Liam evaluó la escena en un parpadeo, quería evitar llegar a los golpes; detestaba la idea de pelear frente a dos damas, sobre todo porque sabía que una sola mala maniobra podía ponerlas en peligro. Pero la forma en que Joel y sus tres acompañantes habían bloqueado el camino dejaba claro que no planeaban permitirles pasar. Sabía que no habría salida sin confrontación, si vino acompañado con tres hombres más, entonces tenían algo planeado. Algo que involucra a Barbara y Margery. Su mandíbula se tensó. Piensan que pueden inmovilizarlo…Y, contra toda lógica del momento, una risa escapó de su garganta. Baja, casi incrédula. La idea de que esos cuatro creyeran que bastaban para derribarlo era casi absurda. Ellos no tenían forma de saber quién era realmente, pero aun así… ¿cuatro? Era casi insultante.
—¿De qué te ríes? —lo regañó Barbara con el ceño fruncido, la voz cargada de angustia—. ¿No te das cuenta de la situación en la que estamos?
Antes de que Liam alcanzara a responder, Margery actuó de inmediato. Tomó la mano de Barbara con fuerza y la jaló hacia atrás, colocándose delante de ella como un escudo.
—No te muevas, Babs —susurró en un tono sorprendentemente firme—. Quédate detrás de mí.
Barbara abrió los ojos, asustada por la determinación de su amiga. Sintió el corazón acelerarse al sentir la mano de Margery sostenerla con tanta dureza. No era la Margery risueña y ligera de siempre; había algo protector en ella, casi feroz.
—Margery… —musitó, con la voz temblorosa.
Margery no apartó la vista de Joel mientras hablaba, sin aflojar el agarre sobre Barbara.
—¿Qué haces Joel? —preguntó con tono agudo, directo—. ¿Por qué estás aquí con ellos? Están bloqueando el camino como si fuera a propósito. ¿Quieres explicarte antes de que alguien malinterprete tus intenciones?
Joel no respondió enseguida, pero su sonrisa—esa misma sonrisa torcida que ya había inquietado a Barbara—volvió a aparecer. Y mientras tanto, Liam, con los músculos en tensión y las manos preparadas, sabía que en cualquier segundo ese puente frágil entre palabras y violencia iba a romperse. Porque lo que vio en los ojos de esos hombres… no era simple hostilidad. Era peligro. Y él sería la barrera entre ese peligro y las dos jóvenes a su espalda. Joel inclinó la cabeza con esa falsa dulzura que helaba la sangre.
—¿Por qué nos la ocultaron, hm? —dijo con voz suave, casi divertida—. ¿Por qué escondieron a su pequeña amiguita? Margery, Margery… no te has portado bien. Ocultándonos su verdadero origen. Muy mal de tu parte.
Margery frunció el ceño sin dar un solo paso atrás.
—¿Y qué te hace pensar que Barbara tiene algo especial? —escupió sin miedo.
Joel rio suavemente, como si la respuesta fuera obvia.
—Vaya, no hay que ser un genio para verlo —evidencio—. Basta con mirarla.
Su mirada recorrió a Barbara con descaro, como si evaluara un objeto valioso. Liam giró apenas el rostro hacia Barbara, dándole una mirada que decía sin palabras: te lo dije. Barbara, avergonzada y disgustada, desvió la vista hacia el suelo. Joel se humedeció los labios y continuó:
—No queremos lastimarlos. Solo queremos hablar… de manera más privada con Barbara —les propuso—. Si se alejan, no los culparemos. Todo quedará entre nosotros.
Margery apretó más la mano de Barbara.
—¿Qué te hace pensar que la abandonaremos? —preguntó, la voz quebrada entre furia y temor.
La respuesta llegó como una sombra: Joel y sus tres hombres sacaron armas punzocortantes, navajas y cuchillos gastados pero peligrosos. Margery soltó un grito ahogado mientras tiraba de Barbara hacia atrás.
—¿Cómo te atreves a amenazarnos? —exclamó con el corazón latiéndole en la garganta.
Joel encogió los hombros, como si fuera un simple negocio.
—Necesitamos dinero. Y ella claramente lo tiene —dijo sincero—. Solo debemos sacarle quién es su padre… extorsionar un poco a ese viejo rico… y cuando pague, la dejaremos ir. No es tan complicado.
Barbara sintió un frío recorrerle la espalda. Margery temblaba, pero aun así mantenía a Barbara protegida detrás de ella. Liam soltó una carcajada seca, incrédula.
—Eres más estúpido de lo que pensé —dijo sin perderles la vista—. Para tocarla tendrán que pasar por encima de mí.
Joel lo miró con desdén.
—Eres arrogante si crees que puedes contra los cuatro.
Liam avanzó despacio, paso firme, rodillas flexionadas, el cuerpo preparado. Mientras se acercaba, comenzó a remangarse las mangas de la camisa con la calma de quien se está preparando para un trabajo aburrido, no para una pelea.
—Los arrogantes son ustedes —dijo sin levantar la voz— si creen que pueden contra mí solo porque tienen cuchillos.
Soltó un suspiro burlón.
—Y si creen que soy algún niñito rico que jamás ha peleado… están más perdidos de lo que pensé.
Alzó la mirada, sus ojos apagando cualquier rastro de compasión.
—Yo no soy nadie noble.
Y entonces Joel vio algo que no había visto antes en él: No miedo. No duda. Sino la frialdad experta de un hombre entrenado para matar. Liam se detuvo a unos pasos de Joel y sus hombres, el cuerpo relajado, pero los sentidos afilados como cuchillas. A simple vista parecía tranquilo, casi aburrido, pero por dentro su mente trabajaba con la velocidad exacta que le habían entrenado: observar, analizar, decidir. Primero, el hombre a la izquierda. Un sujeto ancho de hombros, pero con demasiada barriga. Respiración pesada, el pecho subía y bajaba con esfuerzo. El tipo confiaba en su fuerza bruta, pero la forma en que sostenía el cuchillo lo delataba: dedos tensos, muñeca rígida. Golpe torpe. Brazos lentos. Un giro rápido y estará en el suelo, calculó Liam.