? —preguntó, arqueando una ceja.

—¿Qué? —respondió Barbara con inocencia.

—Esto —dijo él, abarcando el entorno con un gesto—. La gente regalando cosas… saludando como si fueran familia.



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En el texto hay: epoca victoriana, romance, amor prohido

Editado: 22.02.2026

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